Archivo mensual: noviembre 2010

No todo son brotes verdes

Todo comenzó una tarde de noviembre, lluviosa, fría, gris, otoñal. En realidad, podríamos decir que el problema comenzó mucho antes: el día que notó que el sol le quemaba de más la cabeza, el día que descubrió horrorizado que la almohada contenía cada vez más pelos castaños o el día que sus amigos le dijeron por primera vez que se estaba quedando calvo. Incluso podríamos decir que “El Problema”, así con mayúsculas, se remonta a tiempos inmemoriales cuando el primer hombre calvo empezó a repartir sus genes por el mundo. ¡Lucy, por qué no le rechazaste! claman hoy en día los millones de calvos que siembran de pelo su transito por el mundo.

Si nos centramos en el problema concreto de este hombre calvo concreto, todo arranca en la cola de un supermercado concreto, aunque nos ahorraremos el nombre del sujeto para no hacer publicidad y el del supermercado para no herir sus sentimientos. ¿O era al reves? Da igual, prosigamos. En esa cola de ese supermercado, junto a las chucherías, los bolígrafos solidarios y las tarjetas del iTunes, un frasco verde metalizado atrajo la atención de nuestro hombre: un crecepelo de oferta. Él nunca había creido en ese tipo de cosas, ya fuesen champús, masajes vigorizantes, acupuntura tailandesa o baba de caracol, pero estaba de oferta, el cartel amarillo con letras rojas era muy llamativo y a él siempre le habría gustado tener una larga melena castaña para moverla en los conciertos de rock. Sin pensarlo más, depositó el bote verde junto a las latas de cerveza, el jamón, la lechuga, los tomates, el abono para las plantas, las pizzas congeladas, los refrescos y demás productos de primera o segunda necesidad.

A la mañana siguiente, cuando el sol aún no despuntaba por donde lo hacia normalmente, nuestro hombre salió de la ducha y con manos temblorosas destapó el bote verde, se huntó las manos en el milagroso producto y se masajeó con firmeza la calva en el sentido contrario a las agujas del reloj. Después, con la cabeza aún chorreante de la citada mezcla, se puso las gafas y se situó con emoción ante el espejo. Esperó diez segundos, veinte, un minuto, dos… nada de nada. Bueno, es el primer intento, se dijo, ya crecerá. Se echó colonia detrás de las orejas, en la muñeca y en la punta de la nariz para tapar el extraño olor del producto y se marchó a su trabajo.

Es cierto que durante su dura jornada laboral había notado cierto picor en la frente, pero no le dió mayor importancia. Todo, la hecatombe, el pandemonium, se inició al llegar a casa.

– Cariño – le dijo su mujer – Le he echado tu crecepelo a las plantas, lo siento.

    En ese momento, todo quedó meridianamente claro. Bueno, realmente nada de lo que sucedió después quedaba aclarado, salvo la evidente confusión entre el bote verde de abono para las plantas y el de crecepelo. Nuestro hombre, asqueado, se lavó el pelo a conciencia y cambió de lugar los botes. Lo peor que puede suceder, pensó, es que los geranios de mi mujer se mueran.

    A la mañana siguiente, al salir de la ducha, no se huntó la cabeza con el crecepelo. Pensaba que quizá la mezcla de productos hiciese daño a su piel. Había pasado una noche horrible, los picores de su cabeza no le habían dejado dormir. No me sucede nada, solo estoy psicosomatizando lo del abono, pensó, soy un hipocondriaco.

    De camino al trabajo notó que la gente le miraba. En el trabajo, su secretaria se llevó las manos a la cabeza cuando entró en el despacho. Su jefe no paró de mirarle durante toda la reunión con los inversores extranjeros y estos no fueron capaces de contener las risas. Eso sí, nadie le dijo nada. Al salir de la reunión corrió al cuarto de baño y frente al espejo estuvo a punto de perder la mandíbula por desprendimiento. Toda su cabeza, desde las cejas hasta el cuello, estaba llena de pequeños brotes verdes. Atemorizado huyó a su despacho, buscó un sombrero, se lo calzó a presión y marchó a casa corriendo. Cuando llegó, subió de dos en tres los peldaños de la escalera hasta el baño de la planta superior y frente al espejo se retiró el sombrero. Los brotes verdes habían crecido y ya sobrepasaban los dos dedos de longitud. Cuando reunió suficiente valor, alargó sus brazos y empezó a palparse la cabeza. Pasó los dedos acariciando las tiernas briznas de hierba y sorprendido encontró un tallo más grueso junto a la coronilla. Esto no es hierba, se dijo preocupado por el descubrimiento, como si tener hierba fuese de lo más normal pero aquello superase lo extraordinario.

