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Padres y redes sociales

Por @suyeltes (anticipo de su futuro blog)

Hoy en día se está produciendo un cambio en las relaciones personales, es evidente. Lejos quedan ya las cartas que se  escribían en los 90 para mantener el contacto con los amigos del verano y esos sms de móviles que ocupaban el tiempo y se llevaban la paga. Ahora la comunicación juvenil viene de la mano de las Redes Sociales. Este mundo virtual de relaciones entre usuarios tiene como fin crear, compartir, y recibir, dentro de un espacio controlado. Este es uno de los lugares donde se relacionan nuestros jóvenes.

No soy una experta en Redes Sociales, pero a través de mi contacto con ellas y con los jovenes considero que no son un peligro para los adolescentes. Día tras día, observo a padres atemorizados por Internet. Cosa que, por otra parte, no me extraña, ya que los medios de comunicación masiva ayudan a apoyar esas creencias.

Que las Redes Sociales entrañan sus peligros, es innegable,  pero no más que salir a la calle. No tiene ningún sentido que los padres prohiban a los niños tener cuentas en facebook, tuenti, twitter, myspace (amenaza paternar moderna) ya que lo único que consiguen realmente es aislar al chico. Los padres deberían invertir sus esfuerzos en conocer las redes sociales. Es decir, al igual que se le enseña a un niño a utilizar el cuchillo, se le debe de enseñar a utilizar las Redes Sociales. Al igual que se le marcan normas ( no irse con extraños, no enseñar ropa interior) para su “vida real”, se le deberán estipular esas mismas reglas en la “vida virtual” (no aceptar a desconocidos, no subir fotos inadecuadas a las redes, etc).

En definitiva, los padres deben adaptarse a los tiempos para poder educar a sus hijos. No valen excusas, la educación ha cambiado y los métodos también. No produce ningún beneficio transmitirle a los niños el miedo a la Red, un miedo irreal, ya que la red es el futuro (y el presente). Prohibirles además es imposible.

Hay métodos. El primer paso es manejar la propia red ( hay numerosos cursos para padres, guías) para saber dónde van a pasar el tiempo los hijos y que tipo de actividad pueden realizar en estos sitios. Después se debería intentar hablar con el joven de lo que no sería recomendable  subir a la red ( datos personales, fotos comprometidas, determinados archivos,etc), para posteriormente hacer pactos, es decir “fijar las reglas del juego”.Quizás en una edad temprana el niño puede conseguir acceder a la Redes Sociales con un control estrecho, teniendo a los padres como “amigos” o apalabrar vistas de los progenitores al perfil; estipular un tiempo de uso; dejar claro que no se podrán realizar compras; etc. Cuando los chicos son ya mayores, y este trabajo previo no se ha realizado, solo servirá inculcarle unos valores. Esos valores que los guiarán por la vida, servirán también en el espacio virtual.

 Y es que de nada sirve quejarse y odiar la Redes Sociales, ya que son y van a ser, uno de los mejores espacios posibles de relación y de transmisión de conocimiento. Y así, igual que se han adaptado las Administraciones Públicas a este sistema, se han de adaptar los padres para conseguir que los jóvenes hagan un uso responsable de una herramiento con gran potencial.

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Los eurodiputados y la victoria de las redes sociales (o no)

Felicidades camaradas, ¡la revolución ha triunfado! Al fin, las redes sociales, el nuevo instrumento de la vanguardia del proletariado y de la ciudadanía, han servido para tumbar al Leviatán decimonónico. Ayer, los tipos esos a los que pagamos un salario estratosférico por hacer no sabemos bien qué en una ciudad del norte de Europa, rechazaron recortar algunos de sus privilegios. Pero ahí estábamos nosotros, la voz de la sociedad, para hacerles frente. En unas horas convertimos su desvergüenza en Trending Topic (#eurodiputadoscaraduras), las barricadas del dospuntocerimos, y les obligamos a claudicar. Bueno, realmente solo claudicaron un poquito, pero claudicaron, que es lo importante. Hemos vencido, camaradas, y es justo que ahora corramos a bares y tascas y hagamos nadar nuestra alegría revolucionaria en vino y cerveza, los frutos del sudor unopuntocero de nuestros agricultores e industriales. Hemos salvado nuestro honor y el de la revolución.

