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Maratón

Seguía corriendo por el sendero que serpenteaba entre los viejos árboles, jadeando, con la ropa pegada al cuerpo empapada de sudor. Estaba agotado, le dolía el pecho y notaba las piernas flaquear a cada paso, pero tenía que seguir corriendo. Su mensaje tenía que llegar, como fuese, a la ciudad.

 Esquivó un tronco caído, se agachó para sortear unas viejas ramas vencidas sobre la senda y giró a la izquierda dejando atrás, por fin, el bosque y penetrando en las llanuras de cereales desde las que ya se veían, imponentes sobre el cerro, las murallas doradas de la ciudad. La visión le confirió nuevas fuerzas, las últimas seguramente dentro de su menudo cuerpo, que le permitieron ganar velocidad. Estaba extenuado y delante de sus ojos empezaban a flotar pequeñas manchas oscuras. Mala señal, pensó, pero tengo que llegar como sea.

 Siguió corriendo, atravesando raudo los campos de cultivo de la ciudad y, siguiendo el curso del río, fue acercándose a las murallas. Las rodearía por el este, junto al río y subiría hasta el templo por el norte del cerro amurallado, por la vieja ronda. Allí, frente al templo, estarían en aquel momento esperando su mensaje, estaba seguro. Allí le estarían esperando ¿dónde sino en una fecha como esa? Hacía horas que no tenían noticias suyas ni de sus compañeros y era capaz de imaginar la tensión reflejada en la cara de los congregados. En él, el más rápido y mejor atleta de entre sus compañeros, había recaído la responsabilidad de transportar veloz aquella noticia. Era su carga y su orgulló.

 Giró a la derecha y se preparó para subir, bordeando las murallas, hasta la parte más alta de la ciudad, donde se elevaba el templo. A medida que ascendía por las faldas del cerro amurallado, sus doloridas piernas aumentaban la intensidad de su sufrimiento. Un poco más, se decía, no queda nada.

 Volvió a girar a la derecha, dejó atrás una de las puertas de la muralla, y se dirigió a la que daba acceso directo al templo. Allí, la gente se agolpaba a ambos lados de la puerta intentando por igual entrar y salir de la ciudad fortificada. Se abrió paso y pronto encontró su camino franqueado. Sonaban trompetas y tambores. A uno y otro lado, la gente, que parecía abrirle paso hasta el templo, le miraba extrañada. A su izquierda, por fin, el templo se erguía majestuoso dominando la plaza y frente a él observó las caras conocidas a las que iba destinado el mensaje.

 Apunto de desfallecer, se acercó a ellos, cayó al suelo y con un último suspiro transmitió su mensaje:

–  Νενικήκαμεν (Nenikékamen)

– ¿Qué dice este niño? – dijo una figura enlutada que se abría paso entre el gentío – Y la bicicleta ¿dónde la has dejado?

 – Dejale que respire, madre. A ver, Felipe, hijo ¿qué te pasa? – dijo la mujer más joven acercándose al desfallecido muchacho.

 – Mamá… se nos pincharon las ruedas de las bicis en el Fresno… – tomó aliento – …y cómo no teníamos nada para arreglarlas… – volvió a respirar –…he venido corriendo desde allí… para ver si podía ir papá a buscar a estos.

 – ¿Pero has venido corriendo desde el Fresno? Madre de Dios –exclamó la abuela – ¿Cuántos kilómetros son esos?

– Por lo menos 42 – exageró Felipe

 – ¿Y el móvil? – preguntó su madre

 – Sin batería – dijo Felipe mientras se recuperaba sentado en la acera, frente a la catedral

–  Está bien. Tu padre se ha quedado en casa, no le apetecía subir a la procesión. Ahora mismo le llamo para que vaya a buscar a tus amigos. Tú vete a casa y date una ducha que estás empapado. – dijo compresiva su madre.

– Estos críos, mira que irse con la bicicleta en Viernes Santo.

