Once contra once

Comprendo a aquella gente a la que no le gusta el fútbol y en el fondo les envidio porque me gustaría ser como ellos. Me gustaría no dejarme llevar por las carreras y cabriolas nerviosas de veintidos hombres persiguiendo un esférico de cuero. Me gustaría mirar por encima del hombro a esos que los días de partido, de gran partido, de partido importante, son un manojo de nervios durante horas. Me gustaría decir a aquellos que repasan febriles las alineaciones y estadísticas que están locos, que hay muchas cosas más importantes. Me gustaría, en fin, elevarme sobre las masas alienadas frente a los televisores o en los campos, mirarles a sus rostros teñidos de verde por el reflejo del cesped y decirles que son idiotas, que los poderosos les engañan dandoles circo cuando no tienen pan.

No puedo hacer nada de esto porque adoro el fútbol, porque desde pequeño lo he vivido, porque lloré cuando a los cinco años mi equipo perdió la UEFA,  porque aún hoy lo vivo y me apasiona y porque aquí y ahora declaro mi amor incondicional a este estúpido invento inglés. Cuando antes afirmé que envidiaba a los ateos del futbol mentía. Comprendo que no les guste el fútbol, pero lo siento por ellos. Es lógico que nos miren desde la valla como si fuesemos unos locos, pero no pensarían lo mismo si sintieran lo que nosotros sentimos.

El problema es que es díficil explicar qué tiene el fútbol, por qué engancha ¿Cómo explicar los segundos que tarda tu cerebro en reaccionar ante la falta de oxigeno después de gritar un gol? ¿Como explicar las lagrimas después de una derrota o de una victoria? ¿Cómo explicar la sonrisa complice con el desconocido, el canto asincopado de miles de gargantas? ¿Cómo explicar que la vista se nuble después de la victoria? ¿Cómo explicar que recuerdes miles de nombre, de situaciones, de anecdotas que nos ha vivido en persona? ¿Como explicar el agónico gol de Alfonso, el codazo de Tassotti en tierras yankees, el significado del penalti de Cesc, el trauma de cuartos, la carrera de Torres frente al imperio germano? ¿Cómo contarle a alguien que odias a Gamal Mahmoud Ahmed Al-Ghandour? ¿Cómo explicar que grites cada gol, que empujes cada pase, que vueles con el portero, que te muerdas las uñas en cada corner, que sueñas con lo imposible? ¿Cómo explicar a Zidane? ¿Cómo explicar que los mejores no siempre son los más dotados? ¿Cómo explicar que vives en vilo por la pierna de un tio de Albacete al que hasta hace poco odiabas por marcar en un sitio llamado Stamford Bridge? ¿Cómo explicar la rotación alocada del Jabulani o el grito de las vuvuzelas cuando marcan los bafana bafana?

El secreto del éxito del fútbol reside en lo perdurable e irrepetible de cada una de las emociones que transmite. En lo irrepetible de cada encuentro, de cada gol, de cada asistencia y en lo perdurable de su recuerdo.

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