Pandemonium cultureta 2: El Parlamento contraataca.

Primera parte: Pandemonium cultureta.

Tras la ensordecedora ráfaga del subfusil, una gran mancha de sangre, restos de cráneo y una papilla indescriptible que antes debió ser parte del cerebro de la victima, ocupó el centro de la pared blanca. El cuerpo de la víctima, con el rostro completamente desfigurado, se deslizó hacia la izquierda. El libro que había sujetado entre sus manos hasta el final, un ejemplar encuadernado en piel azul del Ulysses de James Joyce, cayó al suelo y se quedó abierto a los pies del cadáver por el epílogo. Algunas gotas de sangre mancharon sus páginas.

–  Hay tienes tus putos signos de puntuación, pedante de mierda.

La voz había salido del interior de uno de los trajes de protección NBQ y a través del sistema de comunicación interno que portaban había llegado perfectamente nítida a los oidos de Sus 8 Señorías Justicieras, nombre cariñoso con que se conocía al Comando de Diputados dentro del bunker del Congreso. Tras dos meses de negociaciones y deliberaciones, presionados por la escasez de víveres, de ositos de gominola y de papel higiénico, los distintos grupos parlamentarios habían llegado a un acuerdo para pasar a la acción: un comando, seleccionado de entre ellos siguiendo principios netamente democráticos, saldría al exterior armado hasta los dientes para ponerse en contacto con el enemigo. Serían 4 hombres y 4 mujeres, ocho en total. De ellos, 6 heterosexuales y dos homosexuales. 3 del Partido en el gobierno, 2 del grupo mayoritario de la oposición, un vasco, un catalán y uno del grupo mixto. De los 8, 6 eran católicos, 1 se declaraba agnóstico y otro acudía en representación de las religiones minoritarias. 3 del Madrid, 3 del Barça, uno del Depor y otro del Leganés, este ultimo en representación de los no aficionados. Dos de ellos estarían al corriente en sus pagos a Hacienda y los otros seis no. El objetivo: ser la más fiel representación del Parlamento y de España. Como es lógico suponer, lograr semejante composición fue lo que más tiempo llevó a los parlamentarios. ¿Diseñar un plan? Llevaban montones de armas, ese era el plan.

– Continuemos – dijo uno de los diputados-comandos.

El grupo avanzaba en silencio por los pasillos de lo que había sido el Ministerio del Interior, ahora ocupado por una comuna hippy de físicos cuánticos. El Comando avanzaba pegado a la pared, imitando lo que habían visto en las películas de acción. A la cabeza, uno de los miembros del comando, que llevaba sobre su traje de protección blanco pintadas con rotulador la bandera de la UE, la de España y las de todas sus Comunidades Autónomas, hacia gestos con las manos intentando dirigir a sus compañeros a través de los pasillos. En teoría, el objetivo de la misión era encontrar a algún alto cargo del exterior, un alto cargo zombie hiperintelectual, para negociar, aunque realmente no tenían ni idea de a quien buscar ni que iban a negociar. ¿Que saltaran todos por un precipicio? ¿Qué simularan ser tan idiotas como antes? ¿Que encontrasen una vacuna a ese mal que les había convertido en cerebritos?

Llegaron a una sala de reuniones que tenía las puertas entreabiertas. Dentro se escuchaban voces airadas que parecían discutir. El líder del grupo intento escuchar detrás de la puerta “… por el amor de todos los físicos. Eso ya lo resolvió Hales con el problema del empaquetamiento de Kepler…” Desconcertado, no había entendido una palabra, ordenó a todos sus hombres y mujeres que se preparasen para el ataque. Dio una patada a la puerta y apuntó a los dos jóvenes que estaban sentados a la mesa. Uno tenía la cabeza rapada, un pendiente de oro y un tatuaje enorme en su brazo izquierdo. El otro, que parecía algo mayor, quizá rondaba la veintena, tenía el pelo recogido en una coleta sucia que le llegaba hasta el suelo.

–  Quietos – gritó el lider del grupo.

– Lo estamos – dijo el cabeza rapada.

– Bien – no esperaba esa respuesta – Eeeeeh…. – dudaba – Pónganse contra la pared.

Los dos jóvenes se levantaron tranquilamente y se pusieron junto a la pared. El líder, llamémoslo Alfa, ordenó a dos de los suyos cachear a los jóvenes. No les encontraron nada, a parte de anotaciones de ecuaciones en servilletas.

–  ¿Es necesario que lleven ese traje tan ridículo y esas armas tan ofensivas? – dijo uno de los jóvenes.