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Ya soy escribidor… digo… escritor

El pasado sábado se presentaba en Badajoz, en un acto que servía de clausura de la Feria del libro de este año, los resultados de la edición de este año de “El Vuelo de la Palabra”. El Vuelo, lo llamaremos así por abreviar, es un pequeño concurso de poesía y relato corto abierto a todas las personas nacidas, residentes o relacionadas con Extremadura, convocado por el Ayto. De Badajoz desde hace once años. Este concurso da lugar a dos volúmenes, uno para la poesía y otro para el relato, en el que se dan cita las obras seleccionadas en el concurso con otras obras cedidas por autores reconocidos con obra publicada. Y no os lo vais a creer, el volumen dedicado al relato corto contiene una obra mía. Sí, habéis acertado, fui uno de los ganadores del concurso.

 Mi relato, titulado Orión, es una de mis tonterías habituales. Que nadie espere una profunda reflexión, una lacrimosa historia de amor o una historia coral que abra nuevos caminos al relato, a la novela y a la civilización occidental. En serio, es una de mis tonterías habituales. No han premiado mi genialidad ni mi calidad literaria, porque no tengo. Han premiado mi tenacidad, o más bien la tenacidad de mi pareja presionándome para que me presente a estas cosas, y mi capacidad para vivir en sociedad a pesar de mis visibles problemas mentales.

 La verdad es que hace mucha ilusión ver algo tuyo publicado en papel. Sí, escribir un blog es estupendo, el 2.0 es una cosa loca, pero, amigos, el fetichismo de la celulosa aún es poderoso.

 Me encantaría compartir el libro, o al menos mi relato, con vosotros, pero ya sabéis como son las cosas. Los derechos son del Ayuntamiento, a mi me pagan una millonada, Sinde me persigue, las paredes hablan y todo eso. Resignación compañeros.

 Gracias a todos los que leéis este blog. Cada vez sois más, y eso en el fondo es lo que me hace seguir escribiendo. Un abrazo a todos.

 ACTUALIZACIÓN: ¡Cáspita! La piratería es una cosa loca. Un lector de este blog me ha pasado un enlace ¡a mi relato pirateado en pdf! Vais a matar la cultura, que lo sepáis. Ahora que mi relato ya corre libre por la red, es una tontería frenar su difusión. Es algo breve, 6 páginas, así que podeis leerlo en una pausa de la revolución 😉

Aquí —> Orión

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Las novelas románticas en los tiempos del apocalipsis

“La primera frase tiene que ser espectacular, redonda, apabullante” pensaba para si sentado frente a su ordenador “Tiene que impactar, tiene que quedarse grabada en la memoria y tiene que enganchar. Que la gente lea el puto libro solo por lo cojonuda que es la primera frase” Solo la luz que emanaba desde la pantalla del ordenador iluminaba el pequeño despacho. Estanterías llenas de libros leídos cubriendo las paredes, una cafetera encendida entre los libros, las persianas bajadas, las cortinas echadas, una vieja minicadena en una esquina, un sillón de cuero junto a la pared bajo una lampara de pie con una tulipa amarillenta y, en el centro, una mesa de escritorio grande, de madera, llena de folios garabateados con notas e ideas. Se recostó en la silla y resopló. “Necesito otro café” Se levantó y fue a buscar una taza a la cocina. No había ninguna limpia así que sacó una del fregadero, la puso unos segundos bajo el grifo y la secó con papel de cocina. Volvió al despacho, se echó media taza de café y se lo bebió de un trago. El café estaba amargo y templado pero no podía hacer otra cosa: no tenía leche, ni azúcar, y el microondas estaba estropeado. “Debería ir al supermercado a coger algo para comer” pensó. Se sentó de nuevo frente al ordenador y posó las manos sobre el teclado, preparado para escribir la mejor novela romántica de la historia “Tan rematadamente buena que sea imposible mantener las bragas en su sitio” pensó mientras sonreía “Bueno, no seamos sexistas, las bragas y los calzoncillos. Tengo que intentar llegar a todo clase de públicos”

Una idea. “Ya está, tengo la frase” Emocionado, comenzó a desplazar el dedo corazón de su mano izquierda hacia la letra E, la que sería la primera letra de la gran obra romántica del S. XXI, cuando, de repente, empezaron a llamar a la puerta. El dedo se paró abruptamente entre la E y la D y la gran frase se escapó entre las sinapsis disfuncionales de su cerebro.