Claro, que la realidad es tozuna y no atiende a nuestros logros. Mientras asaltábamos el Parlamento Europeo con nuestros hashtag, Portugal, el terruño ese situado al otro lado de la frontera, solicitaba a la Unión Europea que activase los mecanismos para seguir el camino de Grecia e Irlanda, es decir, para dimitir como país. Asediados por la realidad (una economía estancada desde hace lustros y un deficit estructural histórico), los mercados (aquello de la profecía autocumplida) y la política (esa oposición que prioriza ganar unas elecciones a la soberania fiscal de la nación) Portugal ha caído a los abismos. ¿No será una cortina de humo para evitar que se hable de nuestros éxitos? Seguramente. Como también debe ser una cortina de humo eso del aeropuerto sin aviones pagado a escote por todos los ciudadanos, y el olor a podredumbre que emana de Andalucía, Valencia y Madrid. ¿Y que me dicen del paro? Cuatro millones de pequeñas cortinas de humo ¿Y los recortes en Cataluña en educación y sanidad mientras se rebajan impuestos a los ricos? Otra cortina de humo ¿Y los bancos malos para sanear las cajas de ahorro y que, me temo, terminaremos saneando entre todos? Otra cortina de humo ¿Y la contención salarial para lustros venideros que anuncia el Gobierno? Más cortinas de humo

¡Camaradas! ¡No os dejéis engañar! Hemos vencido al monstruo parlamentario europeo. El cielo revolucionario está más cerca y tiene wifi gratis. Marquemos juntos nuestro próximo objetivo colectivo ¿Cual puede ser? ¡Ya sé! Obliguemos a los gobiernos a adoptar medidas de recorte de gastos que apenas supongan unos pocos euros pero que maquillen la realidad. Ah, no, esperad. Ya dijimos hace unos meses que esto no nos parecía ni oportuno ni útil. Da igual, no sufráis, ya se nos ocurrirá algo. Que no os asalten las dudas, camaradas. ¡A las barricadas… digo… ¡a las redes sociales!

Oíd, camaradas del dospuntocerismo ¿y si nos dejamos de chupar nuestros lustrosos miembros viriles digitales y miramos la realidad?

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No al Ministerio del Buen Karma (último comunicado de La Resistencia)

Algún lugar de España, 4 de Marzo de 2018

Escribo estas líneas desde uno de los últimos bunker de la resistencia. Desde un zulo húmedo, iluminado solo por la pantalla del ordenador y forrado por tres capas de papel de aluminio que conseguí ayer de contrabando. No he tenido suficiente para forrarme la cabeza, como recomiendan los manuales de la resistencia, así que he optado por colgar del techo, con un poco de celo y masilla, unas perchas metálicas. Espero que con eso sea suficiente para impedir el rastreo de los satélites de pensamiento.

Nunca pensé encontrarme en una situación como esta, escribiendo una especie de comunicado al mundo, escondido bajo tierra, aterrorizado por cada sonido que escucho fuera de mi último reducto, esperando que en cualquier momento la puerta se abra y se acabe todo. Parece una puta película americana.

Pero no, no es una película. Esto es la vida real aunque parezca el dramático guión de un demente. Una historia sin sentido pero con la misma estructura que una obra clásica: introducción, nudo y desenlace.

En este país, España, siempre hemos sido un poco de cogérnosla con papel de fumar. Bueno, siempre no, digamos que desde hace un tiempo nos habíamos vuelto unos puritanos, unos fundamentalistas de lo políticamente correcto. A nivel público, procurábamos utilizar un lenguaje en extremo medido, que no hiciese daño a nada, ni a nadie. Distintos colectivos velaban porque así fuera, editaban folletos y trípticos pagados con dinero público para enseñarnos a hablar sin herir sensibilidades y criticaban públicamente a los que osaban saltarse estas normas de urbanidad. A todos, seamos sinceros, nos parecía más o menos bien. La mayoría pensábamos que no hacían mal a nadie y que todos tenemos derecho a perseguir causas más o menos quijotescas.

 

He escuchado un ruido arriba, voy a comprobarlo, ahora vuelvo.

No he visto nada, espero que fuese el gato. Continuo…

 

El asunto se complicó un poco con Internet y las redes sociales. Ahora existía un espacio donde todo el mundo podía opinar y hablar sin tapujos. Eso, que en un principio parecía contribuir a la libertad de expresión y a la distribución del porno, pronto se convirtió en un problema para lo primero; el porno siguió fluyendo sin problemas. Estar todo el día hablando, opinando o debatiendo en la red te exponía a poder cometer un error en cualquier momento. Un chiste fácil que disgustase a alguien, un chascarrillo de dudoso gusto o un comentario políticamente incorrecto era rebotado por cientos de personas y a los pocos minutos estabas en los telediarios, la prensa, la radio, el programa de Ana Rosa y se publicaban miles de blog que te criticaban. Además, la explosión de los teléfonos inteligentes con cámaras de foto y video extendía la red a todos los rincones del mundo civilizado. No era necesario estar delante de un ordenador para poder escribir. Desde cualquier lugar se podía chatear, comentar o subir a la red una fotografía o un video al instante. Evidentemente, esto tenía cosas buenas y malas. Permitía un acceso más rápido a la información desde cualquier lugar, pero también permitía que si alguien expulsaba una flatulencia en un botellón, un segundo después todo el mundo pudiese ver el video en Internet.

