Pandemonium cultureta

Sucedió como los best-sellers y las películas de serie B anticipaban. Un laboratorio militar en la Sierra de Madrid, un experimento con un virus extremadamente peligroso, una resaca mal llevada, un resbalón inoportuno, una probeta que cae y una reacción inesperada con el limpiasuelos olor pino de marca blanca. El ayudante de laboratorio, dentro de su traje aislante, maldijo entre dientes el último chupito de téquila pero no se preocupó en exceso. Recogería los restos de la probeta y descontaminaría el laboratorio sin problemas. Lo que no sabía, entre otras muchas cosas, era la reacción que se estaba produciendo en las juntas ennegrecidas de los baldosines. Una reacción que permitió al nuevo virus sobrevivir al proceso de descontaminación y esperar agazapado durante horas la oportunidad propicia para encontrar un huesped donde reproducirse.

La oportunidad se presentó cuando a la mañana siguiente, Dolores, una de las mujeres de la limpieza, entró en el laboratorio con sus guantes de latex y su estropajo a quitar la suciedad incrustada en el suelo amarillento. El virus, una variante del de la gripe, con un ligero y fresco olor a bosque, penetró por sus fosas nasales y tras una breve estancia en sus pulmones inundó el flujo sanguineo. Esa misma tarde se sintió indispuesta y al despertar de la siesta acudió a un centro médico entre escalofrios. Tenía fiebre, mucha fiebre, debilidad extrema, mareos, dolor en las articulaciones y sonoras flatulencias, que incomodaban a médicos y enfermeras pero dejaban un olor fresco y duradero en urgencias.

La enfermedad no parecía responder a los tratamientos habituales, la fiebre no remitía y Dolores deliraba bañada en sudor. A los dos días de estar ingresada, perdió el conocimiento. Los médicos, desconcertados por la enfermedad y un poco hartos del olor a pino, la daban por perdida. Pronto comprendieron que no se trataba de un caso único, si no que se enfrentaban a algo peor, una auténtica epidemia de un virus desconocido y resistente a los tratamientos que podía ser letal. Mientras Dolores se debatía entre la vida y la muerte, dos compañeras de trabajo, la cajera del supermercado de su barrio, un policia, su marido y sus dos hijas, empezaron a sufrir los mismos síntomas y tuvieron que ingresar en el Hospital. Conscientes del peligro que suponía la extensión del virus, la dirección del Hospital decidió aislar una planta del complejo y recluir allí a los afectados y al equipo médico que había estado en contacto con ellos. Pronto, la Planta del Pino, como se la conocía por su característico olor, se convirtió en el foco de atención de la comunidad científica y de los medios de comunicación atraidos por los últimos estertores de Dolores y por el rápido contagio de la nueva enfermedad. Al sexto día del ingreso de Dolores, con casi dos centenares de personas contagiadas y la mitad de ellas inconscientes; a Dolores se le paró el corazón.

Pero, para sorpresa de todos, su corazón apenas estuvo sin vida unos segundos. Antes de que los médicos pudiesen anotar su defunción, Dolores volvió a respirar, abrió los ojos, se incorporó, se sentó en el borde de la cama y para sorpresa de todos preguntó donde estaba la biblioteca más cercana.

Los médicos estaban anonadados. La habían dado por muerta y ahora estaba allí, como si la última semana de su vida no hubiese existido, como si nunca hubiese estado enferma. Un médico, un experto en enfermedades infecciosas que había llegado desde Atlanta la mañana anterior, se acercó a Dolores y le tomó el pulso y la tensión. Todo era normal.

– ¿Se encuentra usted bien? – le preguntó el médico.

– En absoluto, Doctor. Noto cierta desazón. ¿Cómo puedo haber ignorado estos últimos cuarenta años En busca del tiempo perdido? ¿Acaso merezco vivir?

– ¿Perdone? – dijo el médico sorprendido.

– ¿Usted tampoco la ha leido? Me reconforta sobremanera que usted tampoco conozca a Proust, me noto menos sola en este vacuo universo.

Dolores accedió a que los médicos le sometieran a distintas pruebas a cambio de que una enfermera se acercara a una biblioteca y le consiguiera “En Busca del Tiempo Perdido” y un par de volumenes de los “Episodios Nacionales”. Los médicos comprobaron que Dolores estaba completamente recuperada: los analisis, radiografias, resonancias magnéticas, absolutamente todas las pruebas se movían dentro de los parametros considerados normales. Lo único que extrañaba a los médicos era su desaforada pasión por la lectura, desconocida incluso para sus más allegados.