    A la mañana siguiente no fue a trabajar. Se pasó el día entero frente al espejo, observando la lenta pero constante evolución de su cesped y del inmeso tallo verde que le surgía en la coronilla. A medio día tenía claro que el tallo en cuestión era una flor, aunque no tenía claro si sería una amapola o una margarita. A primera hora de la noche, cuando el sol se ocultaba ya tras los edificios, el capullo empezó a abrirse. A la mañana siguiente, cuando su mujer se levantó a orinar, su marido, sentado frente al espejo, lucía un estupendo tulipán amarillo que le nacía en la coronilla y que llenaba de color el cesped de su cabeza.

    – ¿Qué vamos a hacer? – preguntó horrorizada la fiel esposa.

    – Regarlo – dijo con una sonrisa de oreja a oreja el increible hombre maceta.

        Desde ese día, nuestro hombre no ha vuelto a notar los rayos del sol en su cabeza, nadie le ha vuelto a decir que se está quedando calvo y atrae las miradas y la curiosidad de los que le rodean. Es feliz, aunque no pueda mover su melena en los conciertos de rock y en la actualidad esté preocupado por una posible plaga de hormigas.

        Tiene un tulipán amarillo en la cabeza ¿qué más se le puede pedir a la vida? ¿Una rosa? ¿Un abeto? ¿Un bosque entero?

         

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        Democracia, el Sahara, los mercados y otras mentiras

        “¿Pero qué quiere Rajoy, que hagamos las leyes que quiere el Papa? De ninguna manera, haremos las leyes que quiere el Parlamento y los ciudadanos de este país”

        Las palabras que encabezan esta entrada las pronunció el Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, el pasado domingo en un mitin por tierras catalanas. Ya se sabe, llegan las elecciones, los ánimos se encienden y se trastoca la percepción de la realidad. Sobre el particular, es verdad que el Papa no tiene linea directa con el BOE, pero también es cierto que el Gobierno se esfuerza por no entorpecer sus relaciones con la Santa Sede. No es que seamos muy agresivos.

        En otros aspectos, la afirmación de Zapatero acerca del origen de las leyes es más dudoso. ¿Son las leyes promulgadas por el Gobierno, o los actos de este, emanación directa de la voluntad popular? Repasemos un poco la actualidad.

        En primer lugar, el Sahara. Sea por lo que sea, sentimiento de culpa, quijotesco apoyo al más debil, enemistad profunda con Rabat; la población española es mayoritariamente pro-saharaui. En el reciente conflicto, el Gobierno, aduciendo razones de Estado, ha preferido no mojarse en exceso, mostrarse equidistante y apostar por el diálogo en la ONU. ¿Es esa la postura respaldada mayoritariamente por el pueblo español? No soy experto, pero lo dudo.

        Economía: ¿Apoya, el pueblo español, de forma mayoritaria, los planes del Gobierno? Sigo sin ser experto, acaso observador amater del mundillo económico, pero también lo dudo.