Todo el mundo opinaba, compartía, hablaba y, de cuando en cuando, alguien metía la gamba y era crucificado en todos los medios. Las empresas, preocupadas por su imagen pero no por sus clientes, empezaron a presionar a sus empleados para que con sus opiniones no les perjudicasen. Si alguien se hacia famoso en Internet por eructar al compás del himno nacional, su empresa le convocaba urgentemente y le despedía porque esa no era la imagen que querían dar al mundo. Un chiste fuera de tono, despedido. Un comentario jocoso en una red social que hería la sensibilidad de alguien, despedido. Una tontería compartida con el mundo llevado por la euforia del alcohol, despedido. Un video en el que aparecías diciendo estupideces borracho con un amigo, despedido. Daba igual que la empresa no tuviese ninguna relación con el comentario de su empleado, que lo hubiese dicho tirado en el sofá o en una conferencia en el círculo de Bellas Artes; daba igual, lo importante era mantenerse al lado de lo políticamente correcto. Las empresas empezaron a guiarse por la opinión de la red y a infiltrarse en las redes sociales para controlar a sus empleados, lo que pensaban y lo que decían.

Evidentemente, el Gobierno y los partidos políticos no tardaron en tomar cartas en el asunto y legislaron al respecto: espiar a los empleados era perfectamente legal. Hubo algunas protestas, pero el gobierno las sofocó diciendo que era una forma de ganarnos la confianza de los mercados; unas empresas con empleados mentalmente estables, educados y políticamente correctos eran más de fiar que unas que estuviesen llenas de borrachos bocachanclas con opiniones poco respetables. Sí, el portavoz del gobierno dijo bocachancla y sí, a nadie le extrañó.

Estas medidas hicieron que cada vez más gente fuese despedida por irse de la lengua y obligó a los empleados a adaptarse. También se adaptaron los ingenieros chinos y los bazares de la misma nacionalidad, que enseguida pusieron a la venta dispositivos que, conectados al móvil o al portátil, impedían acceder a Internet si no estabas sobrio.

La presión se hacía tan insoportable que la ciudadanía se movilizó y organizó quedadas digitales en las que se contaban chistes sobre las minorías étnicas y las religiones, se intercambiaban chascarrillos sexistas y se insultaba a los políticos. La iniciativa tuvo éxito y llegó a los representantes políticos que negociaron urgentemente una solución: el Gobierno despidió por Real Decreto a todos los que habían participado en el citado evento y creó una nueva división de la Guardia Civil para perseguir este tipo de delitos, que quedó tipificado en el código penal como “Delito de buenas maneras” y que se juzgaba, por la vía urgente, en la Audiencia Nacional. Como explicó el responsable del renombrado Ministerio del Interior y del Buen Karma, no se perseguía la libertad de expresión, ni las opiniones libres de cada uno, solo aquellas que hiciesen daño a alguien. Ya saben el dicho, comentó el ministro, mi libertad acaba donde empieza la de los demás.

Cientos de personas acabaron en la listas del paro y en la cárcel por comentarios inapropiados. A otras, todas las medidas tomadas les parecían pocas e instaron al gobierno a profundizar en la limpieza del karma de la nación. Ante la llegada de las elecciones, los políticos se pusieron a trabajar e idearon un sistema revolucionario para el control de las opiniones: lanzaron al espacio desde la base de la Guayana francesa tres satélites geoestacionarios que registraban todo lo que se opinaba en la red, en la calle o en los bares. La medida fue muy aplaudida, pero pronto pareció escasa. La gente seguía pensando cosas inapropiadas y de mal gusto. Un nuevo satélite, capaz de leer el pensamiento, fue lanzado inmediatamente para completar la red de registro de la opinión.  Con este, ya nada escapa a la Unidad de Buen Karma de la Guardia Civil. Todo aquel que dijese o pensase algo inapropiado sobre los judíos, los gitanos, los bizcos, los bajitos o las suegras acababa ante un juez. La mayoría de ellos pasó un par de años en la cárcel asistiendo a programas de reinserción que les ayudaba a controlar sus impulsos. Los últimos datos dados por el Ministro del Interior y del Buen Karma hablaban de seis millones de españoles, la mayoría con títulos universitarios, entre rejas por delitos de opinión.

Parecía una pesadilla, pero era real. Hoy apenas quedan en España sitios donde expresarse en libertad o donde contar chistes verdes. Se han organizado lugares de acceso a la red protegidos, forrados de plomo o de papel de aluminio, pero a la misma velocidad que se crean, la Guardia Civil los desmantela. Sí, es verdad que en la calle todos somos ahora mucho más amables, pero la libertad de expresión debería ser sagrada.

