Sí, no, quizá, tal vez, deo volente.

Decisiones. Nos pasamos la vida tomando decisiones, trascendentes, nimias, inaplazables, triviales, absurdas, incomprensibles; la lista de adjetivos es larga. Yo mismo acabó de decidir escribir estas lineas, poner esa coma, y esta otra, y acabar la frase con un punto. Punto. En el fondo, acabar la frase con un punto o introducir comas en un texto, no es verdaderamente una decisión. Las normas de la gramática obligan a estas cosas. Las palabras agudas se acentúan si acaban en vocal, ene o ese; antes de be o pe siempre se escribe eme y así hasta rellenar todo un libro, dos volúmenes encuadernados en amarillo, que se vende a 120 Euros en todas las librerias y a 119,90 en el Corte Inglés. Estamos rodeados por normas, leyes y usos, encuadernadas en amarillo o no, que acotan infinitamente nuestro campo de decisión.

Decía, ayer o antes de ayer, quizá en el parrafo anterior, que nos pasamos la vida tomando decisiones o creyendo que las tomamos. Los aliados desembarcaron en Normandía pero ¿tenían acaso otra opción? ¿Estaba obligado Napoleón a atacar Rusia? ¿Podía Julio Cesar no cruzar el Rubicón? Supongo que sí. Los aliados podían haber intervenido antes, Napoleón podía haber comedido sus ansias de poder, y Julio Cesar acobardarse antes de la toma de Roma. Incluso, dando unos pasitos hacia atrás en la senda del tiempo, los alemanes pudieron no haber votado a Hitler, Luis XVI pudo haber evitado la Revolución Francesa cortando un par de cabezas y los senadores romanos podían haberse adelantado a Bruto cuando vieron que el militar patricio se les subía a las barbas. Las decisiones son consecuencias de anteriores decisiones en la misma medida que provocarán posteriores decisiones. Pero divago y decidí no hacerlo.

Tomamos a cada momento decisiones, de distinta categoría y calado, y muy de cuando en cuando, por fortuna, tomamos decisiones absolutamente trascendentes. Una mudanza, un trabajo, un amor. O sus contrarios: una no mudanza, un no trabajo y un desamor. Tomenme por loco, pero puedo asegurarles que he visto gente que abandona trabajos, recorre cientos de kilometros andando por amor o que viaja a islas lejanas solo por despejar una duda. Todo eso son decisiones, efectivamente. Decisiones que, como vengo diciendo, engendrán a corto o largo plazo nuevas decisiones. Buscar o no un nuevo piso, buscar o no un nuevo trabajo, o buscar o no un nuevo amor. Decisiones que, como ya he dicho, perdonen si me repito, no son completamente libres porque tienen que mantenerse dentro del terreno de juego en el que hemos decido movernos (¿O no lo hemos decidido nosotros?) y porque responden a decisiones anteriores. Decisiones, decisiones, decisiones.

Llamenme ahora demente, por no ser redundantes, pero incluso hay gente que piensa que lo importante de las decisiones es acertar, tomar el camino correcto, como si de una pregunta amarilla del Trivial se tratase. Por si no fuera poco tener que enfrentarnos continuamente a decisiones encadenadas ateniendonos a reglas del juego que en muchos casos no conocemos ni aceptamos; encima nos piden que acertemos. ¿Es esto realmente lo importante? Y lo que es aún más complejo ¿qué es acertar? Vuelvo a la Historia para refugiarme en terreno conocido. Si tomamos la vida de Julio Cesar, nos puede parecer que una muerte cruel como la suya, repudiado y odiado por sus pares, tiene que ser fruto de una mala decisión. Si no hubiese cruzado el Rubicón, si no hubiese acumulado tanto poder, aquellos idus de marzo habrían sido como otros cualquiera. Pero si no lo hubiese cruzado, ¿qué habría sido de Cesar¿ ¿Sería recordado?. O yendo más lejos ¿sería el mundo como es? Y el hecho de que el mundo sea como es ¿es bueno o es malo?

Ya sé que planteo más preguntas que respuestas ofrezco, pero decidí, en algún momento entre el segundo y tercer parrafo, que este texto no tendría una conclusión, una moraleja. Si has llegado hasta aquí y quieres saber mi opinión personal te diré que para mi es mucho más importante tomar decisiones que acertar al tomarlas. Cualquier idiota puede acertar, no es ningún mérito. Lo autenticamente meritorio es tomar una decisión sabiendo que después habrá que tomar otra, y después otra, y después otra y que no conocemos las respuestas pero tampoco las preguntas.

Según Suetonio, Cesar al cruzar el Rubicón pronunció el famoso “Alea iacta est” que en romance vendría a significar “La suerte está echada”. En otra versión del momento en cuestión, Plutarco afirma que Cesar citó, frente a sus tropas y de espaldas al Rubicón, al dramaturgo griego Menandro: “ἀνερρίφθω κύβος”.

En la lengua de Góngora, Quevedo y Cervantes: “Que empiece el juego”

Si os tuviese que dar un consejo, Plutarco siempre me pareció más fiable que Suetonio. Apostad a rojas.
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1 comentario

Archivado bajo Historia, Varios

Una respuesta a “Sí, no, quizá, tal vez, deo volente.

  1. Joe

    Podíamos quedarnos en el banquillo pensando que aquella decisión fué equivocada, que todo sería diferente si hubiésemos cogido aquel tren. Pero también podemos asumir las consecuencias de aquella decisión, mirar al terreno de juego y arriesgar de nuevo.
    ¿qué mérito tiene ganar si noy hay riesgo, sin apostar fuerte por algo?

    keep moving

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