Partes prescindibles

Vete a la mierda.

No se podía decir más claro, cuatro palabras y apenas una docena de letras, ni más alto, tuvo que gritar para hacerse oír sobre la multitud que camina junto a ellos. Ella se quedó parada entre los transeúntes, indignada, enrojecida de furia. El siguió andando, sin mirar atrás, feliz de haber pronunciado al fin aquellas cuatro palabras. Una tímida sonrisa de satisfacción se dibujaba en sus finos labios mientras la dejaba atrás y seguía caminando.

Vuelve aquí, no te vayas. Estoy hablando contigo.

Ella gritaba, a unos 50 metros de él. Esa era la distancia que había tardado en darse cuenta de que aquella vez iba en serio, de que no pensaba pararse, ni darse la vuelta, ni pedir disculpas. Veía como se alejaba sin mirar atrás, y eso la enfurecía. No pensaba salir corriendo detrás de él, era demasiado perfecta para correr detrás de aquel hombre, de cualquier hombre, pero también era lo bastante soberbia como para no permitirle salirse con la suya. No existía aún hombre que fuese capaz de dejarla con la palabra en la boca.

O al menos eso pensaba ella hasta ese día, porque él seguía alejándose.

Cabrón – gritó, para que él pudiera detectar su rabia

Él se dio la vuelta, con una sonrisa en los labios, y sin dejar de alejarse, aunque fuese hacia atrás mientras la miraba, le dedicó el gesto internacional de “vete a tomar por culo”. Toda la tensión de aquellos años pareció escaparle por la punta del dedo corazón de su mano derecha. La vio aún más roja y notó que iba a abrir la boca para volver a gritarle desde aquellos cien metros que los separaban. Se volvió a girar y siguió alejandose con los ojos cerrados por la satisfacción del deber cumplido, saboreando su éxito personal.

Al volver a abrirlos notó que la luz le golpeaba demasiado fuerte en los ojos, y notó que le costaba enfocar la cara que estaba sobre él. También notó que ya no andaba, y que no había nadie más que aquella cara. Aquella cara era ella.

Eres tan capullo que vas por la calle andando con los ojos cerrados. Te lo mereces, por gilipollas. Ojala hubiese sido un camión en lugar de un Ibiza.

Y se fue sin firmarle la escayola de la pierna, ni la del brazo y sin admirar la cicatriz por la que le habían extirpado el bazo.

Sin bazo y sin ella, era feliz.

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Una respuesta a “Partes prescindibles

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