– Mierda puta – gritó – Se me ha ido.

La puerta seguía sonando rítmicamente. Tom, tom, cinco segundos, tom, tom, cinco segundos, tom, tom. No pensaba levantarse, era el cartero, como todos los días. Llamaría un rato y luego se marcharía. Como todos los días a esa misma hora durante los últimos tres meses. Tom, tom, cinco segundos, tom, tom. Tenía que recuperar aquella frase, a pesar del cartero. Tom, tom, cinco segundos, tom, tom. “Sería delicioso que solo llamara dos veces, como el de Neruda, y no una treintena, como el pánfilo de mi cartero” Tom, tom, cinco segundos, tom, tom. “Ojalá se le quedaran los nudillos pegados a la puerta y no volviese a llamar en su puta no-vida” Tom, tom, cinco segundos, tom, tom.

Para su desesperación, aquel día el cartero parecía especialmente persistente. Cinco minutos después, el cartero seguía llamando rítmicamente a la puerta mientras el se torturaba en su despacho intentanto recuperar la frase perdida. Diez minutos después, el cartero seguía golpeando la puerta y él estaba a punto de perder los nervios. En la pared, un reloj con la esfera ennegrecida marcaba las dos y cuarto de la madrugada.

– Su puta madre – dijo mientras cogía la taza con los restos del café y la estrellaba con rabia  contra la pared occidental del despacho – Este hijo de puta no vuelve a llamar a la puerta nunca más.

Se levantó, se quitó la bata roja que llevaba sobre el pijama, la tiró en una silla de la cocina y subió corriendo las escaleras hasta el dormitorio principal. Encendió la luz. En el suelo, junto a la cama deshecha, estaba la ropa que utilizaba para trabajar en el jardín: unos pantalones grises y una camisa blanca. Se desnudó, tiró el pijama sobre la almohada y se cambió de ropa. Buscó unos calcetines en la cómoda, se los puso y bajo corriendo a la cocina. El cartero seguía llamando a la puerta. En una esquina estaban las botas marrones del jardín, se las encajó sin desabrocharlas y fue al salón. El cartero seguía llamando a la puerta.

– Ya voy, cabrón – gritó al pasar delante de la puerta. El cartero no pareció escucharle y siguió llamando con rítmica paciencia.

En el salón, se acercó a la televisión  y abrió el cajón bajo ella. Sacó un mantel de cuadrados rojos y blancos, lo tiró al suelo y dejó al descubierto una escopeta de cañones recortados y unas cuantas cajas de munición. Sacó el arma, cogió un par de cartuchos y fue hacia la puerta.

– Te vas a acordar, grandísimo hijo de perra.

Frente a la puerta, cargó el arma, resopló y descorrió el cerrojo. Tom, tom, cinco segundos, tom, tom. Memorizó la secuencia. Tom, tom, cinco segundos, tom, tom. “No es difícil” pensó “En cinco segundos tengo tiempo de sobra para meterle un par de tiros”

Tom… adelantó la mano hacia el picaporte… tom… giró el picaporté, abrió de par en par la puerta de un tirón, levantó el arma, apuntó a la cabeza y antes de que el cartero levantase otra vez el puño para llamar a la puerta, disparó y le alcanzó en la frente.

