Pánico atómico

Hay gente que tiene miedo a las arañas; otra gente tiene pánico a los lugares abiertos y otros a los cerrados. Existe gente que es incapaz de vivir en un segundo piso; otra gente que vive aterrorizada por las grandes masas de agua, por los teléfonos, la sangre; incluso hay gente que siente un miedo irracional hacia las nutrias. Todos estos miedos tienen un nombre que les convierte en síndromes respetables y en interesantes temas de conversación en la barra de cualquier bar. No es lo mismo tener miedo a las nutrias que lutrafobia. Ser telefonofóbico es infinitamente más respetable que pegar un salto cada vez que alguien pone su móvil junto a ti.

Él se sentía despreciado por la comunidad científica porque nadie había puesto aún nombre a su fobia. Su mujer le decía que eso era porque su fobia era tan absolutamente irracional que nadie más en todo el planeta la tenía. El negaba con la cabeza. Se sabía portador de una verdad incómoda y se creía enfrentado a una conspiración mundial de inimaginables dimensiones, desde la CIA a los restos de la KGB, pasando por los laboratorios de las internacionales farmaceuticas, las principales Universidades y su mujer. No entendía muy bien la postura o los intereses ocultos de su esposa en aquel asunto, pero sabía que de una forma u otra estaba en el ajo.

¿Y a qué tenía miedo este entrañable hombre? Él se lo contaba encantado a cualquiera que le preguntara por sus extrañas costumbres.  El, un hombre normal, aburrido incluso, de clase media; tenía miedo a que el espacio vacío que había entre los átomos que componían su cuerpo se alineara involuntariamente con el espacio vacío de los átomos de cualquier otro sujeto de tal forma que al entrar en contacto lo atravesara. “Si la mayor parte de mi cuerpo es espacio vacío entre átomos y la mayor parte del tuyo también ¿Qué impide que nuestras estructuras atómicas se crucen y nos fusionemos sin remedio?” explicaba a su anonadada audiencia.

Este miedo le había llevado a adoptar una serie de ridículos rituales que le permitían desarrollar, a pesar de todo, una vida casi normal. Por ejemplo, nunca caminaba descalzo. Para evitar ser absorbido por el suelo llevaba siempre cuatro pares de calcetines “Ya sería mala suerte la alineación espontánea de los espacios vacíos de los cuatro calcetines, el suelo y mi cuerpo” decía siempre a su mujer. Cuando alguien le preguntaba si no tenía miedo a fusionarse con uno de aquellos calcetines, él respondía ufano que siempre compraba los calcetines con la estructura atómica más mullida que encontraba después de pertinaz búsqueda por todas las mercerías de la ciudad. También evitaba todo contacto físico: no quería pasarse el resto de sus días pegado a otra persona. Esto incluía dar la mano, hacer una caricia a su hija, sentarse junto a otra persona en el autobús, rozarse con un vecino en el ascensor y el sexo. Sobre esto último, al principio, en los primeros estadios de su fobia, pensaba que una postura adecuada que implicase poco roce y un preservativo eran suficientes para evitar la indeseada fusión entre su pene y las paredes vaginales de su esposa; pero en la actualidad también procuraba evitarlo. Igual que muchos católicos, aunque por razones distintas, no se fiaba demasiado de las finas paredes del preservativo.

Siempre llevaba un par de guantes puestos para que los cubiertos no acabasen formando parte de su mano mientras devoraba un filete con patatas fritas y ponía un par de sábanas de franela y una esterilla de camping sobre el sofá para poder sentarse. Es irracional confiar en la estructura atómica de la franela y no en la del sofá, pero todas las fobias, como las religiones, son irracionales ¿o acaso es lógico vivir atemorizado por la oscuridad o por los payasos? ¿Es más racional creer en la resurrección de los muertos que desconfiar de los espacios vacíos que existen entre los átomos?

Con los años, su fobia había empeorado. El decía que simplemente se había dado cuenta de que sus iniciales precauciones eran pocas. Antes, al salir de casa, ponía con cuidado el pie sobre la acera y luego ya avanzaba confiado por toda la calle. Ahora, tenía que asegurarse de la consistencia de todos los materiales. Bajaba de la acera con precaución, desconfiando del asfalto, y volvía a la acera con el mismo miedo, desconfiando esta vez de la acera.  Después de años de miedo, llegó a la conclusión de que el siguiente paso era empezar a buscar una base científica a sus miedos. Si la ciencia oficial no era capaz de enfrentarse a semejante reto, sería él, un ciudadano medio, el que corriese con los múltiples riesgos que conllevaba convertirse en cobaya científica por el bien del resto de la humanidad.

Según ha confirmado este buen hombre, y mejor persona, a sus amigos, familiares y conocidos, a día de hoy ha intentado atravesar la pared que comunica el salón de su casa con la cocina en doscientas treinta y dos mil ocasiones. No ha conseguido nada, tal vez un par de chichones, moratones el día con más fortuna, pero no piensa cejar en su empeño.

“No he notado apenas cambios en la pared, pero creo que la estructura atómica de mi cara está empezando a ceder. La noto menos resistente a la presión” ha declarado.

Su mujer, a pesar de todo, le quiere.

 


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Que parezca una historia de amor.

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