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Morir de éxito – “La Nación inventada” de Arsenio Escolar e Ignacio Escolar.

Un pueblo que se levanta contra un rey lejano para gobernarse. Un pueblo de hombres libres que rompe con el modelo feudal imperante. Un pueblo rudo, aguerrido, acostumbrado a vivir en tierras casi yermas, que se expande hacia el sur con la espada en una mano y la cruz en otra, siguiendo los pasos de sus antecesores, recuperando lo que era suyo. Un pueblo noble, de buenos reyes y buenos vasallos, o de grandes vasallos y malos reyes. Un pueblo elegido para la gloria que permanecerá victorioso en las páginas de la Historia. Un grupo de aldeas en medio de ninguna parte que terminará gobernando un imperio ¿Es esta la historia de Castilla? Ni sí, ni no; más bien todo lo contrario.

Todos los pueblos, todas las naciones y todos los estados (y antes las monarquías absolutas) tienen una mitología propia, unos héroes fundadores y unas hazañas bélicas que sirven tanto para justificar la propia existencia y cohesionar al pueblo, como para diferenciarse de aquellos que están más allá de las fronteras propias. Así fue durante la Edad Media con reinos y monarquías; durante la Edad Moderna, con la creación y asentamiento de los primeros Estados modernos; y hace no mucho tiempo con los procesos nacionalizadores del S. XIX y XX. Piensen en su propio caso. España: los Reyes Católicos, la Conquista de América, la Guerra de la Independencia, el 23-F, la Transición. A Francia le vale con la Revolución; Estados Unidos tiene la Independencia, Washington, Lincoln; Roma fue fundada por Rómulo y Remo. Piensen también en los mitos fundacionales y leyendas de la ciudad donde viven: Badajoz, Ibn Marwan y Menacho; Ávila, Ximena Blázquez. Personajes y situaciones que reales o no forman parte de la identidad de ciudades, pueblos o naciones.

La Nación inventada (de Arsenio Escolar e Ignacio Escolar) profundiza en los mitos fundadores de Castilla, de ese reino de virtudes, hombres libres y gestas heroicas. Como sucede con la mayoría de las historias de héroes y villanos, los héroes no son tan buenos y los villanos no son tan malos. Los mitos fundadores de Castilla, las leyendas y las historias que forman parte de los cimientos de la nación tienen algo de historia y mucho de literatura. El pequeño condado fronterizo con ansias de independencia, los jueces que imparten justicia lejos de la capital leonesa, el bravo Conde Fernán González, el Cid, Tizona, la Reconquista; mucha leyenda y poca realidad histórica.

Nada de esto es nuevo. Los libros de historia llevan años debatiendo los textos y contrastando fuentes; arrojando luz sobre los primeros siglos de Castilla. El mérito del presente libro es ser capaz de hacer accesible este conocimiento al común de los mortales. Seamos sinceros, los libros de Historia Medieval no suelen ser amenos, sencillos o asequibles. Y este libro lo es. Si quieres acercarte a la Historia medieval de España o a la historia de Castilla, a Fernando I, a Sancho II o a Alfonso VI, este es tu libro. Siguiendo el modelo Montanelli, A. Escolar e I. Escolar estructuran la historia en pequeños capítulos, a modo de reportajes periodísticos, en los que abordan la historia de los grandes nombres (el Cid, Fernando III, etc.) y profundizan en otros campos imprescindibles para la comprensión del contexto (el Camino de Santiago, el castellano, la Mesta, etc.)

El problema es que si ya conoces la Historia el libro quizá te sepa a poco. Será deformación profesional, pero echo de menos una bibliografía más extensa y más concreta y referencias a pie de página para sostener determinados argumentos más controvertidos derivando a la fuente original. Es de agradecer, eso sí, el índice onomástico y el toponímico.

