Archivo mensual: mayo 2010

Asesinato en serie

Allí estaban otra vez, mirándole con aquella suficiencia que tanto odiaba. Pero esta vez estaba preparado, no pensaba dar ni un paso atrás. Había llegado el momento de imponer su autoridad. Llevaba una semana planeandolo todo, analizando al enemigo, conociendole, buscando sus puntos flacos. Conocía también el campo de batalla, las dimensiones exactas, cada sombra, cada rincón donde pudiesen esconderse. Estaba decidido a actuar y creía estar preparado para vencer. Se relamía pensando en la victoria.

Extendió frente a él sus armas y sonrió sabedor de la capacidad de destrucción que atesoraban. Estaba seguro de que sus enemigas sabían que preparaba algo. Le habían visto ir y venir, transportar materiales, observarlas. Pero eran demasiado estúpidas, pensó, como para darse cuenta de lo que tenía preparado. Iba a liquidarlas, a destruirlas para siempre, a aniquilarlas. A ellas y a sus hijos, a sus nietos y a sus bisnietos. Ni el recuerdo de su nombre pensaba mantener vivo.

Acarició con pasión casi sexual cada una de sus armas. Prodigios del ingenio humano, de la investigación química, de la técnica. Diseñadas para matar. Había invertido un buen dinero, pero merecia la pena con tal de ver morir a cada una de ellas. Realmente, se dijo a si mismo, lo que le alegraría el día sería verlas agonizar una a una. Verlas revolcandose de dolor hasta que dejasen de moverse mientras él las miraba a los ojos disfrutando de sus últimos estertores. ¿Sería un sádico? En absoluto, pensó. Se lo merecen.

Vio a una de ellas a unos metros, detrás de una cortina. Se levantó de la mesa y de entre todo su arsenal seleccionó un bote anaranjado. Se movió con sigilo primero, acercándose a su primera victima. Cuando la tuvo a tiro, descorchó el spray y sin darle tiempo a levantar el vuelo la roció con contundencia. Ella no pudo reaccionar, y aunque intentó agitar las alas, aturdida terminó golpeandose contra la puerta de la terraza, quedando boca arriba sobre la tarima.

Él saltó y dio un gritó de alegría cuando vio que no se movía.

– Puta polilla – dijo para que le oyesen sus enemigos – Os mataré una a una. Os odio, sucios insectos. ¡Putas polillas!

Feliz, decidió intentar cazar a la siguiente con un matamoscas azul recien adquirido.

– Putas polillas – repitió – Os mataré a todas.

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Desde lo alto…

En Noviembre de 2009, el astronauta japonés Soichi Noguchi partía en una nave Soyuz hasta la estación Espacial Internacional. Desde entonces, gracias a su Twitter, podemos seguir diariamente la vida en el espacio (al menos en esa parte del espacio que tenemos humanizada).

Además de Twitear, el japonés comparte cientos de instantaneas tomadas desde allí arriba. Paris, Roma, Nueva York….

España desde lo alto

Esa manchita de la izquierda seguro que os recuerda a cierta ciudad castellana…

También podeis ver a las guiris en bikini en la playa, la zona cero del Estatut (a.k.a. Barcelona), el Aeropuerto de Ávila (a.k.a Barajas) y el Santiago Bernabeu rodeado del resto de Madrid.

Solo he puesto una selección de las fotos patrias, pero hay verdaderas maravillas. Daos un paseo por la galeria de Soichi

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Sí, no, quizá, tal vez, deo volente.

Decisiones. Nos pasamos la vida tomando decisiones, trascendentes, nimias, inaplazables, triviales, absurdas, incomprensibles; la lista de adjetivos es larga. Yo mismo acabó de decidir escribir estas lineas, poner esa coma, y esta otra, y acabar la frase con un punto. Punto. En el fondo, acabar la frase con un punto o introducir comas en un texto, no es verdaderamente una decisión. Las normas de la gramática obligan a estas cosas. Las palabras agudas se acentúan si acaban en vocal, ene o ese; antes de be o pe siempre se escribe eme y así hasta rellenar todo un libro, dos volúmenes encuadernados en amarillo, que se vende a 120 Euros en todas las librerias y a 119,90 en el Corte Inglés. Estamos rodeados por normas, leyes y usos, encuadernadas en amarillo o no, que acotan infinitamente nuestro campo de decisión.

