No todo son brotes verdes

Todo comenzó una tarde de noviembre, lluviosa, fría, gris, otoñal. En realidad, podríamos decir que el problema comenzó mucho antes: el día que notó que el sol le quemaba de más la cabeza, el día que descubrió horrorizado que la almohada contenía cada vez más pelos castaños o el día que sus amigos le dijeron por primera vez que se estaba quedando calvo. Incluso podríamos decir que “El Problema”, así con mayúsculas, se remonta a tiempos inmemoriales cuando el primer hombre calvo empezó a repartir sus genes por el mundo. ¡Lucy, por qué no le rechazaste! claman hoy en día los millones de calvos que siembran de pelo su transito por el mundo.

Si nos centramos en el problema concreto de este hombre calvo concreto, todo arranca en la cola de un supermercado concreto, aunque nos ahorraremos el nombre del sujeto para no hacer publicidad y el del supermercado para no herir sus sentimientos. ¿O era al reves? Da igual, prosigamos. En esa cola de ese supermercado, junto a las chucherías, los bolígrafos solidarios y las tarjetas del iTunes, un frasco verde metalizado atrajo la atención de nuestro hombre: un crecepelo de oferta. Él nunca había creido en ese tipo de cosas, ya fuesen champús, masajes vigorizantes, acupuntura tailandesa o baba de caracol, pero estaba de oferta, el cartel amarillo con letras rojas era muy llamativo y a él siempre le habría gustado tener una larga melena castaña para moverla en los conciertos de rock. Sin pensarlo más, depositó el bote verde junto a las latas de cerveza, el jamón, la lechuga, los tomates, el abono para las plantas, las pizzas congeladas, los refrescos y demás productos de primera o segunda necesidad.

A la mañana siguiente, cuando el sol aún no despuntaba por donde lo hacia normalmente, nuestro hombre salió de la ducha y con manos temblorosas destapó el bote verde, se huntó las manos en el milagroso producto y se masajeó con firmeza la calva en el sentido contrario a las agujas del reloj. Después, con la cabeza aún chorreante de la citada mezcla, se puso las gafas y se situó con emoción ante el espejo. Esperó diez segundos, veinte, un minuto, dos… nada de nada. Bueno, es el primer intento, se dijo, ya crecerá. Se echó colonia detrás de las orejas, en la muñeca y en la punta de la nariz para tapar el extraño olor del producto y se marchó a su trabajo.

Es cierto que durante su dura jornada laboral había notado cierto picor en la frente, pero no le dió mayor importancia. Todo, la hecatombe, el pandemonium, se inició al llegar a casa.

– Cariño – le dijo su mujer – Le he echado tu crecepelo a las plantas, lo siento.

    En ese momento, todo quedó meridianamente claro. Bueno, realmente nada de lo que sucedió después quedaba aclarado, salvo la evidente confusión entre el bote verde de abono para las plantas y el de crecepelo. Nuestro hombre, asqueado, se lavó el pelo a conciencia y cambió de lugar los botes. Lo peor que puede suceder, pensó, es que los geranios de mi mujer se mueran.

    A la mañana siguiente, al salir de la ducha, no se huntó la cabeza con el crecepelo. Pensaba que quizá la mezcla de productos hiciese daño a su piel. Había pasado una noche horrible, los picores de su cabeza no le habían dejado dormir. No me sucede nada, solo estoy psicosomatizando lo del abono, pensó, soy un hipocondriaco.

    De camino al trabajo notó que la gente le miraba. En el trabajo, su secretaria se llevó las manos a la cabeza cuando entró en el despacho. Su jefe no paró de mirarle durante toda la reunión con los inversores extranjeros y estos no fueron capaces de contener las risas. Eso sí, nadie le dijo nada. Al salir de la reunión corrió al cuarto de baño y frente al espejo estuvo a punto de perder la mandíbula por desprendimiento. Toda su cabeza, desde las cejas hasta el cuello, estaba llena de pequeños brotes verdes. Atemorizado huyó a su despacho, buscó un sombrero, se lo calzó a presión y marchó a casa corriendo. Cuando llegó, subió de dos en tres los peldaños de la escalera hasta el baño de la planta superior y frente al espejo se retiró el sombrero. Los brotes verdes habían crecido y ya sobrepasaban los dos dedos de longitud. Cuando reunió suficiente valor, alargó sus brazos y empezó a palparse la cabeza. Pasó los dedos acariciando las tiernas briznas de hierba y sorprendido encontró un tallo más grueso junto a la coronilla. Esto no es hierba, se dijo preocupado por el descubrimiento, como si tener hierba fuese de lo más normal pero aquello superase lo extraordinario.

    A la mañana siguiente no fue a trabajar. Se pasó el día entero frente al espejo, observando la lenta pero constante evolución de su cesped y del inmeso tallo verde que le surgía en la coronilla. A medio día tenía claro que el tallo en cuestión era una flor, aunque no tenía claro si sería una amapola o una margarita. A primera hora de la noche, cuando el sol se ocultaba ya tras los edificios, el capullo empezó a abrirse. A la mañana siguiente, cuando su mujer se levantó a orinar, su marido, sentado frente al espejo, lucía un estupendo tulipán amarillo que le nacía en la coronilla y que llenaba de color el cesped de su cabeza.

    – ¿Qué vamos a hacer? – preguntó horrorizada la fiel esposa.

    – Regarlo – dijo con una sonrisa de oreja a oreja el increible hombre maceta.

        Desde ese día, nuestro hombre no ha vuelto a notar los rayos del sol en su cabeza, nadie le ha vuelto a decir que se está quedando calvo y atrae las miradas y la curiosidad de los que le rodean. Es feliz, aunque no pueda mover su melena en los conciertos de rock y en la actualidad esté preocupado por una posible plaga de hormigas.

        Tiene un tulipán amarillo en la cabeza ¿qué más se le puede pedir a la vida? ¿Una rosa? ¿Un abeto? ¿Un bosque entero?

         

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        1 comentario

        Archivado bajo Escenas y Paranoias

        Una respuesta a “No todo son brotes verdes

        1. priscilianodeavila

          Nota del Autor: Dedicado a mi no-esposa y a su pelo, fuente de inspiración para este relato.

          Nota del Autor2: No, ella no tiene el pelo verde. No seais mal pensados.

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