Arqueología, ciencia y política. Lancia de los astures.

Quizá usted piense lo contrario, pero le aseguro que está en un error: España es un país politizado al extremo. Solo tiene que ver cualquier informativo, comprarse un periódico o leer los comentarios a cualquier noticia de los medios digitales. ¿Que hay mucha gente que pasa de política? En absoluto. Todos los que se definen como apolíticos son de derechas, votantes o no. Y toda esa gente que vive de continuo cabreada con el gobierno, sea del color que sea, es de izquierdas. Todo, absolutamente todo, está impregnado de política. ¿Los toros? Política ¿El fútbol? Política ¿Una inundación? Política ¿Un asesinato? Política. ¿La ciencia? Política. ¿También la ciencia? Pues sí ¿o tengo que recordarle todo aquello de las celulas madres, mentarle a Darwin o a la Santa Madre Iglesia? Si a esta politización del medio sumamos la querencia natural del hispano hacia las trincheras obtendremos como resultado un estado de eterna confrontación de extremos; en una palabra: España.

No descubro la dinamita ni aspiro a un premio Nobel cuando afirmo que la Historia y la Arqueología son las ramas de la ciencia más fácilmente intoxicables por la política. Todos los procesos de nacionalización, de conformación del sentimiento nacional de un pueblo, han ido de la mano del estudio (o la invención) de la historia propia y de la confrontación de esta con la historia de los más cercanos. Todos los pueblos tienen sus orígenes, sus héroes, sus victorias y sus derrotas, sus enemigos naturales y sus fobias. La Historia ha servido desde sus orígenes para el modelado de la conciencia nacional, para el despertar del sentimiento patriótico o para la justificación de hechos y personas. La Historia es política porque la ideología deforma nuestros puntos de vista y nos impide ser objetivos sobre los hechos. La Historia no puede ser objetiva porque aquellos que la construyen no son/somos objetivos.

La arqueología cuenta con una gran ventaja sobre la Historia, algo que debería ser una ventaja y no lo es y con una gran desventaja. Ventaja: las fuentes son objetivas. Una Dragendorff 32, es una Dragendorff 32 aquí y en la China Popular. El registro es el registro aunque sea parcial (otra cosa son las interpretaciones, pero de eso hablo después) Algo que debería ser una ventaja pero no lo es: los cadaveres están frios. La lejanía temporal entre lo estudiado y la actualidad debería alejar a las visceras de estos asuntos. La realidad es que esto no es así. Una gran desventaja: el dinero. La arqueología es cara y solo es economicamenteproductiva en la medida que es explotable turística y publicitariamente. Esto es un riesgo pues pone a muchos arqueologos a los pies de los caballos políticos y los medios de comunicación. Una cita al respecto, de Jose María Bello Dieguez, Director del Museo Arqueológico e Histórico de La Coruña:

“Sin embargo, la deriva de la situación actual, en la que la creciente presencia social de la arqueología no es independiente del incremento de su interés económico como fuente generadora de ingresos de tipo turístico y cultural, lleva a una mayor dependencia del poder político y, en consecuencia, de la popularidad y la presencia en los medios capaz de influir sobre él. Cada vez más, el éxito de un proyecto arqueológico a la hora de conseguir los medios necesarios para su financiación depende no de la calidad del proyecto en sí, sino del apoyo de los poderes locales, de la presencia mediática y del impacto popular que sean capaces de generar los promotores del proyecto.”

Esta situación está provocando en la actualidad dos fenómenos preocupantes: una arqueología patológica y una utilización patológica de la arqueología.

Los arqueólogos se ven forzados a buscar titulares de impacto para atraer la atención del público y de los políticos, y por ende las subvenciones de unas instituciones mayoritariamente acientíficas. Esta necesidad obliga, en el mejor de los casos, a forzar las interpretaciones o a exagerar la realidad. Son muchas las noticias arqueológicas que aparecen en los medios en las que la busqueda de ese titular lleva a frases rocambolescas, afirmaciones insostenibles o comparaciones injustificadas. Cualquier cosa es como Roma, como Pompeya, como Atapuerca, como Numancia. Da igual que no tengamos nada, cuando lo tengamos será extraordinariamente importante y cambiará todos los paradigmas. Incluso en algunos casos, pocos por fortuna, se llega a falsear la realidad. Esta arqueología patológica está directamente relacionada con la política, esa marea que lo inunda y contamina todo, pues la busqueda del redito político inmediato favorece a aquellos que menos escrúpulos tienen como cientificos y provoca, además, un uso patológico de la ciencia arqueológica, incluso cuando esta no está contaminada por el fenómeno.

Estoy pensando en concreto en dos ejemplos: Iruña-Veleia y Lancia. Les resumo, por si no están al tanto. Iruña-Veleia, en la localidad alavesa de Iruña de Oca, antiguo oppidum caristio, es el yacimiento arqueológico romano más importante del Pais Vasco pero, si les suena el nombre, posiblemente no tenga que ver con su significado histórico. La aparición en las campañas de excavacion de 2005 y 2006 de lo que se denominó en su momento “grafitos excepcionales” abrió una triste polémica que acabó con la demostración de su falsedad y el paso por los tribunales de los responsables de la excavación. Es imposible resumir en unas lineas todo lo escrito al respecto, la emoción inicial de los expertos cercanos al equipo por lo revolucionario de los hallazgos, el escepticismo que encontró cobijo en los foros de internet, las sospechas de fraude, la investigación, etc… Aunque hay opiniones para todos los gustos y no todo el mundo está satisfecho con las conclusiones de la comunidad científica, el fraude es evidente. Ya sean o no los directores de la excavación los responsables directos del fraude, la exposición pública de los hallazgos, la busqueda de impacto mediático y la politización del asunto; convierten a Iruña-Veleia en un caso palmario de ciencia patológica.

Lancia, por su parte, comparte origenes con Veleia. En la provincia de León, fue el ultimo bastión de los astures antes de la conquista romana y una importante nucleo de población después de esta. A los pies del cerro, en una zona que se pensaba podía albergar un basurero, ha parecido toda una ciudad. El problema es que esta ciudad está en medio del trazado de la autovía Valladolid-León y su conservación está, digamoslo así, comprometida. Hasta aquí nada patológico.

Lo patológico llega cuando la defensa del yacimiento se politiza y se interpreta como la defensa de la identidad leonesa frente al opresor castellano. También sucede cuando un político habla del Homo Antecessor como del primer castellanoleonés, o de un primate hominoideo encontrado en un pueblo de Barcelona como el primer catalán, sin haberle encontrado, que se sepa, barretina asociada.

Por si fuera poco peligro para la arqueología la busqueda del titular, su politización, en muchos casos su “nacionalización”, la ponen al servicio de intereses espurios que para nada la beneficían. Es innecesario revestir a Lancia de valores identitarios para lograr su conservación pues su valor patrimonial e histórico es manifiesto. ¿Por qué involucrar a la arqueología en insulsas batallitas personales? ¿No tienen acaso suficiente con su munición habitual para lanzarse a la cabeza?

La ciencia, por favor, alejada de la política y de los políticos. Gracias.

Extra:  Arqueología, pseudociencia y ciencia patológica. Jose María Bello.

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