El necesario final de la Transición.

Terminé hace poco “Anatomía de un instante”, el último libro de Javier Cercas. Sin ser un libro de historia, este ensayo novelado es una de las aportaciones más brillantes que he leído sobre la historia reciente de España. No es solo una descripción detallada del Golpe de Estado del 23 de Febrero, es algo más: es el retrato de una generación de políticos y de un tiempo político que configuró el día a día de la España de hoy. Es una obra que va más allá de los detalles repetidos hasta la saciedad, de las conspiraciones oscuras, los elefantes blancos y la Operación Galaxia; y que intenta profundizar en los sentimientos y actitudes de los protagonistas: Suárez, Armada, Gutiérrez-Mellado, Tejero, Carrillo, etc… Un libro extremadamente recomendable.

Para algunos, el 23-F es el final de la Transición, la definitiva victoria del poder civil democrático sobre el ejército franquista. Para otros, la transición acaba con la llegada a La Moncloa del PSOE, de la izquierda heredera, en teoría, de la legitimidad republicana. Sea como fuere, después de 30 años la Transición ha vuelto a la actualidad política. Al menos una parte de ella, eso que llaman “el espíritu de la transición”. En líneas generales, el PP y sus satélites acusan al PSOE de querer acabar con ese espíritu, rompiendo los pactos que forjaron una Transición “modélica” y destruyendo sus logros. Por otro lado, algunos sectores de la izquierda afirman que la transición fue un triunfo de la derecha, un proceso dirigido desde las entrañas del régimen que sirvió para reforzar las estructuras de poder del franquismo a cambio de una democracia que algunos califican como incompleta.

Personalmente no creo en la Santa Transición, ascendida a los cielos por aquellos que menos contribuyeron a su construcción, pero tampoco creo que fuese un proceso teledirigido por los restos moribundos del régimen, aunque no dudo que esa fuera su intención. Realmente, la Transición, ese proceso que nos llevó de la ley a la ley, fue una carambola histórica que no tuvo nada de modélica ni de dirigida, a no ser que la dirección pretendida fuese el abismo. El proceso estuvo a punto de descarrilar tantas veces que la consecución de una democracia similar a las europeas era el final menos probable para un proceso traumático, violento e improvisado.

Tenemos que congratularnos de que la Transición fuese, en buena medida, un éxito, aunque eso no impide que se critiquen episodios puntuales o aspectos concretos del modelo de democracia y de país que el proceso de transición desarrolló. Un modelo pensado para una situación política, social y económica concreta y que a día de hoy ha sido superada completamente por el país. España ya no es el país que salía de cuarenta años de dictadura pero su sistema político sigue siendo el mismo.

El problema no es que la Transición produjese una democracia defectuosa o imperfecta, el problema, desde mi punto de vista, es que el sistema apenas ha evolucionado desde las reformas de principio de los ochenta. La Transición corre el riesgo de convertirse en una Segunda Restauración que termine por alejar al ciudadano del sistema descalificandose a si misma.

Hay que reformar el sistema autonómico y el Senado, avanzando por el camino del federalismo y la corresponsabilidad. Hay que reformar el régimen local para modernizar la administración más cercana al ciudadano, dotándola de recursos económicos y recomponiendo su mapa de competencias. Y sobre todas las reformas posibles y necesarias (Justicia, pensiones, seguridad social, sanidad, etc…) es urgente la del sistema electoral para que el necesario proceso que ponga fin al sistema de la Transición, o a la Transición misma,  sea dirigido y diseñado por personas que representen de verdad a los ciudadanos. Nuestro parlamento no representa a la sociedad española y es un gran error que el PSOE no encabece la reforma porque la sociedad española es mucho más progresista que su parlamento. La desaparición por arte de la ley d’Ont de un millón de votos de izquierdas perjudica al país, pero también al PSOE. Puede que una reforma de la Ley hiciese más difícil la consecución de mayorías parlamentarias amplias para un grupo político, tanto para PSOE como para el PP, pero facilitaría la creación de un gran grupo de izquierdas a la izquierda del PSOE. Esto, además de ser justo, facilitaría llevar a cabo políticas auténticamente progresistas y aliviaría la presión que supone para el PSOE depender de los grupos nacionalistas de derecha.

Superemos la Transición ahora que ya somos mayorcitos.

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