Decía, ayer o antes de ayer, quizá en el parrafo anterior, que nos pasamos la vida tomando decisiones o creyendo que las tomamos. Los aliados desembarcaron en Normandía pero ¿tenían acaso otra opción? ¿Estaba obligado Napoleón a atacar Rusia? ¿Podía Julio Cesar no cruzar el Rubicón? Supongo que sí. Los aliados podían haber intervenido antes, Napoleón podía haber comedido sus ansias de poder, y Julio Cesar acobardarse antes de la toma de Roma. Incluso, dando unos pasitos hacia atrás en la senda del tiempo, los alemanes pudieron no haber votado a Hitler, Luis XVI pudo haber evitado la Revolución Francesa cortando un par de cabezas y los senadores romanos podían haberse adelantado a Bruto cuando vieron que el militar patricio se les subía a las barbas. Las decisiones son consecuencias de anteriores decisiones en la misma medida que provocarán posteriores decisiones. Pero divago y decidí no hacerlo.

Tomamos a cada momento decisiones, de distinta categoría y calado, y muy de cuando en cuando, por fortuna, tomamos decisiones absolutamente trascendentes. Una mudanza, un trabajo, un amor. O sus contrarios: una no mudanza, un no trabajo y un desamor. Tomenme por loco, pero puedo asegurarles que he visto gente que abandona trabajos, recorre cientos de kilometros andando por amor o que viaja a islas lejanas solo por despejar una duda. Todo eso son decisiones, efectivamente. Decisiones que, como vengo diciendo, engendrán a corto o largo plazo nuevas decisiones. Buscar o no un nuevo piso, buscar o no un nuevo trabajo, o buscar o no un nuevo amor. Decisiones que, como ya he dicho, perdonen si me repito, no son completamente libres porque tienen que mantenerse dentro del terreno de juego en el que hemos decido movernos (¿O no lo hemos decidido nosotros?) y porque responden a decisiones anteriores. Decisiones, decisiones, decisiones.

Llamenme ahora demente, por no ser redundantes, pero incluso hay gente que piensa que lo importante de las decisiones es acertar, tomar el camino correcto, como si de una pregunta amarilla del Trivial se tratase. Por si no fuera poco tener que enfrentarnos continuamente a decisiones encadenadas ateniendonos a reglas del juego que en muchos casos no conocemos ni aceptamos; encima nos piden que acertemos. ¿Es esto realmente lo importante? Y lo que es aún más complejo ¿qué es acertar? Vuelvo a la Historia para refugiarme en terreno conocido. Si tomamos la vida de Julio Cesar, nos puede parecer que una muerte cruel como la suya, repudiado y odiado por sus pares, tiene que ser fruto de una mala decisión. Si no hubiese cruzado el Rubicón, si no hubiese acumulado tanto poder, aquellos idus de marzo habrían sido como otros cualquiera. Pero si no lo hubiese cruzado, ¿qué habría sido de Cesar¿ ¿Sería recordado?. O yendo más lejos ¿sería el mundo como es? Y el hecho de que el mundo sea como es ¿es bueno o es malo?

Ya sé que planteo más preguntas que respuestas ofrezco, pero decidí, en algún momento entre el segundo y tercer parrafo, que este texto no tendría una conclusión, una moraleja. Si has llegado hasta aquí y quieres saber mi opinión personal te diré que para mi es mucho más importante tomar decisiones que acertar al tomarlas. Cualquier idiota puede acertar, no es ningún mérito. Lo autenticamente meritorio es tomar una decisión sabiendo que después habrá que tomar otra, y después otra, y después otra y que no conocemos las respuestas pero tampoco las preguntas.