El libro se detiene, como durante muchos años se detuvo eso que llamamos reconquista, a las puertas de Granada. ¿Habrá segunda parte? Esperemos que sí. Todavía queda mucho por contar. Hay que explicar como la “nación” más poderosa de la península durante la Edad Media completa la “Reconquista” y unifica (casi por completo) la península, como se lanza al mar hacia el norte de África, al Mediterráneo y hacia América y como, en la cima de su poder y de su gloria, se diluye en un proyecto imperial que la posterga, la empobrece y la derrota. Hay que contar como Castilla muere de éxito porque en ese transito entre el todo y la nada están las claves para explicar el latir de España, el único gran proyecto de Castilla que aún siguen en pie.

Esperamos la segunda parte.

 

 

 

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Y nosotros los españoles…

Defensa del parque de artilleria de Monteleón, J. Sorolla.En los ratos libres que tiene mientras privatiza la Sanidad Pública madrileña, Aguirre ha cumplido con la tradición y se ha apoderado del 2 de Mayo. La tradición de los suyos, por supuesto, de los “liberales”.

El 2 de Mayo siempre ha sido una fecha comprometida, a caballo entre el mito fundador patrio y la justificacion de nuestros males. Un pueblo que despierta consciente de su identidad, algo así ha dicho Espe, o un pueblo que se deja llevar por la sangre y mata a su liberador, que dirían otros. Un día de colera, que titula Reverte. La gente, aquel dos de mayo de 1808, no se paró a discutir sobre los privilegios señoriales, el vinculo Iglesia-Estado o la talla moral del rey Fernando. Lo único que les importaba es que estaban hasta los huevos y que ya habían aguantado bastante las ínfulas imperiales francesas. La elección no fue Napoleón o Fernando VII, aunque muchos corearan su nombre. La frontera era otra. Ellos y nosotros. Mis vecinos o los que matan a mis vecinos. Puede que el del quinto sea un hijo de puta, pero ningún francés le va a matar antes de que yo le parta la cara.

Lo hechos fueron los hechos, y lo que vino después, lo que sospechaban todos aquellos que el 2 de Mayo prefierieron quedarse en casa temiendo que liberarse de Napoleón iba a ser tan malo como quedarse con Pepe Botella. El sueño de una nación libre y soberana, libre de si misma y soberana de sus reyes, que despertó el 3 de Mayo y que tomó forma en Cadiz cuatro años después fue traicionado por los mismos por los que dió su sangre parte del pueblo de Madrid. Esa es la triste verdad.

El dos de Mayo es un día triste porque con Napoleón España habría sido un país culto y prospero, dicen algunos. Y una mierda. Al Emperador de la Francia se la traía al fresco la cultura y la prosperidad de una tierra que despreciaba y en la que solo veía un semillero de trigo y de soldados para las primeras lineas de su guerra contra Rusia. Los años de la Revolución habían quedado lejos y ese adalid del pueblo, que fue coronado por el Papa, era un tonel de ambición tan grande como su amigo Fernando VII o como el simplón de Godoy. El único bienestar que a estas alturas le importaba a Napoleón era el suyo, y era lo único que pretendia extendiendo la revolución como G. W. Bush la democracia por Irak. Decir que con Napoleón seríamos todos ricos y cultos es una bobada. España estaba condenada a ser satélite de un Imperio continental, y los españoles a rendir pleitesia a Versalles, en lugar de hacerlo al Palacio de Oriente. Tan vallasos de uno como lo eran del otro. Napoleón, su ego y su ambición, estuvieron a punto de acabar con la Revolución, lo cual por fortuna no consiguieron.

La oportunidad de romper con el pasado, con la triste realidad de la España del XIX pasó por Cádiz, donde realmente unos cuantos hombres en representación de la nación, ese termino acuñado poco antes, tomaron conciencia de si mismos. El futuro se escribió de España se escribió en Cádiz, ni en Versalles, ni en Bayona, ni en la mente de Fernando VII.

Esta noche habrá que tomarse algo, por Daoiz, por Velarde y por la Constitución de Cádiz.

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