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(Casi) de vuelta.

Amigos y amigas, ya estoy de vuelta por las Españas, en concreto en la ciudad amurallada, pero de momento voy a tardar un tiempo en retomar el blog. Cuestiones de intendencia me impiden un acceso pausado y continuado a un ordenador, así que tendréis que sobrevivir sin mi al menos una semana. Es posible que cuelgue algo antes, pero no puedo prometer nada. Hay que hablar de las elecciones, de las primarias, retomar un relato de zombies, imaginar una Ávila más luminosa y, por supuesto, contar por aquí algunas de mis andanzas vacacionales.

Vuelvo en breve, lo prometo.

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Vacaciones

En una semana estoy de vuelta. No hagáis la revolución sin mi (os vigilaré por el tuiter, si el wifi del hotel funciona)

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…algo dirán las terminales de aeropuerto…

–  Sus altramuces. Son dos euros y cincuenta céntimos.

La mujer, alemana, rubia, jubilada, extrae dos monedas de dos euros de su riñonera negra y se las entrega a la azafata. Esta sonrie y le da la vuelta. Mientras, una pareja joven se besa. Delante de ellos, un niño pequeño llora. Crepitar eléctrico. Una voz en inglés, luego en castellano, pide a los pasajeros que vuelvan a sus asientos. La pareja se vuelve a besar y se dan la mano. El niño sigue llorando mientras su madre intenta ponerle el cinturón de seguridad. La jubilada alemana guarda sus altramuces sin haberlos abierto. Seguramente, piensa, si hubiese esperado veinte minutos me habrían salido más baratos. Chirrían las ruedas al tocar el suelo. Aeropuerto Internacional de Madrid-Barajas. Despejado. 23 grados.

Otro crepitar eléctrico. Próxima parada: Nuevos Ministerios. Correspondencias con lineas 6 y 10. El metro se bambolea de un lado a otro mientras se acerca a la parada. Un hombre con el pantalón manchado de cemento intenta controlar las cabezadas. Una pareja tontea sentada mientras se deslizan bajo la ciudad. Un niño con sindrome de Down grita una y otra vez las tres primeras letras del abecedario. Su madre le mira orgullosa. Frente a ellos, un ser disfrazado de persona, con traje negro de sastre, maletín negro y alma a juego, les mira con desprecio. Seguramente su madre no le mira orgullosa.

Las escaleras mecánicas abandonan la ciudad subterránea y ofrecen, a la derecha, la estampa de la ciudad que quiere tocar el cielo. Un nuevo bullicio de gente. Andenes, prisas, maletas. Cansancio conocido en rostros desconocidos. Hacia allí. El mismo crepitar eléctrico, distinta voz: Ávila… Salamanca… Vía 20. No llegamos. ¿El siguiente? 21.13. Esperaremos.

Al llegar, las luces de la muralla ya estaban apagadas pero ellas seguían allí, en la penumbra.

De vuelta.

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