Según Suetonio, Cesar al cruzar el Rubicón pronunció el famoso “Alea iacta est” que en romance vendría a significar “La suerte está echada”. En otra versión del momento en cuestión, Plutarco afirma que Cesar citó, frente a sus tropas y de espaldas al Rubicón, al dramaturgo griego Menandro: “ἀνερρίφθω κύβος”.

En la lengua de Góngora, Quevedo y Cervantes: “Que empiece el juego”

Si os tuviese que dar un consejo, Plutarco siempre me pareció más fiable que Suetonio. Apostad a rojas.

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Las necesarias reformas

Por profundizar un poco en el tema que traté el otro día, esta es mi propuesta:

1.- Reforma de la Ley electoral. Lo ideal, en mi opinión, sería eliminar las circunscripciones provinciales aplicando un distrito único nacional para las elecciones al Congreso de los Diputados. El problema es que la circunscripción provincial está fijada por la Constitucion (Art. 68.2) lo que obligaría a modificarla, con todo lo que esto supone. Otras soluciones, como aumentar a 400 el número de Diputados, no resuelven el problema a no ser que se aplicase un nuevo método de reparto. Aquí, una propuesta en este sentido, con cifras.

2.- Reforma del Senado para convertirlo en una cámara de representación territorial. Ahora el Senado es un Parlamento Bis en el que se reproducen los mismos esquemas de representación presentes en el Congreso. He hablado mucho de este tema en distintos sitios y no he conseguido que nadie apoye mi propuesta, pero no desisto. Los senadores deben representar al Gobierno de cada autonomía y deben ser elegidos por estas. 17 autonomías = 17 votos. Ni uno más ni uno menos. Las decisiones se tomarían por doble mayoría. Sería necesario redefinir el marco competencial de las autonomías para que en algunos campos las decisiones de los parlamentos autonómicos tuviesen que refrendarse en el Senado. Aquí volvemos a chocar con la Constitución (Art. 69)

3.- Reforma del Sistema Autonómico. Avanzar hacia un sistema federal (simétrico), aumentar la coordinación entre las CC.AA y facilitar la colaboración horizontal entre ellas en temas que no atañen al Gobierno Central.

4.- Reforma de la Ley de Régimen Local. Profesionalización de la gestión de los Ayuntamientos eliminando los plenos y sustituyendo los cargos políticos por profesionales de gestión. Elección de los alcaldes por sistema mayoritario a doble vuelta. Redefinición de sus competencias (transferir la gestión del suelo a organos mixtos CCAA-Ayuntamiento)  y fijación de un nuevo sistema de financiación. También habría que retocar la Constitución (Art. 140).

5.- Reforma fiscal, tanto en lo que se refiere a recaudación directa (mayor progresividad) como a la persecución del fraude fiscal (del pequeño y del grande). Todos los pagos al Estado (tasas de Universidades, multas de tráfico, sanciones…) deberían tener en cuenta el nivel de ingresos del ciudadano.

6.- Reforma de la función pública. Implantar la movilidad horizontal del funcionario. Reciclaje obligatorio. El funcionario debe de ser despedible si no cumple con sus obligaciones, y no solo teoricamente.

7.- Reforma laboral….

8.- Referendum sobre la forma del Estado…

Se admiten sugerencias (ya que nos ponemos a reformar la Constitución, hagamoslo a lo grande) ……

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El desierto estratégico 2.0

Brillante.

JM Nieto, para ElMundo Castilla y León (1/05/2010). Posiblemente lo único rescatable del citado medio.

Por cierto, por primera vez en décadas, Castilla y León tiene menos de 2,5 millones de habitantes mientras España se acerca a los 47 millones.

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El necesario final de la Transición.