El cuerpo se desplomó un metro hacia atrás empujado por el disparó y quedó tendido entre los geranios rojos de la entrada de la casa, sobre el carrito amarillo que llevaban los carteros. Relajado, con el arma aún en la mano, se acercó hasta el cuerpo para observarlo. Era su cartero, el que le había llevado las cartas y los paquetes los últimos dos años. “Mi cartero, o lo que queda de él” Observó atentamente el cuerpo tirado en el suelo. La piel de los brazos, bajo la ajada camisa amarillenta y roída, era oscura, con heridas abiertas que supuraban un liquido viscoso. En la mano izquierda le faltaban varios dedos y de los muñones colgaban hilos de piel podrida por el tiempo y la enfermedad. Caminaba descalzo y tenía los pies llenos de llagas y ulceras. Las uñas que le quedaban estaban negras y rotas. Le miró a la cara. Los ojos amarillos miraban al infinito, los labios entreabierto eran negros, estaban rotos y le sangraban; apenas le quedaban dientes en la boca y no había rastro de la lengua. El disparo le había abierto el cráneo, pero antes ya le faltaba todo un lado de la cara.

Le estaban entrando arcadas, así que decidió entrar en casa. A la mañana siguiente retiraría el cadáver y lo enterraría en el patio de algún vecino. Cerró la puerta tras él y echó el cerrojo. Dejó la escopeta al lado de la puerta, fue al despacho, cogió un bolígrafo y se acercó a la pared. Encima de la mancha de café que había dejado al lanzar la taza, había una serie de marcas verticales. Sobre ellas, en mayúsculas, se leía “RETIRADOS”. Hizó una nueva marca, se dio la vuelta, tiró el bolígrafo a la mesa y empezó a desabrocharse la camisa mientras iba hacia la ducha.

– Y con este, ya me he cargado 54 zombies.

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Microrrelato sobre el microrrelato (Microrrelato autorreferente)

Dejo una taza de café recién hecho en la mesa, enciendo el ordenador y abro el procesador de texto. Ansiedad frente al folio electrónico en blanco. Bueno, me digo, empecemos por el principio. Microrrelato, según la vigésimo segunda edición del Diccionario de la lengua española… ¡vaya! No viene. ¿Será demasiado pequeño para figurar en un lugar tan importante? Bueno, siempre puedo buscarlo en otro sitio. Veamos, según la Wikipedia, un microrrelato es una construcción narrativa caracterizada por su brevedad. ¿Cómo de breve? Doscientas palabras según las bases. En doscientas palabras puedo hablar de muchas cosas: de dragones gigantes esquizofrénicos, de gnomos gigantes esquizofrénicos o de psicólogos argentinos esquizofrénicos. ¿Qué pone en las bases? Temática libre. Eso no me arregla nada pero no excluye a los dragones gigantes esquizofrénicos.

Según esto, los microrrelatos tienen su origen en la Edad Media ¡y yo que pensaba que todo esto empezó con aquel dinosaurio que no se marchaba! En español, es especialmente relevante el foco argentino de mediados del S.XX, donde destacan las obras de Borges y Cortázar. ¿Borges y Cortázar? A mi lado unos Don Nadie, digo en voz alta para subirme el ánimo.

¿Cuántas palabras llevo? Ciento noventa y nueve.

¡Mierda!

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Los operarios fosforito

La literatura está llena de personajes mitad leyenda, mitad magia. Gnomos, hadas, duendes, espiritus; tan pronto benignos y protectores, como peligrosos y dañinos para las personas que tengan la desgracia de cruzarse en su camino. Unos son mas conocidos que otros. Por ejemplo, todo el mundo conoce a Campanilla, la pequeña hada enamorada de Peter Pan; o a los enanitos, esos pequeños mineros enamorados en secreto de Blancanieves, o a los elfos domésticos, esos seres de orejas puntiaguadas enamorados en secreto de Harry Potter y popularizados por la famosa saga de J. K. Rowling. Por nombrar a alguno de los menos conócidos, en la antigüedad se pensaba que las cavernas y las minas estaba pobladas de seres, espíritus de las profundidades, a los que había que mantener contentos para poder extraer el mineral que habían depositado ellos mismos en las entrañas de la tierra.