        Otra mundo es averiguar si el Gobierno presidido por Zapatero tenía muchas más opciones. Todos sabemos que un programa político es un programa de “máximos ideales”. Esta desafortunada expresión de mi propia cosecha viene a decir que un programa de gobierno es aquello que en teoría nos gustaría hacer si viviesemos en el País de las Maravillas, todo fuese sobre ruedas y respetásemos al pie de la letra lo que nuestros seguidores esperan de nosotros. Evidentemente, la capacidad de maniobra del Gobierno, una vez ocupados sus despachos, es limitada. Limitada por la situación, por el presupuesto, por el contexto internacional, por los mercados, por Bruselas, por el Nasdaq, el Nikkei y la Bolsa de Londres; en definitiva, por la realidad. ¿Tenía el gobierno muchas opciones en la actual crisis económica? Las tenía, aunque no eran muchas (la primera de todas ellas era reaccionar más rapido en lugar de estar cruzados de brazos mirando musarañas) ¿Tiene el Gobierno muchas opciones en la crisis Sahara-Marruecos? Posiblemente tampoco tenga muchas. Nuestra capacidad de influencia en el norte de África es regular tirando a floja y en muchos aspectos los “intereses de estado” están del lado de Marruecos (inmigración, terrorismo, narcotráfico, Ceuta y Melilla) Seamos sinceros, no somos quienes para pedir o exigir un referendum en el Sahara, por mucho que lo prometiesemos hace 35 años ¿Quiere esto decir que la posición del Gobierno es la acertada? En absoluto. En primer lugar, no tener posición es peor que tener una mala. Que la Ministra estuviese al otro lado del Atlantico no es una gran noticia, que Moratinos viaje a Argelia en visita “semi-privada” habla bastante mal de la nueva titular de Exteriores. ¿Y la oposición? La feliz reconquista de Perejil no les convierte en doctores en la materia, pero me atrevería a decir que la posición de González Pons cambiará en cuanto ocupen los escaños azules.

        Y volvemos al inicio. Si las decisiones del Gobierno no tienen nada que ver con los deseos de la ciudadania ¿tiene mucho sentido que mantengamos aquello de la soberanía popular? No me refiero a que tiremos la casa por la ventana y me nombreis Dictador (o Imperator dei gratia). Quiero decir ¿no va siendo hora de que le digamos al pueblo, a la masa ciudadana, que la democracia no es tan bonita como les vendemos cada cuatro años?

        De todas formas, no soy experto, puedo estar equivocado.

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        La (inexistente) defensa de lo público

        Hablemos de casos concretos. En Ávila, IU denuncia que en el Ayuntamiento tiene 100 puestos de trabajo sin cubrir y 75 cubiertos con interinos. A esto, que afecta directamente al funcionamiento y la calidad algunos servicios del Ayuntamiento, hay que sumar el hecho de que otros muchos puestos se cubren (o se cubrían antes de la crisis) externalizando los servicios, con lo que ello supone de sobrecoste para las arcas públicas y de campo de cúltivo del amiguismo y el clientelismo político. Si a esto le sumamos la dudosa operación del centro “88Torreones” (nombre que, por otra parte, me parece desafortunadisimo) hipotecado por la empresa adjudicataria antes de la inauguración, nos podemos hacer una idea del concepto de servicio público que se gasta el PP por la ciudad amurrallada: servicios raquíticos, prescindibles, manejables y al servicio, sobre todo, de ellos mismos.

        En Badajoz, el Ayuntamiento ha privatizado hace no mucho el servicio de limpieza de la ciudad (privatización no falta de ángulos oscuros). El escaso efecto de ésta sobre la situación de la ciudad, pone de manifiesto que el problema del servicio de limpieza no era su carácter público, si no una deficiente gestión, que sigue arrastrando la concesionaria y el carácter de buena parte de los ciudadanos locales, poco dados a la limpieza de la ciudad, el reciclaje y demás mandangas. Uno de los errores del Servicio de Limpieza cuando éste era público era la rotación continua de trabajadores con contratos temporales. Parte positiva: contar con este puesto permitía a los trabajadores acceder a un salario durante un periodo de tiempo y luego a las diversas prestaciones por desempleo. Parte negativa: los trabajadores contaban con nulos incentivos para desarrollar su trabajo. ¿Para que doblar más la espalda si no existen posibilidades de renovación? ¿Para qué esforzarse si lo hagas bien o lo hagas mal vas a ser despedido cuando se acabe tu contrato? Esto, la rotación en los puestos públicos, es algo, a mi modo de ver, desgraciadamente habitual por estas tierras porque contribuye a la poca implicación de los trabajadores en su servicio y hace que la administración pierda cada poco tiempo los conocimientos, las capacidades y la experiencia adquirida por los trabajadores en sus puestos. En el caso de Badajoz, el funcionamiento de los servicios públicos habla de dejadez, de falta de conciencia de la importancia que estos tienen en el día a día de la ciudad.