 

He vuelto a escuchar algo arriba. Creo que oigo pasos. Dios, han venido a por mi, no han servido de nada las perchas.

Ya bajan por las escaleras, aporrean la puerta, se acabó.

Difundid mi mensaje si aún sois libres……

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¿#Nolesvotes?

Si usted frecuenta eso que llamamos redes sociales habrá asistido en los últimos días a los primeros pasos de un movimiento de rechazo a los principales partidos políticos denominado No les votes. También es posible que haya leido opiniones a favor y en contra del movimiento. Las opiniones a favor suelen estar firmadas por sus impulsores y, en general, por aquellos ciudadanos descontentos con los partidos y, en especial con la Ley Sinde. Las opiniones en contra suelen salir desde dentro de los propios partidos y desde sus cercanías (afiliados, militantes, simpatizantes, etc.) No todas, en uno y otro bando, son muy afortunadas.

Seamos sinceros: esta opinión que van ustedes a leer, si siguen a estas alturas leyendo, surge de alguien que está a medio camino entre unos y otros. Soy afiliado a un partido político (pago religiosamente mis cuotas) pero no me gusta como funcionan, ni me gusta por supuesto la Ley Sinde. Esto no quiere decir que sea imparcial ni que me encuentre en posesión de esa quimérica verdad que dicen se encuentra en el centro (sea eso donde sea), solo expongo lo anterior para que sepan con quien hablan (o a quien leen).

La Ley Sinde, que ha servido de catalizador de este movimiento, no es el principal problema de este país. Es una mierda, sí, no va servir para nada, también, responde a las presiones de un lobby cercano al gobierno y a las “sugerencias” de otros paises, es verdad; pero resulta sorprendente que hayamos tenido que esperar a su aprobación para montar las barricadas. ¿Y el paro? ¿Y la fractura del Estado del Bienestar? ¿Por qué no hemos salido a las calles por esto? La Ley Sinde es importante, muy importante, incluso si no lo fuera no podríamos reprochar a nadie que luchara por defender su posición al respecto; pero echo en falta que el movimiento tenga miras más amplias. Que una sociedad como la española se movilice es positivo, que lo haga solo por esto es chocante. A mi me gustaría ver movimientos, o a este mismo, defendiendo la Sanidad Pública, la Educación Pública, la Ley de Dependencia; luchando contra el maltrato o apoyando causas cien veces más importantes que esta. Me dirán que es un movimiento de hartazgo hacia toda nuestra clase política. En primer lugar esto no es del todo cierto, señalan a PP, PSOE y CiU, los que votaron afirmativamente a la Ley Sinde; y en segundo lugar es caer de nuevo en el viejo y dañino tópico de que son todos iguales. Incluso entre esos tres partidos hay evidentes diferencias. Sí, también dicen que lo que buscan es una ciudadanía informada y que no piden a nadie su voto o su abstención; pero primero señalan con el dedo a los malos de la película.

Con todo, me alegro mucho de que por fin estén surgiendo estos movimientos. De que por fin, sea como fuere, haya gente implicándose en la defensa de sus intereses y de sus ideas. Movimientos de base que permitan al ciudadano organizarse, opinar y aportar. La Ley Sinde no es el principal problema de este país pero sí es un síntoma del mal funcionamiento de los partidos políticos. Creo que era Ernesto Guevara (Che Guevara) quien decía que las ideas sin organización no sobrevivirían. Hoy en día el problema es que los partidos políticos, la organización, se ha convertido en muchas ocasiones en un bunker refrigerado donde las ideas ni se crean, ni se destruyen, ni se transforman. El reto de los partidos es abrirse a la sociedad, escucharla y responderla. Los partidos no son permeables a la ciudadanía que les rodea porque tan solo una minoría tiene voz y voto dentro del búnker. No quiero decir que los partidos sean poco democráticos, que en ocasiones lo son, quiero decir que muy poca gente participa en la vida de los partidos políticos que luego toman las decisiones. ¿Cuántas personas decidieron el candidato a la Comunidad de Madrid del PSOE? ¿Cuántas toman la decisión en Barcelona? Y menciono estos casos por no hablar de la digitocracia de otros partidos.  Por suerte o por desgracia, hasta que encontremos una forma más efectiva y representativa de tomar decisiones en democracia, los partidos son y serán fundamentales. Que nuestros partidos gocen de buena salud, que nuestros partidos funcionen bien, hará que nuestra democracia funcione y esto será más fácil cuanto más gente se implique en el día a día del sistema.

Internet y las redes sociales han abierto una ventana en el búnker de la partitocracia pero todavía es estrecha. Estas iniciativas, aunque se puedan equivocar en los objetivos y en las formas, ayudan a ensancharla.

Bienvenidas sean todas, aunque no compartamos sus ideas, aunque esta vez no estemos de acuerdo.

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