La mayor parte de estas leyendas se han ido perdiendo con los años y con el avance imparable de una modernidad (o postmodernidad) que nos hace cada día mas descreidos. Dios no está en los botellones y ya nadie cree en los pitufos. A pesar de eso, algunos de estos seres, aparentemente, no son totalmente falsos. No voy a hablar aquí de los gamusinos, esos agradables animalitos meseteños; vengo a hablar de los “operarios fosforito

Desde antiguo han existido relatos y crónicas que hablaban de ellos. Al parecer, según cuentan estos mismos legajos, su presencia se detecta cada cierto tiempo, de una manera más o menos regular. Es decir, no se registran avistamientos con igual frecuencia a lo largo del año, ni siquera a lo largo de las décadas; pero sus apariciones parecen tener una cierta lógica cronológica: es más facil verlos cuando se acercan las elecciones. No está muy clara la relación entre las elecciones, algo tangible y concreto, algo de nuestro vulgar mundo, y la presencia de estos seres mágicos, pero las estadísticas parecen confirmar esta relación. Cuando se acercan las elecciones, ocurre en todas ellas pero en especial en las municipales; cientos de estos increibles seres comienzan a poblar las calles y plazas, como si de una mágica y luminosa procesión se tratase, para caer de nuevo en el olvido a los pocos meses. Se cuentan por millares en todas las ciudades, pero no se asusten: son benignos y bondadosos. Son comos esos enanitos que trabajan mientras dormimos. Estos seres de cuento son los que hacen que la ciudad cobre de nuevo vida, que las plazas se limpien, que los pasos de peatones sean más blancos, las lineas amarillas más amarillas y las flores más olorosas. Son los responsables de que mágicamente se adecenten los járdines, se arreglen fachadas y aceras y de que los columpios infantiles y los bancos de los abueletes reluzcan al sol como nuevos. Son los magos que hacen que las fuentes que llevan años sin arrojar agua vuelvan a fluir. Los genios que plantan geranios en cada esquina. Su presencia es un milagro para nuestra sociedad.

Los científicos no han sabido encontrar una respuesta a su origen, pero tampoco a su misteriosa desaparición. Algunos hablan de un posible nexo con otro mítico ser: las cintas inaugurales, pero no hay nada confirmado ¿De donde vienen? ¿Dónde se escoden? ¿Cúal es la relación entre las elecciones y su aparición? ¿Dónde se meten después?

Hasta que la ciencia los humanice y los reduzca al terreno de lo concreto y lo conocido, su magia seguirá siendo todo un mistero. Un misterio hermoso y reconfortante.

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No al Ministerio del Buen Karma (último comunicado de La Resistencia)

Algún lugar de España, 4 de Marzo de 2018

Escribo estas líneas desde uno de los últimos bunker de la resistencia. Desde un zulo húmedo, iluminado solo por la pantalla del ordenador y forrado por tres capas de papel de aluminio que conseguí ayer de contrabando. No he tenido suficiente para forrarme la cabeza, como recomiendan los manuales de la resistencia, así que he optado por colgar del techo, con un poco de celo y masilla, unas perchas metálicas. Espero que con eso sea suficiente para impedir el rastreo de los satélites de pensamiento.

Nunca pensé encontrarme en una situación como esta, escribiendo una especie de comunicado al mundo, escondido bajo tierra, aterrorizado por cada sonido que escucho fuera de mi último reducto, esperando que en cualquier momento la puerta se abra y se acabe todo. Parece una puta película americana.

Pero no, no es una película. Esto es la vida real aunque parezca el dramático guión de un demente. Una historia sin sentido pero con la misma estructura que una obra clásica: introducción, nudo y desenlace.

En este país, España, siempre hemos sido un poco de cogérnosla con papel de fumar. Bueno, siempre no, digamos que desde hace un tiempo nos habíamos vuelto unos puritanos, unos fundamentalistas de lo políticamente correcto. A nivel público, procurábamos utilizar un lenguaje en extremo medido, que no hiciese daño a nada, ni a nadie. Distintos colectivos velaban porque así fuera, editaban folletos y trípticos pagados con dinero público para enseñarnos a hablar sin herir sensibilidades y criticaban públicamente a los que osaban saltarse estas normas de urbanidad. A todos, seamos sinceros, nos parecía más o menos bien. La mayoría pensábamos que no hacían mal a nadie y que todos tenemos derecho a perseguir causas más o menos quijotescas.