Dolores salió del Hospital al octavo día de su ingreso, después de regalar a los médicos una colección completa de las obras de Marcel Proust y un soneto compuesto por ella misma en una servilleta. Cuando Dolores abandonó el Hospital, la enfermedad había contagiado ya a tres mil personas y había rebasado las fronteras de la ciudad. Por fortuna, los primeros afectados fueron evolucionado igual que Dolores. La fiebre y las flatulencias con olor a pino daban paso a un estado de inconsciencia que se prolongaba durante 4 días. Después, como si nada hubiese pasado, el sexto día se despertaban. Los médicos tan solo apreciaron una diferencia entre Dolores y el resto de los afectados: Marcel Proust no gustaba a todo el mundo. Algunos pacientes se despertaron preguntando por el horario de los museos, otros por el último número de Nature, otros por los avances del LHC. Incluso hubo un par de pacientes, un joven de 25 años sin oficio conocido y una nonagenaria, que al despertar solicitaron papel y bolígrafo para resolver unas ecuaciones que dijeron tener pendientes.

Para los médicos se hizo evidente que aunque no fuese letal, el virus provocaba algunos cambios en los pacientes. Todos sin excepción parecían volverse, de la noche a la mañana, expertos de las distintas ramas del saber: Literatura, matematicas, filologia, historia, biología, fisica, aeronautica… De alguna manera desconocida, el virus con olor a pino alteraba las capacidades intelectuales de los sujetos que lo padecían.

La Gripe Mensa, como se bautizó en la prensa anglosajona una vez conocidos sus efectos sobre las capacidades intelectuales de los infectados, se extendió rapidamente y empezó a afectar a la vida diaria del país a medida que los infectados despertaban y volvián a sus vidas. Las bibliotecas se colapsaron incapaces de hacer frente a las peticiones de las ordas de neo-intelectuales que recorrían sus estantes buscando saber. El jazzfusión y las reediciones de Von Karajan coparon rapidamente las radioformulas. Los restaurantes y bazares chinos fueron sustituidos por café–teatros donde se improvisaban con gran éxito tragedías de inspiración clásica. En los parques, mientras alimentaban a las palomas, los jubilados debatían animadamente sobre la volatilidad del indice Nikkei y la conveniencia de retornar al patrón oro. Gran Hermano, programa referente de la telebasura, vió como su audiencia caía en picado en un primer momento para volver a máximos históricos cuando sustituyeron a sus antiguos concursantes por los últimos Premios Nobel. Los promotores inmobiliarios reformaron los millones de pisos vacios del país y los convirtieron en pequeños laboratorios y viveros de empresas de biotecnología. Los ordenadores de todos los españoles pronto funcionaron con un sistema operativo de codigo abierto diseñado por un cabrero salmantino. El país entero bullía de creatividad cuando la enfermedad alcanzó hasta la última aldea y convirtió sus calles en mares de anarquica inteligencia. Dos meses después del primer estallido, todo el país había sido infectado y había multiplicado exponencialmente su inteligencia al despertar del coma.

¿Todos? No, no todos habían estado expuestos a la enfermedad. Un grupo de altos cargos, diputados, ministros y secretarios de estado, acompañados de sus secretarias, se habían refugiado en un bunker bajo el Congreso de los Diputados y seguían sanos y salvos. Por fortuna, tras largos e infructuosos debates, habían confeccionado un plan que les permitiría rescatar al país y devolverle a su estado orginal. Tenían recursos, tenían armas, sabían rezar y tenían ganas. No iban a permitir que el país sucumbiera a esos zombies neo-intelectuales y no iban a permitir que todo el presupuesto se gastase en bibliotecas y centros de investigación. ¿Acaso no era necesario arreglar las aceras de vez en cuando? ¿No era imprescindible replantar las macetas que se habían dejado secar? ¿No erán útiles y sabrosos los canapés? Y sus sueldos ¿qué sería de sus sueldos si las calles se llenaban de intelectuales?

El futuro del país estaba, más que nunca, en sus manos.

La saga continua en: Pandemonium cultureta 2 —- Pandemonium cultureta 3

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