Pandemonium cultureta 3: El final de la saga

1ª Parte : Pandemonium cultureta

2ª Parte: Pandemonium cultureta 2: El Parlamento contraataca.

El final de la saga

El crepitar de las llamas iluminaba desde hacía horas los ángulos de la Plaza Mayor. Desde la pira, situada en el centro de la plaza, se elevaba una columna de humo que había sido visible durante el día desde varios kilómetros de distancia. A esas horas, cerca de la media noche, el humo contaminaba toda la ciudad con su olor a carne quemada. En un ángulo de la plaza, el que daba a la Calle Toledo, se amontonaban cuerpos sin vida, desnudos, despojados de cualquier adorno. Hasta allí eran conducidos en camionetas blancas del servicio municipal de limpieza. Este detalle, las camionetas, era el único que permitía diferenciar la escena que se vivía a aquellas horas en el centro de Madrid de un auto de fe medieval. Pecadores ardiendo bajo la atenta mirada de sus verdugos. Quizá si un observador hubiera estado presente en ambos acontecimientos hubiese notado otra sutil diferencia. En esta ocasión, junto al olor a carne quemada se intuía un cierto aroma a ambientador olor pino.

La operación Exterminio comenzó a primera hora de la mañana. Después de algunos debates vacios y de un vino español preparatorio, servido con las reservas para emergencias del Congreso, los Diputados se habían dividido en escuadras de 10 unidades y sobre un mapa de la capital habían trazado 35 zonas de actuación. Cada grupo estaría encargado de la valoración, limpieza y control de una de las zonas del mapa y todos responderían ante la autoridad del grupo encargado del centro de la capital, liderado por Alfa, cerebro de la operación. Todos los diputados iban armados hasta los dientes, protegidos por trajes NBQ blancos y con una orden clara: matar a cualquier engendro que ofreciese resistencia. Los diputados habían pactado ser misericordiosos con aquellos infectados que se rindieran: les perdonarían la vida a cambio de la esclavitud perpetua. También se debatió la posibilidad de obligarles a encontrar una vacuna para su enfermedad, pero esa opción se descartó. Si iba a resultar complicado convencer a los organismos internacionales de la legalidad del genocidio, aún sería más difícil convencerles de la esclavitud de unos ciudadanos sanos. Siempre podrían afirmar que eran inmigrantes, que tenían becas de colaboración o contratos de formación, pero en cualquier caso era una burocracia innecesaria cuando se les podía matar y luego pedir perdón.

Los comandos apenas habían tenido oposición mientras se desplegaban por Madrid. Algunos grupos de infectados les habían reprochado su conducta tras los primeros asesinatos, pero desistieron al sentir el plomo en sus pulmones. En el Barrio de Salamanca, un grupo de genetistas teñidas de rubio intentó frenar a los comandos lanzándoles botes de laca, pero apenas causaron un par de moratones a un diputado de la oposición.  Cerca de la Casa de Campo, un grupo de astrofísicas con poca ropa había intentado frenar el avance de los diputados haciendo una sentada pacífica frente a ellos. Los diputados interpretaron aquello como resistencia y actuaron en consecuencia: ahora eran sus neuronas las que se extendían como la vía láctea por el asfalto. Otros grupos se habían rendido casi de inmediato, como los programadores informáticos que, acostumbrados por su actividad cotidiana a un régimen de semiesclavitud, habían aceptado gustosos servir al nuevo orden. Un grupo de especialistas en química macromolecular que habían ocupado una casa abandonada en San Blas prefirió suicidarse dentro de su laboratorio que esperar la llegada del escuadrón de diputados.

Frente a la pira, en un improvisado escenario, Alfa contemplaba placidamente las llamas que consumían los cuerpos. El habría preferido dejar los cuerpos pudriéndose por las calles, pero un estomatólogo pumkie que se había rendido a su unidad horas antes le había recomendado tomar medidas higiénicas para asegurarse de que no se propagaban enfermedades entre los esclavos y los diputados. Alfa había aceptado su propuesta. Quería tenerle cerca para una vez concluida la operación de limpieza pedirle consejo para aislar a los infectados. No quería que los esclavos contaminaran a sus dueños. También quería pedirle consejo sobre las medidas a tomar para favorecer la reproducción de los diputados y comenzar la repoblación, pero eso ya lo pensaría más adelante.

Uno de los diputados de su unidad, bajo, gordito y calvo, aunque esto último no se apreciaba dentro del traje NBQ, subió corriendo las escaleras del estrado y se acercó a Alfa casi sin aliento. “Tenemos un problema” le dijo “Un grupo de Historiadores se ha encerrado en la Biblioteca Nacional y se niega a salir. Han herido a una diputada vasca” A Alfa le cambió el rostro. “Esos mierdas improductivos quieran joderme la noche” pensó “Se van a tragar los putos legajos de ese edificio uno a uno antes de ver como les meto por el culo un kilo de plomo” A veces, Alfa se sorprendía de lo soez de su lenguaje, luego se daba cuenta de que se dedicaba a la política, asumía la realidad y volvía a ocuparse de otros asuntos.