 

He escuchado un ruido arriba, voy a comprobarlo, ahora vuelvo.

No he visto nada, espero que fuese el gato. Continuo…

 

El asunto se complicó un poco con Internet y las redes sociales. Ahora existía un espacio donde todo el mundo podía opinar y hablar sin tapujos. Eso, que en un principio parecía contribuir a la libertad de expresión y a la distribución del porno, pronto se convirtió en un problema para lo primero; el porno siguió fluyendo sin problemas. Estar todo el día hablando, opinando o debatiendo en la red te exponía a poder cometer un error en cualquier momento. Un chiste fácil que disgustase a alguien, un chascarrillo de dudoso gusto o un comentario políticamente incorrecto era rebotado por cientos de personas y a los pocos minutos estabas en los telediarios, la prensa, la radio, el programa de Ana Rosa y se publicaban miles de blog que te criticaban. Además, la explosión de los teléfonos inteligentes con cámaras de foto y video extendía la red a todos los rincones del mundo civilizado. No era necesario estar delante de un ordenador para poder escribir. Desde cualquier lugar se podía chatear, comentar o subir a la red una fotografía o un video al instante. Evidentemente, esto tenía cosas buenas y malas. Permitía un acceso más rápido a la información desde cualquier lugar, pero también permitía que si alguien expulsaba una flatulencia en un botellón, un segundo después todo el mundo pudiese ver el video en Internet.

Todo el mundo opinaba, compartía, hablaba y, de cuando en cuando, alguien metía la gamba y era crucificado en todos los medios. Las empresas, preocupadas por su imagen pero no por sus clientes, empezaron a presionar a sus empleados para que con sus opiniones no les perjudicasen. Si alguien se hacia famoso en Internet por eructar al compás del himno nacional, su empresa le convocaba urgentemente y le despedía porque esa no era la imagen que querían dar al mundo. Un chiste fuera de tono, despedido. Un comentario jocoso en una red social que hería la sensibilidad de alguien, despedido. Una tontería compartida con el mundo llevado por la euforia del alcohol, despedido. Un video en el que aparecías diciendo estupideces borracho con un amigo, despedido. Daba igual que la empresa no tuviese ninguna relación con el comentario de su empleado, que lo hubiese dicho tirado en el sofá o en una conferencia en el círculo de Bellas Artes; daba igual, lo importante era mantenerse al lado de lo políticamente correcto. Las empresas empezaron a guiarse por la opinión de la red y a infiltrarse en las redes sociales para controlar a sus empleados, lo que pensaban y lo que decían.

Evidentemente, el Gobierno y los partidos políticos no tardaron en tomar cartas en el asunto y legislaron al respecto: espiar a los empleados era perfectamente legal. Hubo algunas protestas, pero el gobierno las sofocó diciendo que era una forma de ganarnos la confianza de los mercados; unas empresas con empleados mentalmente estables, educados y políticamente correctos eran más de fiar que unas que estuviesen llenas de borrachos bocachanclas con opiniones poco respetables. Sí, el portavoz del gobierno dijo bocachancla y sí, a nadie le extrañó.

Estas medidas hicieron que cada vez más gente fuese despedida por irse de la lengua y obligó a los empleados a adaptarse. También se adaptaron los ingenieros chinos y los bazares de la misma nacionalidad, que enseguida pusieron a la venta dispositivos que, conectados al móvil o al portátil, impedían acceder a Internet si no estabas sobrio.