Terminé hace poco “Anatomía de un instante”, el último libro de Javier Cercas. Sin ser un libro de historia, este ensayo novelado es una de las aportaciones más brillantes que he leído sobre la historia reciente de España. No es solo una descripción detallada del Golpe de Estado del 23 de Febrero, es algo más: es el retrato de una generación de políticos y de un tiempo político que configuró el día a día de la España de hoy. Es una obra que va más allá de los detalles repetidos hasta la saciedad, de las conspiraciones oscuras, los elefantes blancos y la Operación Galaxia; y que intenta profundizar en los sentimientos y actitudes de los protagonistas: Suárez, Armada, Gutiérrez-Mellado, Tejero, Carrillo, etc… Un libro extremadamente recomendable.

Para algunos, el 23-F es el final de la Transición, la definitiva victoria del poder civil democrático sobre el ejército franquista. Para otros, la transición acaba con la llegada a La Moncloa del PSOE, de la izquierda heredera, en teoría, de la legitimidad republicana. Sea como fuere, después de 30 años la Transición ha vuelto a la actualidad política. Al menos una parte de ella, eso que llaman “el espíritu de la transición”. En líneas generales, el PP y sus satélites acusan al PSOE de querer acabar con ese espíritu, rompiendo los pactos que forjaron una Transición “modélica” y destruyendo sus logros. Por otro lado, algunos sectores de la izquierda afirman que la transición fue un triunfo de la derecha, un proceso dirigido desde las entrañas del régimen que sirvió para reforzar las estructuras de poder del franquismo a cambio de una democracia que algunos califican como incompleta.

Personalmente no creo en la Santa Transición, ascendida a los cielos por aquellos que menos contribuyeron a su construcción, pero tampoco creo que fuese un proceso teledirigido por los restos moribundos del régimen, aunque no dudo que esa fuera su intención. Realmente, la Transición, ese proceso que nos llevó de la ley a la ley, fue una carambola histórica que no tuvo nada de modélica ni de dirigida, a no ser que la dirección pretendida fuese el abismo. El proceso estuvo a punto de descarrilar tantas veces que la consecución de una democracia similar a las europeas era el final menos probable para un proceso traumático, violento e improvisado.

Tenemos que congratularnos de que la Transición fuese, en buena medida, un éxito, aunque eso no impide que se critiquen episodios puntuales o aspectos concretos del modelo de democracia y de país que el proceso de transición desarrolló. Un modelo pensado para una situación política, social y económica concreta y que a día de hoy ha sido superada completamente por el país. España ya no es el país que salía de cuarenta años de dictadura pero su sistema político sigue siendo el mismo.

El problema no es que la Transición produjese una democracia defectuosa o imperfecta, el problema, desde mi punto de vista, es que el sistema apenas ha evolucionado desde las reformas de principio de los ochenta. La Transición corre el riesgo de convertirse en una Segunda Restauración que termine por alejar al ciudadano del sistema descalificandose a si misma.

Hay que reformar el sistema autonómico y el Senado, avanzando por el camino del federalismo y la corresponsabilidad. Hay que reformar el régimen local para modernizar la administración más cercana al ciudadano, dotándola de recursos económicos y recomponiendo su mapa de competencias. Y sobre todas las reformas posibles y necesarias (Justicia, pensiones, seguridad social, sanidad, etc…) es urgente la del sistema electoral para que el necesario proceso que ponga fin al sistema de la Transición, o a la Transición misma,  sea dirigido y diseñado por personas que representen de verdad a los ciudadanos. Nuestro parlamento no representa a la sociedad española y es un gran error que el PSOE no encabece la reforma porque la sociedad española es mucho más progresista que su parlamento. La desaparición por arte de la ley d’Ont de un millón de votos de izquierdas perjudica al país, pero también al PSOE. Puede que una reforma de la Ley hiciese más difícil la consecución de mayorías parlamentarias amplias para un grupo político, tanto para PSOE como para el PP, pero facilitaría la creación de un gran grupo de izquierdas a la izquierda del PSOE. Esto, además de ser justo, facilitaría llevar a cabo políticas auténticamente progresistas y aliviaría la presión que supone para el PSOE depender de los grupos nacionalistas de derecha.

Superemos la Transición ahora que ya somos mayorcitos.

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