Ávila Negra – Ávila Blanca

La Sala 201 del Museo Nacional – Centro de Arte Reina Sofía se titula Modernidad. Progreso y decadentismo. El siglo XX que comenzaba aparecía ante Europa como una época de cambios y de nuevos horizontes y, como siempre, pillaba a España con el paso cambiado. El “progreso” que recorría Europa se enfrentaba en la península a un país sumido en una profunda crisis, hundido en el pesimismo del 98 y víctima de un atraso de siglos que se debatía entre su “tradición” y el futuro. Un debate que, apenas una generación después, se saldaría con un Golpe de Estado y una Guerra Civil jaleada al grito de Muera la Inteligencia. Dentro de esta sala, se contrapone la “España Blanca” que anhela el progreso y la “España Negra”, no la de los sucesos escabrosos que ahora se nos venden, la España Negra de sotanas, tradición, confesionarios, costumbre, fanatismo y espadones. La sala dedicada a la España Negra está presidida por un cuadro de Zuloaga, El Cristo de la Sangre. Un crucificado blanquecino de pelo lacio y largo, rodeado de curas y campesinos. De fondo, con ese aire fantasmal de las tardes tormentosas de primavera, el perfil sombrío de, según el Reina Sofía, una ciudad castellana. Concretando un poco, esa ciudad que sirve al pintor como icono de la España Negra es Ávila.

 ¿Cuánto hay de aquella Ávila Negra en la ciudad de hoy? ¿Cuánto hay de aquel fanatismo religioso, de aquellas sotanas dentro y fuera de las murallas? ¿Hemos roto con aquello?

 Los abulenses, especialmente los jóvenes, tenemos una relación de amor-odio con nuestra ciudad. Odiamos el aire espeso y viciado que parece ser su atmósfera natural, pero no podemos evitar emocionarnos cuando volvemos a ver las murallas desde la Ronda Vieja o desde los Cuatro Postes. Nos ahoga vivir en ella, pero no podemos alejarnos demasiado. Incluso algunos de nosotros, soportando carros y carretas, estamos, en la medida de lo posible, dispuesto a aportar nuestro granito de arena al cambio.

 Hace poco, la ciudad bostezó. El Movimiento 15-M, la acampada de Sol, llegó a la ciudad. Era la revolución de las amebas. 1000 personas en las calles exigiendo cambios, gritando su descontento para que las piedras y los políticos les escucharan. Una luz diminuta en medio de la más profunda de las oscuridades, sí, pero por fin una luz.

 Unos días después, la parte de la ciudad que parecía despertar volvió a dormirse y la tradición volvió a llenar las urnas. En ocasiones, esta ciudad es desesperante. Cada cuatro años, volviendo a confiar en las mismas promesas vacías y en los mismos fantasmas de glorias imposibles, lo es especialmente.

 Nos esperan otros cuatro años de caminar por el desierto. Cuatro años más de victimismo injustificado y de medallas autoimpuestas. Cuatro años más de urbanismo enloquecido y de destrucción de nuestro patrimonio y de nuestro futuro. Cuatro años más de emigración, de pobreza, de estructuras carcomidas y enmohecidas. Cuatros años más, en definitiva, de Partido Popular.

 Pero no hay que desesperar. Zamora no se conquistó en una hora y Ávila no se cambió en una década pero, tarde o temprano, cambiaremos esta ciudad. Ya lo veréis.

 Desde aquí, en la medida de lo posible, seguiremos poniendo nuestro granito de arena. El futuro sigue siendo nuestro.

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