Archivo mensual: abril 2012

Intentando vivir del cuento

Como todos ustedes saben, el que esto escribe tiene como afición juntar letras con intenciones pseudoliterarias. Lo que en un primer momento se mantiene en secreto por vergüenza, termina por ver la luz en forma de blog (de este, de otros y de otros anteriores). Por último, cuando el ego te supera, decides que esas letras que malamente juntas merecen admiración, reconocimiento, aplausos y, en ocasiones, premios y galardones. Por fortuna, esto último ya me ha sucedido un par de veces (aquí y aquí) lo que demuestra fehacientemente dos cosas: que vivimos en el país de las oportunidades y que mi capacidad para engatusar a un jurado es mayor de lo que esperaba.

Pues hete aquí, ha vuelto a suceder. Como Camps, he vuelto a engañar a un jurado, aunque he de reconocer que no lo suficiente. No he ganado, pero uno de mis relatos ha sido seleccionado en la cuarta edición del Concurso de Microrrelatos de la U. de Salamanca.

Gracias, gracias y gracias.

Les dejo aquí mi relato y les recomiendo encarecidamente que lean los demás, merecedores, humildemente lo reconozco, de más reconocimiento que el mio.

Caza menor

La primera bala pasó silbando a pocos centímetros de su cabeza. Avanzó un poco y volvió a retroceder. Es más difícil acertar sobre un blanco en movimiento, pensó. La segunda bala le pasó rozando por debajo. Intentó tragar, pero no podía. La tercera bala impactó de lleno sobre el cuerpo de uno de sus compañeros, 20 centímetros delante suyo. Se tambaleó y cayó. El sonido del impacto estuvo a punto de provocarle un infarto. Sabía que quedaba poco, que aquel suplicio estaba a punto de terminar, pero también sabía que luego volvería a empezar.

Oyó el disparó y desde el primer momento supo que había llegado su turno. Notaba la bala acercarse rápidamente hacia él. Si hubiese podido habría huido, habría abandonado aquel lugar levantando el vuelo. Pero no podía. La bala le dió en el costado, bajo el ala. Intentó resistir erguido pero no pudo. Terminó por precipitarse al vacío. Desde allí, bocabajo, moviéndose aún, pudo ver como otros compañeros caían y como el cazador, feliz, recogía un inmenso oso de peluche como trofeo por su matanza.

Con un click volvió a enderezarse listo para volver a morir. Así era la vida de un pato de feria.

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