No al Ministerio del Buen Karma (último comunicado de La Resistencia)

Algún lugar de España, 4 de Marzo de 2018

Escribo estas líneas desde uno de los últimos bunker de la resistencia. Desde un zulo húmedo, iluminado solo por la pantalla del ordenador y forrado por tres capas de papel de aluminio que conseguí ayer de contrabando. No he tenido suficiente para forrarme la cabeza, como recomiendan los manuales de la resistencia, así que he optado por colgar del techo, con un poco de celo y masilla, unas perchas metálicas. Espero que con eso sea suficiente para impedir el rastreo de los satélites de pensamiento.

Nunca pensé encontrarme en una situación como esta, escribiendo una especie de comunicado al mundo, escondido bajo tierra, aterrorizado por cada sonido que escucho fuera de mi último reducto, esperando que en cualquier momento la puerta se abra y se acabe todo. Parece una puta película americana.

Pero no, no es una película. Esto es la vida real aunque parezca el dramático guión de un demente. Una historia sin sentido pero con la misma estructura que una obra clásica: introducción, nudo y desenlace.

En este país, España, siempre hemos sido un poco de cogérnosla con papel de fumar. Bueno, siempre no, digamos que desde hace un tiempo nos habíamos vuelto unos puritanos, unos fundamentalistas de lo políticamente correcto. A nivel público, procurábamos utilizar un lenguaje en extremo medido, que no hiciese daño a nada, ni a nadie. Distintos colectivos velaban porque así fuera, editaban folletos y trípticos pagados con dinero público para enseñarnos a hablar sin herir sensibilidades y criticaban públicamente a los que osaban saltarse estas normas de urbanidad. A todos, seamos sinceros, nos parecía más o menos bien. La mayoría pensábamos que no hacían mal a nadie y que todos tenemos derecho a perseguir causas más o menos quijotescas.

 

He escuchado un ruido arriba, voy a comprobarlo, ahora vuelvo.

No he visto nada, espero que fuese el gato. Continuo…

 

El asunto se complicó un poco con Internet y las redes sociales. Ahora existía un espacio donde todo el mundo podía opinar y hablar sin tapujos. Eso, que en un principio parecía contribuir a la libertad de expresión y a la distribución del porno, pronto se convirtió en un problema para lo primero; el porno siguió fluyendo sin problemas. Estar todo el día hablando, opinando o debatiendo en la red te exponía a poder cometer un error en cualquier momento. Un chiste fácil que disgustase a alguien, un chascarrillo de dudoso gusto o un comentario políticamente incorrecto era rebotado por cientos de personas y a los pocos minutos estabas en los telediarios, la prensa, la radio, el programa de Ana Rosa y se publicaban miles de blog que te criticaban. Además, la explosión de los teléfonos inteligentes con cámaras de foto y video extendía la red a todos los rincones del mundo civilizado. No era necesario estar delante de un ordenador para poder escribir. Desde cualquier lugar se podía chatear, comentar o subir a la red una fotografía o un video al instante. Evidentemente, esto tenía cosas buenas y malas. Permitía un acceso más rápido a la información desde cualquier lugar, pero también permitía que si alguien expulsaba una flatulencia en un botellón, un segundo después todo el mundo pudiese ver el video en Internet.

Todo el mundo opinaba, compartía, hablaba y, de cuando en cuando, alguien metía la gamba y era crucificado en todos los medios. Las empresas, preocupadas por su imagen pero no por sus clientes, empezaron a presionar a sus empleados para que con sus opiniones no les perjudicasen. Si alguien se hacia famoso en Internet por eructar al compás del himno nacional, su empresa le convocaba urgentemente y le despedía porque esa no era la imagen que querían dar al mundo. Un chiste fuera de tono, despedido. Un comentario jocoso en una red social que hería la sensibilidad de alguien, despedido. Una tontería compartida con el mundo llevado por la euforia del alcohol, despedido. Un video en el que aparecías diciendo estupideces borracho con un amigo, despedido. Daba igual que la empresa no tuviese ninguna relación con el comentario de su empleado, que lo hubiese dicho tirado en el sofá o en una conferencia en el círculo de Bellas Artes; daba igual, lo importante era mantenerse al lado de lo políticamente correcto. Las empresas empezaron a guiarse por la opinión de la red y a infiltrarse en las redes sociales para controlar a sus empleados, lo que pensaban y lo que decían.