La presión se hacía tan insoportable que la ciudadanía se movilizó y organizó quedadas digitales en las que se contaban chistes sobre las minorías étnicas y las religiones, se intercambiaban chascarrillos sexistas y se insultaba a los políticos. La iniciativa tuvo éxito y llegó a los representantes políticos que negociaron urgentemente una solución: el Gobierno despidió por Real Decreto a todos los que habían participado en el citado evento y creó una nueva división de la Guardia Civil para perseguir este tipo de delitos, que quedó tipificado en el código penal como “Delito de buenas maneras” y que se juzgaba, por la vía urgente, en la Audiencia Nacional. Como explicó el responsable del renombrado Ministerio del Interior y del Buen Karma, no se perseguía la libertad de expresión, ni las opiniones libres de cada uno, solo aquellas que hiciesen daño a alguien. Ya saben el dicho, comentó el ministro, mi libertad acaba donde empieza la de los demás.

Cientos de personas acabaron en la listas del paro y en la cárcel por comentarios inapropiados. A otras, todas las medidas tomadas les parecían pocas e instaron al gobierno a profundizar en la limpieza del karma de la nación. Ante la llegada de las elecciones, los políticos se pusieron a trabajar e idearon un sistema revolucionario para el control de las opiniones: lanzaron al espacio desde la base de la Guayana francesa tres satélites geoestacionarios que registraban todo lo que se opinaba en la red, en la calle o en los bares. La medida fue muy aplaudida, pero pronto pareció escasa. La gente seguía pensando cosas inapropiadas y de mal gusto. Un nuevo satélite, capaz de leer el pensamiento, fue lanzado inmediatamente para completar la red de registro de la opinión.  Con este, ya nada escapa a la Unidad de Buen Karma de la Guardia Civil. Todo aquel que dijese o pensase algo inapropiado sobre los judíos, los gitanos, los bizcos, los bajitos o las suegras acababa ante un juez. La mayoría de ellos pasó un par de años en la cárcel asistiendo a programas de reinserción que les ayudaba a controlar sus impulsos. Los últimos datos dados por el Ministro del Interior y del Buen Karma hablaban de seis millones de españoles, la mayoría con títulos universitarios, entre rejas por delitos de opinión.

Parecía una pesadilla, pero era real. Hoy apenas quedan en España sitios donde expresarse en libertad o donde contar chistes verdes. Se han organizado lugares de acceso a la red protegidos, forrados de plomo o de papel de aluminio, pero a la misma velocidad que se crean, la Guardia Civil los desmantela. Sí, es verdad que en la calle todos somos ahora mucho más amables, pero la libertad de expresión debería ser sagrada.

 

He vuelto a escuchar algo arriba. Creo que oigo pasos. Dios, han venido a por mi, no han servido de nada las perchas.

Ya bajan por las escaleras, aporrean la puerta, se acabó.

Difundid mi mensaje si aún sois libres……

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Pánico atómico

Hay gente que tiene miedo a las arañas; otra gente tiene pánico a los lugares abiertos y otros a los cerrados. Existe gente que es incapaz de vivir en un segundo piso; otra gente que vive aterrorizada por las grandes masas de agua, por los teléfonos, la sangre; incluso hay gente que siente un miedo irracional hacia las nutrias. Todos estos miedos tienen un nombre que les convierte en síndromes respetables y en interesantes temas de conversación en la barra de cualquier bar. No es lo mismo tener miedo a las nutrias que lutrafobia. Ser telefonofóbico es infinitamente más respetable que pegar un salto cada vez que alguien pone su móvil junto a ti.

Él se sentía despreciado por la comunidad científica porque nadie había puesto aún nombre a su fobia. Su mujer le decía que eso era porque su fobia era tan absolutamente irracional que nadie más en todo el planeta la tenía. El negaba con la cabeza. Se sabía portador de una verdad incómoda y se creía enfrentado a una conspiración mundial de inimaginables dimensiones, desde la CIA a los restos de la KGB, pasando por los laboratorios de las internacionales farmaceuticas, las principales Universidades y su mujer. No entendía muy bien la postura o los intereses ocultos de su esposa en aquel asunto, pero sabía que de una forma u otra estaba en el ajo.