Alfa y su escuadrón ocuparon un todoterreno recuperado de un cuartel de la Guardia Civil y se presentaron ante la mole de la Biblioteca Nacional. Dejaron el vehiculo junto a la Estación de Recoletos (Lineas C-2, C-7, C-8 y C-10) y se aproximaron a pie hasta la fachada de la Biblioteca. Allí, el grupo de historiadores subversivos había extendido varios pancartas (“Antes muerto que trabajar esclavo” “No al modo de producción esclavista” “Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? Quam diu etiam furor iste tuus nos eludet? Quem ad finem sese effrenata iactabit audacia?” y una última que ponía “Iros todos a tomar por culo”) y diversas banderas, principalmente de la URSS. Los historiadores habían montado una barricada con contenedores, bancos y ruedas a las puertas del edificio. Alfa tenía la orden clara, iban a morir todos, tanto daba que lo hiciesen dentro que fuera. Y tanto daba que sus cuerpos se quemasen antes o después de muertos.

– Quemad el edificio – ordenó Alfa. – La única biblioteca que ilumina es la que arde.

El incendio de la biblioteca duró hasta bien entrada la mañana del día siguiente. Cuando las llamas se sofocaron, la calma reinaba ya en la ciudad. Aún quedaban algunos focos de resistencia, y era posible que algunos infectados estuviesen escondidos o hubiesen huido. Poco importaba, lo encontrarían cuando avanzase la operación por el resto del país. Una parte importante de la población se había rendido cuando comprendió que los diputados no iban a detenerse, aunque los matemáticos no creían que los escuadrones tuviesen balas para matarlos a todos. Los comandos de diputados, finalizada la limpieza de la ciudad y exhaustos por el esfuerzo, para alguno de ellos el primero realmente importante de su vida, se reunieron de nuevo en su refugio bajo el Congreso. Allí se retiraron los trajes de protección y entre gritos de alegría y desenfreno, calmaron su sed con cava catalán saqueado de unos grandes almacenes de la capital. Tras unos minutos de alocada celebración, Alfa les llamó al orden y les pidió que ocuparan sus escaños rosas y amarillos. Él ocupó el urinario que hacia las veces de tribuno y se dispuso a hablar. El silencio se hizo en el auditorio.

– Hermanos, camaradas. Hemos vencido – gritos de ánimo en las gradas – Ahora nos toca enfrentarnos a una dura tarea, aún más dura que la que acabamos de realizar. España, nuestra patria, nuestra patria de patrias, nación de naciones, nación de naciones de naciones, nos necesita. Necesita el fruto de nuestro vientre para que bajo su cielo azul y su sol amarillo vuelva a refulgir el sudor esforzado de sus hijos…

Una sonora ventosidad interrumpió su discurso. Las risas de sus señorías pronto llenaron el bunker, hasta que una segunda flatulencia, más potente y más larga que la primera, volvió a reverberar en las paredes de la sala. De nuevo más risas, hasta que las pituitarias de los diputados empezaron a reaccionar. Olía a pino, a limpiador de pino. Exactamente el mismo olor a pino de las ventosidades de los infectados, el mismo olor a pino que llenaba laboratorios, bibliotecas y museos. El mismo olor a pino que había sido el primer síntoma de la enfermedad. Todos se miraron asustados, intentando encontrar al culpable, hasta que una nueva ventosidad atrajo todas las miradas hacia la sexta fila a mano izquierda. Allí, uno de los diputados se debatía entre la consciencia y el coma. Una nueva flatulencia, la cuarta consecutiva, terminó por tumbarle e, inconsciente, se precipitó sobre su escaño. El olor a pino inundaba ya todo el bunker, cada esquina, cada rincón. Alfa se había sentando en el urinario y comprobaba como los diputados y diputadas corrían de un lado a otro llevados por el pánico al contagio.

Él no corría porque sabía que no había solución. Se preguntaba cómo había podido pasar, qué había fallado. Si ahora mismo se levantase y fuese hasta la sala donde se guardaban los trajes NBQ vería como uno de ellos tenía una pequeña rotura entre los omoplatos, justo en el lugar donde una astilla había impactado días atrás en la primera salida de un comando de diputados al exterior.

El no corría porque sabía que todo estaba perdido. Sabía que tarde o temprano todos se sentirían indispuestos, empezarían a evacuar gases con olor a pino y finalmente caerían inconscientes para despertar, al cabo de una semana, convertidos en intelectuales de pacotilla. Su plan había fracasado.

 

– Jodidos culturetas – masculló antes de echarse a llorar.

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