Las novelas románticas en los tiempos del apocalipsis

“La primera frase tiene que ser espectacular, redonda, apabullante” pensaba para si sentado frente a su ordenador “Tiene que impactar, tiene que quedarse grabada en la memoria y tiene que enganchar. Que la gente lea el puto libro solo por lo cojonuda que es la primera frase” Solo la luz que emanaba desde la pantalla del ordenador iluminaba el pequeño despacho. Estanterías llenas de libros leídos cubriendo las paredes, una cafetera encendida entre los libros, las persianas bajadas, las cortinas echadas, una vieja minicadena en una esquina, un sillón de cuero junto a la pared bajo una lampara de pie con una tulipa amarillenta y, en el centro, una mesa de escritorio grande, de madera, llena de folios garabateados con notas e ideas. Se recostó en la silla y resopló. “Necesito otro café” Se levantó y fue a buscar una taza a la cocina. No había ninguna limpia así que sacó una del fregadero, la puso unos segundos bajo el grifo y la secó con papel de cocina. Volvió al despacho, se echó media taza de café y se lo bebió de un trago. El café estaba amargo y templado pero no podía hacer otra cosa: no tenía leche, ni azúcar, y el microondas estaba estropeado. “Debería ir al supermercado a coger algo para comer” pensó. Se sentó de nuevo frente al ordenador y posó las manos sobre el teclado, preparado para escribir la mejor novela romántica de la historia “Tan rematadamente buena que sea imposible mantener las bragas en su sitio” pensó mientras sonreía “Bueno, no seamos sexistas, las bragas y los calzoncillos. Tengo que intentar llegar a todo clase de públicos”

Una idea. “Ya está, tengo la frase” Emocionado, comenzó a desplazar el dedo corazón de su mano izquierda hacia la letra E, la que sería la primera letra de la gran obra romántica del S. XXI, cuando, de repente, empezaron a llamar a la puerta. El dedo se paró abruptamente entre la E y la D y la gran frase se escapó entre las sinapsis disfuncionales de su cerebro.

– Mierda puta – gritó – Se me ha ido.

La puerta seguía sonando rítmicamente. Tom, tom, cinco segundos, tom, tom, cinco segundos, tom, tom. No pensaba levantarse, era el cartero, como todos los días. Llamaría un rato y luego se marcharía. Como todos los días a esa misma hora durante los últimos tres meses. Tom, tom, cinco segundos, tom, tom. Tenía que recuperar aquella frase, a pesar del cartero. Tom, tom, cinco segundos, tom, tom. “Sería delicioso que solo llamara dos veces, como el de Neruda, y no una treintena, como el pánfilo de mi cartero” Tom, tom, cinco segundos, tom, tom. “Ojalá se le quedaran los nudillos pegados a la puerta y no volviese a llamar en su puta no-vida” Tom, tom, cinco segundos, tom, tom.

Para su desesperación, aquel día el cartero parecía especialmente persistente. Cinco minutos después, el cartero seguía llamando rítmicamente a la puerta mientras el se torturaba en su despacho intentanto recuperar la frase perdida. Diez minutos después, el cartero seguía golpeando la puerta y él estaba a punto de perder los nervios. En la pared, un reloj con la esfera ennegrecida marcaba las dos y cuarto de la madrugada.

– Su puta madre – dijo mientras cogía la taza con los restos del café y la estrellaba con rabia  contra la pared occidental del despacho – Este hijo de puta no vuelve a llamar a la puerta nunca más.

Se levantó, se quitó la bata roja que llevaba sobre el pijama, la tiró en una silla de la cocina y subió corriendo las escaleras hasta el dormitorio principal. Encendió la luz. En el suelo, junto a la cama deshecha, estaba la ropa que utilizaba para trabajar en el jardín: unos pantalones grises y una camisa blanca. Se desnudó, tiró el pijama sobre la almohada y se cambió de ropa. Buscó unos calcetines en la cómoda, se los puso y bajo corriendo a la cocina. El cartero seguía llamando a la puerta. En una esquina estaban las botas marrones del jardín, se las encajó sin desabrocharlas y fue al salón. El cartero seguía llamando a la puerta.

– Ya voy, cabrón – gritó al pasar delante de la puerta. El cartero no pareció escucharle y siguió llamando con rítmica paciencia.

En el salón, se acercó a la televisión  y abrió el cajón bajo ella. Sacó un mantel de cuadrados rojos y blancos, lo tiró al suelo y dejó al descubierto una escopeta de cañones recortados y unas cuantas cajas de munición. Sacó el arma, cogió un par de cartuchos y fue hacia la puerta.

– Te vas a acordar, grandísimo hijo de perra.

Frente a la puerta, cargó el arma, resopló y descorrió el cerrojo. Tom, tom, cinco segundos, tom, tom. Memorizó la secuencia. Tom, tom, cinco segundos, tom, tom. “No es difícil” pensó “En cinco segundos tengo tiempo de sobra para meterle un par de tiros”

Tom… adelantó la mano hacia el picaporte… tom… giró el picaporté, abrió de par en par la puerta de un tirón, levantó el arma, apuntó a la cabeza y antes de que el cartero levantase otra vez el puño para llamar a la puerta, disparó y le alcanzó en la frente.

El cuerpo se desplomó un metro hacia atrás empujado por el disparó y quedó tendido entre los geranios rojos de la entrada de la casa, sobre el carrito amarillo que llevaban los carteros. Relajado, con el arma aún en la mano, se acercó hasta el cuerpo para observarlo. Era su cartero, el que le había llevado las cartas y los paquetes los últimos dos años. “Mi cartero, o lo que queda de él” Observó atentamente el cuerpo tirado en el suelo. La piel de los brazos, bajo la ajada camisa amarillenta y roída, era oscura, con heridas abiertas que supuraban un liquido viscoso. En la mano izquierda le faltaban varios dedos y de los muñones colgaban hilos de piel podrida por el tiempo y la enfermedad. Caminaba descalzo y tenía los pies llenos de llagas y ulceras. Las uñas que le quedaban estaban negras y rotas. Le miró a la cara. Los ojos amarillos miraban al infinito, los labios entreabierto eran negros, estaban rotos y le sangraban; apenas le quedaban dientes en la boca y no había rastro de la lengua. El disparo le había abierto el cráneo, pero antes ya le faltaba todo un lado de la cara.

Le estaban entrando arcadas, así que decidió entrar en casa. A la mañana siguiente retiraría el cadáver y lo enterraría en el patio de algún vecino. Cerró la puerta tras él y echó el cerrojo. Dejó la escopeta al lado de la puerta, fue al despacho, cogió un bolígrafo y se acercó a la pared. Encima de la mancha de café que había dejado al lanzar la taza, había una serie de marcas verticales. Sobre ellas, en mayúsculas, se leía “RETIRADOS”. Hizó una nueva marca, se dio la vuelta, tiró el bolígrafo a la mesa y empezó a desabrocharse la camisa mientras iba hacia la ducha.

– Y con este, ya me he cargado 54 zombies.

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