– Yo decido lo que es necesario o no – dijo Alfa.

– Vale, banderitas.

Una vez cacheados, los sentaron en un par de sillas y los ataron para interrogarlos. Querían encontrar al líder de todos ellos, les dijeron.

–  En primer lugar, no tenemos líder. En segundo lugar, creo que deberían dejar de ver películas de alienígenas en ese bunker donde se esconden.

Uno de los Diputados, como repuesta a su insolencia, le pegó un tiro en la rodilla. El joven gritó de dolor, insultó, y recordó cariñosamente a toda la familia del diputado agresor mientras se sujetaba la rodilla sanguinolenta. Como respuesta, el Diputado le pegó otro tiro en la cabeza.

– Nadie se mete con la madre de un Diputado. – dijo el parlamentario, apuntando con la pistola a la cabeza del otro joven – Venga, ahora tú, termina de arreglarme el día.

–  Perdone que le corrija, pero en realidad dice: “alégrame el día” y creo que… – otro disparó, entre los ojos del joven, acabó con la frase.

–  Así no vamos a conseguir que nos lleven ante nadie – dijo Alfa rascándose el casco, posiblemente en un infructuoso intento de rascarse la cabeza.

–  No tienen líder. Son una panda de anarquistas intelectuales que pretenden acabar con el orden y la convivencia de nuestra sociedad. – dijo uno de los diputados de la oposición, hombre, heterosexual, católico y del Madrid – Es más, son unos pecadores que sojuzgan el orden natural…

–  Para el carro, filisteo. – le interrumpió una de las diputadas del Gobierno, mujer, heterosexual, agnóstica y del Depor.

–  Callaos – les interrumpió a ambos Alfa. – Volvamos al bunker para recibir instrucciones.

Antes de salir de la sala, uno de los miembros del Comado disparó una ráfaga de subfusil sobre los cadáveres, haciendo saltar una lluvia de sangre y astillas desde las sillas.

El bunker era una construcción fastuosa, propia de un megalómano, levantada bajo la Carrera de San Jerónimo por un antiguo Presidente del Gobierno. Se rumoreaba entre los diputados que incluso llegó a pasar varias noches allí en la Nochevieja de 1999. El bunker, que tenía capacidad para mil personas, tenía una sala que imitaba con exactitud de programador informático el Salón de Plenos del Congreso de los Diputados. Si, tenía los asientos rosas y amarillos, y sí, no había asientos para todos, y sí, donde debía estar la tribuna había un urinario azul; pero nadie dijo que los programadores informático valiesen para interioristas.

Allí esperaban los Diputados y allí acudieron los miembros (y miembras) del Comando después de quitarse el traje de protección NBQ y pasar por una ducha de desinfección.

– Caballeros – dijo Alfa sentado en el Urinario que hacia las veces de tribuna – Señoras – continuó mientras blandía la escobilla que servía de bastón de mando – Hemos entablado contacto con 13 zombies. Matamos a todos ellos pero antes les sonsacamos información útil. Tengo una mala noticia: no tienen líder. Se rigen de manera asamblearia, usando Internet como herramienta de debate.

– Están locos – se oyó gritar desde los escaños amarillos.

– Anarquistas, intelectuales de mierda, eso nos pasa por darles educación, menos Universidades y más campos de concentración – decían en los escaños rosas.

– Un poco de silencio, por favor. – dijo el Presidente del Congreso, golpeando un patito de goma amarillo contra la mesa para hacer ruido y callar a los alborotadores.

– Gracias – dijo Alfa – La situación es tan desesperada que solo nos queda una salida. Eliminarlos a todos – aplausos generalizados en las gradas bicolores – Después, con gran esfuerzo y dedicación plena, tendremos que repoblar el planeta engendrando hijos. Una nueva super especie de español nacido de los más grandes de sus representantes políticos…

Mientras Alfa continuaba con su discurso entre la expectación del respetable, uno de los miembros del equipo empezó a sentirse indispuesto. Cambió varias veces de postura en la silla, pero no lograba encontrarse cómodo. Además notó como se le empezaba a revolver el estómago. Disimuladamente, desplazó el peso de su cuerpo sobre uno de sus glúteos y dejo escapar una pequeña flatulencia.

Segundos después, un intrigante pero agradable olor a pino llegó tímidamente hasta sus fosas nasales. Rezó para que fuese el perfume del limpiador del urinario-tribuna.

Pandemonium Cultureta 3: El final de la saga

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