¿Y a qué tenía miedo este entrañable hombre? Él se lo contaba encantado a cualquiera que le preguntara por sus extrañas costumbres.  El, un hombre normal, aburrido incluso, de clase media; tenía miedo a que el espacio vacío que había entre los átomos que componían su cuerpo se alineara involuntariamente con el espacio vacío de los átomos de cualquier otro sujeto de tal forma que al entrar en contacto lo atravesara. “Si la mayor parte de mi cuerpo es espacio vacío entre átomos y la mayor parte del tuyo también ¿Qué impide que nuestras estructuras atómicas se crucen y nos fusionemos sin remedio?” explicaba a su anonadada audiencia.

Este miedo le había llevado a adoptar una serie de ridículos rituales que le permitían desarrollar, a pesar de todo, una vida casi normal. Por ejemplo, nunca caminaba descalzo. Para evitar ser absorbido por el suelo llevaba siempre cuatro pares de calcetines “Ya sería mala suerte la alineación espontánea de los espacios vacíos de los cuatro calcetines, el suelo y mi cuerpo” decía siempre a su mujer. Cuando alguien le preguntaba si no tenía miedo a fusionarse con uno de aquellos calcetines, él respondía ufano que siempre compraba los calcetines con la estructura atómica más mullida que encontraba después de pertinaz búsqueda por todas las mercerías de la ciudad. También evitaba todo contacto físico: no quería pasarse el resto de sus días pegado a otra persona. Esto incluía dar la mano, hacer una caricia a su hija, sentarse junto a otra persona en el autobús, rozarse con un vecino en el ascensor y el sexo. Sobre esto último, al principio, en los primeros estadios de su fobia, pensaba que una postura adecuada que implicase poco roce y un preservativo eran suficientes para evitar la indeseada fusión entre su pene y las paredes vaginales de su esposa; pero en la actualidad también procuraba evitarlo. Igual que muchos católicos, aunque por razones distintas, no se fiaba demasiado de las finas paredes del preservativo.

Siempre llevaba un par de guantes puestos para que los cubiertos no acabasen formando parte de su mano mientras devoraba un filete con patatas fritas y ponía un par de sábanas de franela y una esterilla de camping sobre el sofá para poder sentarse. Es irracional confiar en la estructura atómica de la franela y no en la del sofá, pero todas las fobias, como las religiones, son irracionales ¿o acaso es lógico vivir atemorizado por la oscuridad o por los payasos? ¿Es más racional creer en la resurrección de los muertos que desconfiar de los espacios vacíos que existen entre los átomos?

Con los años, su fobia había empeorado. El decía que simplemente se había dado cuenta de que sus iniciales precauciones eran pocas. Antes, al salir de casa, ponía con cuidado el pie sobre la acera y luego ya avanzaba confiado por toda la calle. Ahora, tenía que asegurarse de la consistencia de todos los materiales. Bajaba de la acera con precaución, desconfiando del asfalto, y volvía a la acera con el mismo miedo, desconfiando esta vez de la acera.  Después de años de miedo, llegó a la conclusión de que el siguiente paso era empezar a buscar una base científica a sus miedos. Si la ciencia oficial no era capaz de enfrentarse a semejante reto, sería él, un ciudadano medio, el que corriese con los múltiples riesgos que conllevaba convertirse en cobaya científica por el bien del resto de la humanidad.

Según ha confirmado este buen hombre, y mejor persona, a sus amigos, familiares y conocidos, a día de hoy ha intentado atravesar la pared que comunica el salón de su casa con la cocina en doscientas treinta y dos mil ocasiones. No ha conseguido nada, tal vez un par de chichones, moratones el día con más fortuna, pero no piensa cejar en su empeño.

“No he notado apenas cambios en la pared, pero creo que la estructura atómica de mi cara está empezando a ceder. La noto menos resistente a la presión” ha declarado.

Su mujer, a pesar de todo, le quiere.

 


Otros relatos en este blog:

Profesiones complejas

Niebla

Que parezca una historia de amor.

Pieza clave

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