… y sobre la muralla tremolaba el pendón carmesí de Castilla…

Notó la lluvia golpeando su cara y abrió los ojos. Sobre él, el cielo gris seguía descargando, aunque el viento del oeste comenzaba a abrir tímidos claros por donde penetraba a hurtadillas la última luz de la tarde. La lluvia le empapaba la ropa y comenzó a temblar. Decidió levantarse, pero al intentar mover las piernas un intenso dolor le recorrió desde la rodilla hasta la cintura. Una enorme mancha de sangre se  extendía por sus calzas desde la mitad del muslo derecho hasta el pie, manchando también las viejas botas de cuero que se comprara en Medina seis años atrás. Estaba herido. Maldijo al Rey y a Adriano y cogió aire. Pudo notar el olor a pólvora y a muerte que envenenaba el viento y sentado sobre el barro paseó la mirada por su alrededor: estaba rodeado por docenas de cuerpos, arrojados sin piedad sobre las eras embarradas. La mayoría eran cadáveres, aunque entre ellos debía de haber aún hombres vivos pues podía escuchar sordos lamentos y suplicas. También se oían disparos lejanos.

Tenía que levantarse. Registró de un vistazo la zona que le rodeaba y vio asomando bajo un cadáver los restos de una pica. Recorrió arrastrándose los diez o doce pies que le separaban y al llegar, exhausto, empujó con todas sus fuerzas el cuerpo para liberar el madero. Cuando lo consiguió, apretando los dientes por el dolor de la pierna, se puso en pie apoyándose en la estaca. Desde su nueva posición, observó de nuevo el escenario que le rodeaba. Las docenas de cuerpos que yacían a su alrededor se extendían sobre el barro entre una leve neblina que desdibujaba, a lo lejos, las primeras casas del pueblo de entre las que sobresalía la torre de la Iglesia. Se estaba haciendo de noche y decidió acercarse a la villa a buscar cobijo. No sabía que se iba a encontrar allí, pero dio por seguro que sería más fácil esconderse en algún caserón vacío que vagar a oscuras por el campo. Intuía, no era difícil hacerlo, que habían perdido. Y sabía, porque no hacía mucho él había estado en el bando vencedor, como solían emplearse los ganadores con los derrotados. Con pesar, se arrancó la cruz roja que llevaba en el pecho.

Llegó al pueblo cuando el sol ya se había ocultado. El soldado herido, apoyado en el fragmento de pica, se movía con dificultad descansando en las paredes de las pequeñas viviendas de las afueras de la villa. Caminaba en silencio, aguzando el oído, esperando ser en cualquier momento descubierto y ajusticiado por pertenecer al bando equivocado. Delante de él, apenas unos pasos, una puerta de madera se abrió chirriando y a la luz de una vela emergió una mujer vestida de negro y blanco. Arrojó algo hacia la calle y regresando al interior de su vivienda se percató de la presencia del soldado, una sombra, apoyado en la pared de su casa. Ambos se miraron durante unos segundos. Él asustado, ella sorprendida.

– Más le vale esconderse – dijo ella después de intuir que estaba herido – a los suyos hace horas que los mataron.

– No tengo donde esconderme, ni fuerzas para huir. – contestó él. – ¿Qué ha pasado?

– Los realistas detuvieron a muchos de los suyos. Los tienen en la Iglesia. Otros huyeron. A los heridos los remataron en los campos.

El soldado y la mujer permanecieron en silencio durante unos segundos.

– Mi esposo simpatizaba con los suyos. Estaba en Ávila cuando lo de la Santa Junta. – dijo la mujer antes de cruzar de nuevo el umbral de su casa. Tras de si, dejó la puerta entreabierta.

El soldado lo interpretó como una invitación y entró cojeando. La mujer, cerca de los cincuenta años, morena, baja, ancha de caderas; lo esperaba en una pequeña estancia. Le ofreció vino, una hogaza de pan y una cama.

– Cuando amanezca espero no encontrarle – le dijo la mujer antes de dejarle solo.

Durmió profundamente hasta que el bullicio le despertó. Rebuscó en un arcón ropa limpia y encontró una camisa amarillenta, unas calzas roídas y un jubón viejo. Salió a la calle y se sumó a las docenas de personas que avanzaban ruidosas hacia la Iglesia, donde se concentraba una pequeña multitud. Un niño, que jugaba correteando entre las piernas de los presentes cayó a sus pies. Se agachó, intentando disimular el dolor que irradiaba la herida de su pierna, y ayudó al niño a levantarse.

– ¿Sabes que sucede? – preguntó al zagal.

– Van a matar a los comuneros. – dijo tranquilo el muchacho antes de retornar despreocupado a sus juegos.

Un escalofrío recorrió el cuerpo del soldado cuando vio aparecer, detrás de los pendones reales, a los que hasta el día anterior habían sido sus generales. Sobre dos mulas negras marchaban, silenciosos pero orgullosos, Juan Bravo, el hombre que levantara Segovia contra el Rey, y Juan de Padilla, el toledano, capitán general de las tropas comuneras desde que así lo decidiera la Santa Junta en Julio de 1520. Un pregonero les precedía y gritaba la sentencia: les condenaban, en nombre del rey y del consejo de regencia, a morir por traición y por infamia. Un cadalso instalado frente a la iglesia acogía a los verdugos. Tras él, el soldado pudo ver, entre las cabezas de la concurrencia, a algunos de los más altos nobles de Castilla, generales del ejército realista.

Se dio la vuelta y empujando al gentío que le rodeaba fue dejando atrás el cadalso. Salió de la Plaza Mayor de Villalar, casi sin aliento, y echó a correr por las calles desiertas de la villa hacia los campos arados.

A su espalda aún pudo oír a Juan Bravo encararse con el pregonero: Mientes pregonero, tú y quien te ordena. A mi nadie me llama traidor en esta tierra.

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