El tribunal

El alguacil se cuadró al notar que la puerta se abría. Hinchó el pecho bajo su casaca roja y gritó: “En pie. Preside la sesión el Honorable Juez Pecunio” Todos los presentes se levantaron y observaron con admiración el paso majestuoso del presidente de la sala y de sus acólitos dentro de sus elegantes túnicas de terciopelo verde. Una vez ocuparon todos sus puestos en la tribuna, el Juez Pecunio, máxima autoridad de ese tribunal, se colocó su peluca de bucles dorados y pidió a todos los asistentes que se sentaran.

“Continuemos” dijo. En su meliflua voz podían notarse los efectos de las largas jornadas de trabajo que el tribunal estaba soportando. Con la presente, eran ya dos meses y medio de tediosas sesiones que se prolongaban desde primera hora de la mañana hasta el anochecer. Miles de horas de trabajo, cientos de testimonios de interesados, pruebas y más pruebas. Todo con un objetivo: fijar, de una vez por todas, que conocimientos y profesiones eran económicamente útiles y rentables para la humanidad. Aquellas que se considerasen rentables serían mantenidas y promovidas por los poderes económicos y políticos; las inútiles serían desechadas y olvidadas. Como declaró el fiscal ante los medios de comunicación antes del comienzo de las sesiones “El saber no ocupa lugar, pero sí vale dinero” Aquel tribunal era la consecuencia lógica del latir de la sociedad mercantilista de la época: dinero, capital, inmediatez, resultados, rentabilidad…

Uno tras otro, representantes de las distintas ramas del saber y de las profesiones más variadas habían defendido delante del tribunal sus conocimientos y actividades. Por norma general, tras una breve reunión a puerta cerrada, el tribunal emitía un veredicto a favor o en contra de la supervivencia de cada rama del saber o actividad. Fontaneros, médicos, jardineros, mecánicos y homeópatas habían superado el trámite sin ninguna complicación. Era evidente que sus profesiones eran necesarias y valiosas; productivas para la sociedad moderna y para el mercado. Periodistas, pedagogos y humoristas habían tenido más dificultades, pero finalmente habían superado el corte. No eran profesiones excesivamente productivas, pero podían mantenerse, pues a grandes rasgos eran autosuficientes y poco costosas.

La sesión actual se presentaba más problemática. Frente al tribunal debían comparecer los representantes de varias ramas del saber y profesiones que tenían muchas posibilidades de ser declaradas inútiles. Se esperaban al menos 40 testigos frente al tribunal pero era tal el miedo que provocaba la sesión que en una reunión anterior los interesados habían elegido un único representante común por el método más democrático conocido: la pajita más corta.

“Que se levante el interesado” gritó el Juez Pecunio. Un joven, rondaría la treintena, se levantó de entre el público y con paso dubitativo y desgarbado se acercó hasta el estrado. Su apariencia, barba desarreglada, pelo largo, ligero acné, ropa anticuada y grande; levantó de inmediato un ligero rumor entre el público.

– Nombre y grupo al que representa – dijo el juez
– Represento, en general, a las humanidades, señor juez – respondió el joven con un ligero temblor en la voz. – Y prefiero no decir mi nombre.
– ¿Puede ser más concreto en cuanto a su representación? – inistió el juez, pasando por alto el detalle del nombre.
– Bueno… represento a la Historia, la Filosofía, las Humanidades…  – dudó – Sociología, Literatura, Poesía… también a los grupos de aficionados al teatro, a las asociaciones de amigos de los museos… – volvió a dudar – a los que cantan y a los pintan sin poder vivir de ello… en general – se aclaró la voz – represento a todas las profesiones y saberes que van a desaparecer después de la sentencia de este tribunal.

Un rumor de sorpresa, seguramente debido a la inesperada sinceridad del joven, recorrió los bancos del juzgado.

– ¿Cómo puede estar tan seguro del veredicto de este tribunal? – dijo el juez con una sonrisa cansada.
– Verá – dijo el joven – Cuando supimos de la convocatoria de este tribunal nos reunimos para intentar armar un discurso de defensa. Revisamos estadísticas e informes intentanto encontrar un resquicio que nos permitiera demostrar que somos económicamente útiles para la sociedad. No lo encontramos. Y no lo encontramos porque no existe, porque no tenemos lo que ustedes buscan. Ninguno de nosotros eligió este mundo por sus salidas profesionales o para hacer dinero. Las humanidades, en general, no dan para comer, como mucho para desayunar. Somos conscientes de que no somos rentables. No producimos nada material, nada que se pueda vender y con lo que se pueda obtener ganancias ¿Cómo ganar dinero con los estudios sobre las comunidades de aldea? Además, sabemos la opinión que la sociedad tiene de nosotros: piensa que no somos útiles, que sobramos. ¿Cuantos jovenes de hoy en día piensan que todo lo que nosotros sabemos, lo que estudiamos y lo que algunos de nosotros les enseñamos no vale para nada? ¿Para qué les va a servir saber el desarrollo de las guerras napoleónicas o las teorías de Descartes? Sabemos que no podemos ofrecer nada a una sociedad que demanda conocimientos de consumo inmediato. No encajamos en el mundo que ustedes, el poder y el dinero, diseñan.
– ¿Por qué piensa eso? – intervino el juez.
– Porque nosotros somos molestos. Nos educaron para interpretar la realidad, para mirarla con otros ojos, para criticarla. En parte, somos la conciencia de la sociedad y ustedes quieren callarnos. Servimos para mirar al mundo con criterio, para formular preguntas… y las preguntas no tienen precio. Somos criticos, o lo pretendemos, en una sociedad dócil.
– Entonces – el juez se revolvía incomodo en la silla ante el inesperado alegato del joven – si usted está tan seguro de la sentencia ¿qué hace aquí? ¿Solo acude para escuchar en primera persona el verecito del tribunal?
– No – dijo el joven por primera vez seguro de si mismo – He venido para advertirles: Se equivocan y terminaran pagando por su error. Despreciarnos costará caro a la sociedad. Cuando ustedes dejen de ser “ciudadanos” y pasen a ser “clientes” se acordarán de nosotros.

El juez se levantó enfurecido, acusó al joven de amenazar al tribunal y ordenó su arresto. Tras una brevísima reunión, el tribunal, por unanimidad, decidió abolir las humanidades: el pensamiento único había ganado.

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Archivado bajo Escenas y Paranoias, Historia, patrimonio, Varios

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