        El problema, con todo, no es tanto que la Administración X, o el Ayuntamiento Y (pronunciese “ye”) hagan o dejen de hacer. Las administraciones, tarde o temprano, cambian de manos y vendrá otra que hará o deshará como le venga en gana a sus gestores. El problema es que la imagen que se trasmite a los ciudadanos del sector público o de los servicios que prestan las administraciones es penosa. Y esa sensación contribuye al desafecto creciente de los ciudadanos.

        Es evidente que a determinados políticos les interesa que la imagen de “lo público” sea mala. El primer paso para la privatización es hacer creer a los ciudadanos que la gestión privada mejorará la calidad del servicio, llamese sanidad, pensiones, educación, infraestructuras o transportes.

        En esta orilla del oceáno de las ideológias deberíamos tener claro que la Administración Pública y los Servicios Públicos son imprescindibles, pero este convencimiento no parece tan general como sería deseable. ¿Dónde está el discurso de defensa de “lo público” frente a los ataques de los amigos de la privatización? Frente a las insinuaciones de Rajoy acerca de las “liberalizaciones” y del recorte de las administraciones ¿dónde está la defensa del trabajo realizado día tras día por los servicios públicos? ¿Por qué se permite que los ciudadanos sean bombardeados diariamente con mentiras y medias verdades que buscan allanar el camino de la privatización?

        Quizá esté dentro de la nueva Agenda Social del Gobierno, o de la nueva política de comunicación del ejecutivo, pero echo en falta una defensa ferrea y un compromiso claro con lo público: de las Administraciones Públicas, de los Servicios Públicos y del Estado del Bienestar como base del crecimiento de nuestro país. Si no lo hacemos ahora me temo que en un futuro no muy lejano tendremos que manifestarnos en su defensa o llorar su desaparición.

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        Pensamiento idiota de la tarde

        Se me acaba de pasar, por mi resfriada cabeza, una idiotez y muchas dudas que comparto.

        Tesis.- Hay que hacer muchos cambios en España, cueste lo que cueste. Aunque perdamos las elecciones.

        1.- Asumimos que son cambios que a la gente no le van a gustar. Como no le gustan, asumimos que no nos van a votar.

        2.- Los políticos son representantes del pueblo, de ese pueblo al que no le gustan las medidas que vamos a tomar.

        3.- ¿Pensamos que no les van a gustar porque no las van a entender? ¿Pensamos hacerles ver su necesidad?

        4.- Si el pueblo, mayoritariamente, no apoya esas medidas ¿Con que autoridad aprobamos medidas que van contra los deseos de los ciudadanos a los que decimos representar?

        5.- ¿Si creemos que una medida es necesaria da igual que nadie la comparta? ¿Y si nos equivocamos pensando que es necesaria? ¿Que la creamos necesaria la convierte en dogma por encima de las opiniones de los ciudadanos? ¿Son los políticos más sabios que los ciudadanos que les votan y saben mejor que ellos lo que necesitan? ¿Todo para el pueblo pero sin el pueblo?

        6.- Si los políticos actuan en contra de los deseos de sus electores ¿Delenda est democracia?

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        El cisma

        Ha sucedido. Igual que se separaron las aguas del mar muerto, igual que la Iglesia anglicana rompió con Roma, igual que los continentes se separaron… se ha roto el PSM. Tomás Goméz, el hombre que dijo no a Zapatero según algunos, ha decidido no incluir a ningún miembro de la candidatura de Trinidad Jimenez en el Comité Electoral.