Evidentemente, el Gobierno y los partidos políticos no tardaron en tomar cartas en el asunto y legislaron al respecto: espiar a los empleados era perfectamente legal. Hubo algunas protestas, pero el gobierno las sofocó diciendo que era una forma de ganarnos la confianza de los mercados; unas empresas con empleados mentalmente estables, educados y políticamente correctos eran más de fiar que unas que estuviesen llenas de borrachos bocachanclas con opiniones poco respetables. Sí, el portavoz del gobierno dijo bocachancla y sí, a nadie le extrañó.

Estas medidas hicieron que cada vez más gente fuese despedida por irse de la lengua y obligó a los empleados a adaptarse. También se adaptaron los ingenieros chinos y los bazares de la misma nacionalidad, que enseguida pusieron a la venta dispositivos que, conectados al móvil o al portátil, impedían acceder a Internet si no estabas sobrio.

La presión se hacía tan insoportable que la ciudadanía se movilizó y organizó quedadas digitales en las que se contaban chistes sobre las minorías étnicas y las religiones, se intercambiaban chascarrillos sexistas y se insultaba a los políticos. La iniciativa tuvo éxito y llegó a los representantes políticos que negociaron urgentemente una solución: el Gobierno despidió por Real Decreto a todos los que habían participado en el citado evento y creó una nueva división de la Guardia Civil para perseguir este tipo de delitos, que quedó tipificado en el código penal como “Delito de buenas maneras” y que se juzgaba, por la vía urgente, en la Audiencia Nacional. Como explicó el responsable del renombrado Ministerio del Interior y del Buen Karma, no se perseguía la libertad de expresión, ni las opiniones libres de cada uno, solo aquellas que hiciesen daño a alguien. Ya saben el dicho, comentó el ministro, mi libertad acaba donde empieza la de los demás.

Cientos de personas acabaron en la listas del paro y en la cárcel por comentarios inapropiados. A otras, todas las medidas tomadas les parecían pocas e instaron al gobierno a profundizar en la limpieza del karma de la nación. Ante la llegada de las elecciones, los políticos se pusieron a trabajar e idearon un sistema revolucionario para el control de las opiniones: lanzaron al espacio desde la base de la Guayana francesa tres satélites geoestacionarios que registraban todo lo que se opinaba en la red, en la calle o en los bares. La medida fue muy aplaudida, pero pronto pareció escasa. La gente seguía pensando cosas inapropiadas y de mal gusto. Un nuevo satélite, capaz de leer el pensamiento, fue lanzado inmediatamente para completar la red de registro de la opinión.  Con este, ya nada escapa a la Unidad de Buen Karma de la Guardia Civil. Todo aquel que dijese o pensase algo inapropiado sobre los judíos, los gitanos, los bizcos, los bajitos o las suegras acababa ante un juez. La mayoría de ellos pasó un par de años en la cárcel asistiendo a programas de reinserción que les ayudaba a controlar sus impulsos. Los últimos datos dados por el Ministro del Interior y del Buen Karma hablaban de seis millones de españoles, la mayoría con títulos universitarios, entre rejas por delitos de opinión.

Parecía una pesadilla, pero era real. Hoy apenas quedan en España sitios donde expresarse en libertad o donde contar chistes verdes. Se han organizado lugares de acceso a la red protegidos, forrados de plomo o de papel de aluminio, pero a la misma velocidad que se crean, la Guardia Civil los desmantela. Sí, es verdad que en la calle todos somos ahora mucho más amables, pero la libertad de expresión debería ser sagrada.

 

He vuelto a escuchar algo arriba. Creo que oigo pasos. Dios, han venido a por mi, no han servido de nada las perchas.

Ya bajan por las escaleras, aporrean la puerta, se acabó.

Difundid mi mensaje si aún sois libres……

…….

……

…..

 

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Archivado bajo Actualidad, Escenas y Paranoias

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