Que parezca una historia de amor

La primera vez que la vio llevaba una falda negra y una blusa blanca. El pelo moreno, liso, suelto, caía sobre sus hombros. Ambos esperaban en un paso de peatones, uno a cada lado de la avenida, a que cambiara el color del semáforo. Ella se escondía del sol a la sombra de un arbol. Él entornaba los ojos para verla mejor. Cuando se cruzaron en el centro de la Avenida, vio que tenía los ojos negros.

Al día siguiente, a la misma hora, en el mismo paso de peatones, volvieron a encontrarse. Él la miró durante el minuto que permanecieron frente a frente separados por cuatro carriles de asfalto. Pantalones esta vez, claros, blusa azul, un bolso de cuero colgando del hombro. Morena, ojos oscuros. Ella no se fijó en él, camuflado entre la multitud que se agolpaba al otro lado. Al abrirse el semáforo, el navegó entre la gente que avanzaba para acercarse lo más posible a ella.  No pudo pasar a su lado, pero si lo suficientemente cerca como para oler su perfume.

Él empezó a cambiar sus rutas para poder verla. Todos los días se encontraban en el mismo paso de peatones, pero el nunca se atrevió a acercarse. Tan solo la miraba y memorizaba su pelo y sus ojos. También se fijó en sus pendientes, en su elegante cuello blanco, unas veces adornado con collares de oro, otras veces desnudo; en sus manos, largas y finas, en sus piernas.

Al cabo de un mes de cruzarse en silencio en aquel paso de peatones, él decidió que había llegado el momento. Acumuló el valor suficiente durante una semana y se apostó frente a ella, al otro lado de la calzada, dispuesto a enfrentarse a sus miedos. Ambos llegaron puntuales. Ella vestía falda negra de tubo, blusa blanca, bolso marrón, como el primer día que se cruzaron sus destinos. Él se quedó mirándola, sus ojos fijos en sus ojos, aunque ella no le mirara. Se abrió el semáforo y ambos avanzaron. Él la miraba fijamente, ella no se percató de su presencia. 20 metros, 10 metros, 5 metros. Por fin frente a frente. Suspiró.

Cuando ya solo estaba a un paso de ella, de sus manos, de su pelo negro, de sus ojos oscuros, él estiró el brazo derecho. El tiempo parecía detenido, pero no era así. Ella levantó la mirada y se fijó, por primera vez, en el hombre que tenía en frente. Barba de tres días, pelo sucio, camiseta amarillenta. Se asustó. El aprovechó la confusión que se dibujaba en su rostro y con un rápido movimiento, perfeccionado durante años, cogió con su mano derecha el bolso que ella llevaba en el hombro izquierdo y echó a correr.

“Es demasiado para mi” pensó él mientras corría “pero 30 eurillos seguro que lleva en el bolso”

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2 comentarios

Archivado bajo Escenas y Paranoias

2 Respuestas a “Que parezca una historia de amor

  1. Eres un especialista en estas historietas, jajaja. Me viene a la memoria la de la máquina del café.

    Un bratxo (y pronto unos pintxos)

  2. Pingback: Pánico atómico | Decapitado por Hereje

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