Siempre nos quedará París…

Las comparaciones son odiosas, pero es difícil resistirse viendo en los medios la movilización de los ciudadanos franceses frente al gobierno de Sarkozy. En Francia, las convocatorias de los sindicatos se suceden – la actual es la novena convocatoria de Huelga – y la participación de los ciudadanos no decrece. Puertos, refinerías, transportes e institutos están paralizados o cerca de estarlo. Solo hoy hay convocadas cerca de 300 manifestaciones contra los planes de reforma de las pensiones planteados por Sarkozy. Reforma similar a la que tarde o temprano pondrá sobre la mesa el Gobierno de Zapatero y que pretenden, en teoría, asegurar la sostenibilidad del sistema público de pensiones a largo plazo. Aquí, retrasando la edad de jubilación de 65 a 67 años y ampliando el número de años que se tienen en cuenta a la hora de calcular la pensión. Allí, retrasando la edad voluntaria de jubilación de 60 a 62 años y la edad de jubilación que da acceso al 100% de la pensión de 65 a 67 años. Allí y aquí, el objetivo de las medidas es pagar menos pensiones.

Allí, en la patria de la guillotina (y de otras cosas también útiles) la sociedad sale a la calle en cada convocatoria. Aquí, la gente acude al trabajo y critica  (con la ayuda de los medios) a los sindicalistas por violentos y vendidos. Allí, los jóvenes son conscientes de que estas reformas les tocan directamente. Aquí, los jóvenes, con una tasa de paro tercer mundista, son incapaces siquiera de acudir a las movilizaciones o de opinar al respecto. ¿Por qué estas diferencias? ¿Por qué allí sí y aquí ni a tiros?

Muchos dicen que buena parte de la diferencia se debe a la oportunidad de las convocatorias: allí antes de la aprobación de las medidas, aquí después de su aprobación. Eso, un debe en la cuenta de los sindicatos patrios, es también fruto de la estrategia del Gobierno, la aprobación de la Reforma a las puertas del verano dejó a unos sindicatos timoratos casi sin opciones: en su opinión, una convocatoria en junio, julio o agosto era un suicidio.

Quizá también tenga que ver la naturaleza del enemigo: allí Sarkozy, otro de esos políticos de extremo centro, aquí Zapatero, en teoría un amigo, en el peor de los casos un mal menor. Muchos de los cargos sindicales son también afiliados al Partido de Zapatero y todos en las filas de los sindicatos saben que favorecer la caída del Presidente es más peligroso para sus intereses que su permanencia. Por mucho que no les gusten las medidas de Zapatero, siempre serían más generosas que las de un posible gobierno de Rajoy. A Montoro y compañía no les temblaría el pulso a la hora de recortar derechos de los trabajadores. Era una Huelga obligatoriamente no destructiva.

Pero si hay una diferencia apreciable entre Francia y España es la conciencia ciudadana, la responsabilidad individual. La implicación del individuo en la vida diaria de la República, en la defensa en primera línea, en la calle y sin intermediarios de sus intereses. Aquí, convencidos de que la democracia se limita a votar cada cuatro años, seguros de que todos los políticos son iguales y de que no hay futuro, acostumbrados a vivir en las cloacas de la corrupción y el amiguismo; preferimos mirar por encima del hombro a los sindicatos y a los activistas, seguros de que su batalla no va con nosotros. El conjunto de los medios de comunicación nos han convencido de que los sindicatos son perversas estructuras decimonónicas, anquilosadas y serviles, que viven de las subvenciones del Gobierno y que su muerte solo traería beneficios a la sociedad. Es cierto que los sindicatos son sensiblemente mejorables, pero aquellos que les señalan son iguales o peores. ¿Cómo se puede atrever Esperanza Aguirre a criticar a los liberados que ella misma firmó? ¿Y la CEOE, con 35.000 representantes empresariales? ¿Y los Partidos? ¿Y nosotros? ¿De dónde nace nuestra autoridad para criticar a los sindicatos por incapaces? ¿Qué hemos hecho nosotros por los derechos de los trabajadores, por las condiciones laborales de los demás, por nosotros mismos?

Lo más triste de las movilizaciones francesas es que no son Mayo del 68. En aquel momento se peleaba por un mundo distinto, por un mundo mejor. Ahora nos conformamos con no ir a peor, con no vivir peor que nuestros padres, con que no nos quiten lo último que nos queda del estado del bienestar.

He dicho “nos conformamos”; lo siento, es evidentemente una errata. Ellos son los que luchan, nosotros lo hemos dado por perdido. O lo que es aún peor, no nos importa perderlo.

Total, las huelgas, las movilizaciones, la reforma laboral, la negociación colectiva, son cosas de los sindicatos, esos vendidos al poder. Ya les echaremos la culpa de nuestros males en otro momento.

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Archivado bajo Actualidad, Economía, Política

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