        Este hecho, perfectamente legítimo, no es menos triste por esperado. No creo que nadie me pueda tachar de Trinitario y creo Tomás Gómez tiene todo el derecho del mundo a elegir a quien quiera para su Comité y es comprensible que elija a personas de su confianza, faltaba más. Otra cosa es que esto sea bueno, malo, regular, necesario, deseable o no. ¿Daña la imagen del Partido? Bueno, todos sabemos que los votantes por desgracia castigan más las divisiones internas que la corrupción. En este sentido, llegar a las elecciones repartiéndonos bofetadas no parece la mejor opción, aunque tampoco tiene porque ser un drama. Nadie parece haber hecho demasiada sangre con este tema. ¿Daña al Partido? Supongo que a los excluidos no les habrá hecho gracia, hasta aquí no creo aportar nada nuevo. Si pronunciarse a favor de unas de las opciones puede suponer quedarse fuera de los órganos del partido, muchos se lo pensarán antes de participar en las siguientes primarias. Esto no creo que sea bueno para eso que llamamos “democracia interna” y de la que tanto presumimos. No soy idiota, sé que eso de la “fiesta de la democracia” es una gilipollez, pero al menos podríamos manterner las formas. Unas primarias no son un Madrid-Barça, no son un combate a muerte en el Coliseo. ¿Es necesario perjudicar al partido lanzando acusaciones en público y en privado contra compañeros? ¿Es necesario que los ganadores se jacten de su victoria? Podemos mear encima del derrotado pero me parece feo.

        Ya dije hace un tiempo que el PSOE debía evitar sumar nuevos errores a todos los cometidos en Madrid. A la vista está que no me lee mucha gente. Si el resultado de la “democracia interna” es la división del partido, la próxima vez el PSOE podía ahorrarsela.

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        Rajoy, doble salto mortal en el sofá.

        Ya sé que llego tarde, que todo el mundo ha hablado de esto y que a nadie le interesa. Y menos hoy, con los Estados Unidos votando a candidatos de todo pelaje. Pero oye, a pesar del trancazo que transporto, me apetece dedicar unas palabras a este particular. Me van a permitir que me cite a mi mismo. Esta fue mi reacción en Twitter a la entrevista a Mariano Rajoy que publicaba El País el pasado domingo:

        “Antes suponíamos que no sabía de lo que hablaba, ahora sabemos que no tiene ni puta idea.”

        Días después y leidos sesudos análisis al respecto, sigo pensado lo mismo: Rajoy no tiene ni puta idea. No creo que tenga un plan escondido, no creo que tenga una agenda oculta, simplemente creo que no sabe que va a suceder si su partido gana las elecciones en 2012. Sabemos que le gustan los planes de Cameron, igual que antes le gustaron los de Sarkozy, aunque no tiene muy claro cual es el plan de Cameron. Dice que genera confianza y con eso basta. Somos gente de fiar, gente seria. Un par de sonrisas a los mercados y todos tranquilos, somos el PP, nosotros sabemos cómo funciona el mundo ¿Subir impuestos? Al contrario, rebajarlos. ¿Recortar prestaciones? No, hombre. Tan solo priorizarlas. ¿Y los servicios públicos? Un poco de liberalización, pero no hay nada que temer. ¿El matrimonio homosexual? Mañana veremos. ¿Las pensiones? Ni tocarlas, que los jubilados votan en bloque. ¿La edad de jubilación? Eso al Pacto de Toledo, aunque no nos parece mal que otros hagan el trabajo sucio. ¿Despedir funcionarios? En su momento se verá, pero esto no es el Reino Unido. ¿Y esas medidas no afectaran al crecimiento? Nada de nada. Lo importante es que la gente confie en nosotros. ¿El Tour? Bien, gracias.

        Sigo pensando que lo peligroso de Rajoy no son sus planes, es la ausencia de ellos. Tanto en la actualidad, dejandose llevar en los brazos de la crisis hasta la Moncloa, como en el futuro. Acusa a Zapatero de no tener un plan del que él mismo carece y que dudo esté elaborando. En el fondo, Rajoy confía en que la crisis esté dando sus últimos coletazos en 2012. Así podrá ganar las elecciones, nombrar a Montoro ministro de Economía y a Pujalte de Hacienda, impulsar tres o cuatro privatizaciones destinadas a sus amigos, conocidos y compañeros de pupitre, un par de medidas de apoyo a los empresarios, rebajas de las cotizaciones sociales, abaratamiento del despido, legalización de los látigos de siete puntas; y unos meses después colgarse las medallas de la recuperación económica. No sería la primera vez.

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