Y nosotros los españoles…

Defensa del parque de artilleria de Monteleón, J. Sorolla.En los ratos libres que tiene mientras privatiza la Sanidad Pública madrileña, Aguirre ha cumplido con la tradición y se ha apoderado del 2 de Mayo. La tradición de los suyos, por supuesto, de los “liberales”.

El 2 de Mayo siempre ha sido una fecha comprometida, a caballo entre el mito fundador patrio y la justificacion de nuestros males. Un pueblo que despierta consciente de su identidad, algo así ha dicho Espe, o un pueblo que se deja llevar por la sangre y mata a su liberador, que dirían otros. Un día de colera, que titula Reverte. La gente, aquel dos de mayo de 1808, no se paró a discutir sobre los privilegios señoriales, el vinculo Iglesia-Estado o la talla moral del rey Fernando. Lo único que les importaba es que estaban hasta los huevos y que ya habían aguantado bastante las ínfulas imperiales francesas. La elección no fue Napoleón o Fernando VII, aunque muchos corearan su nombre. La frontera era otra. Ellos y nosotros. Mis vecinos o los que matan a mis vecinos. Puede que el del quinto sea un hijo de puta, pero ningún francés le va a matar antes de que yo le parta la cara.

Lo hechos fueron los hechos, y lo que vino después, lo que sospechaban todos aquellos que el 2 de Mayo prefierieron quedarse en casa temiendo que liberarse de Napoleón iba a ser tan malo como quedarse con Pepe Botella. El sueño de una nación libre y soberana, libre de si misma y soberana de sus reyes, que despertó el 3 de Mayo y que tomó forma en Cadiz cuatro años después fue traicionado por los mismos por los que dió su sangre parte del pueblo de Madrid. Esa es la triste verdad.

El dos de Mayo es un día triste porque con Napoleón España habría sido un país culto y prospero, dicen algunos. Y una mierda. Al Emperador de la Francia se la traía al fresco la cultura y la prosperidad de una tierra que despreciaba y en la que solo veía un semillero de trigo y de soldados para las primeras lineas de su guerra contra Rusia. Los años de la Revolución habían quedado lejos y ese adalid del pueblo, que fue coronado por el Papa, era un tonel de ambición tan grande como su amigo Fernando VII o como el simplón de Godoy. El único bienestar que a estas alturas le importaba a Napoleón era el suyo, y era lo único que pretendia extendiendo la revolución como G. W. Bush la democracia por Irak. Decir que con Napoleón seríamos todos ricos y cultos es una bobada. España estaba condenada a ser satélite de un Imperio continental, y los españoles a rendir pleitesia a Versalles, en lugar de hacerlo al Palacio de Oriente. Tan vallasos de uno como lo eran del otro. Napoleón, su ego y su ambición, estuvieron a punto de acabar con la Revolución, lo cual por fortuna no consiguieron.

La oportunidad de romper con el pasado, con la triste realidad de la España del XIX pasó por Cádiz, donde realmente unos cuantos hombres en representación de la nación, ese termino acuñado poco antes, tomaron conciencia de si mismos. El futuro se escribió de España se escribió en Cádiz, ni en Versalles, ni en Bayona, ni en la mente de Fernando VII.

Esta noche habrá que tomarse algo, por Daoiz, por Velarde y por la Constitución de Cádiz.

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