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Las Autonomías (otra vez)

No se lo van a creer, es normal, pero les juro por mi peluche favorito que uno de los temas del momento, uno de los hits de la actualidad patria, es la configuración territorial del Estado en su vertiente autonómica. Si, ya sé que es algo que salta de vez en cuando a la primera plana de los medios, pero ahora tiene tintes novedosos, se lo aseguro. A un lado del ring y defendiendo el título, los nacionalismos periféricos, siempre incómodos con el modelo, las costuras y las compañías. Al otro lado del cuadrilátero, en exclusiva mundial, los neocentralistas (aplausos aquí) encabezados por un antiguo campeón, el ex-presidente Aznar y con la nueva estrella emergente de la derecha, el alcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva (aullidos de admiración aquí).

Todos ellos se han descolgado en las últimas semanas con declaraciones contra el actual modelo autonómico y, oh sorpresa, todos coinciden: el estado de las autonomías es insostenible. Una vez más, todos se esfuerzan por confirmar una vieja máxima política: los extremos se tocan. Y no acabamos aquí, todos ellos coinciden en que además de inviable es un despilfarro.

Desde el bando neocentralista, nos repiten una y otra vez aquel mantra de las 17 Españas, los 17 gobiernos, los solapamientos y las duplicidades. En resumen, España se rompe y además sale caro. El cabeza de familia de los neocentralistas, el político con mejor y más usado perfil de España, Don Mariano Rajoy, hace como acostumbra: no mojarse en exceso para no disgustar a nadie. A él le gustan las autonomías, por supuesto, son positivas para el ciudadano y no cree que sea necesario que estas devuelvan competencias al Estado, pero en situaciones como la actual el modelo “puede ser mejorable”. Para redondear la intervención ha pedido a todo el mundo que concretase (se ignora si él se considera parte de ese “todo el mundo”)

Desde el otro bando el mensaje es parecido, pero no igual: el modelo es caro, sí, y además lo pagamos nosotros (Cataluña y Euskadi, se supone) para que otros vivan de subvenciones (Extremadura y Andalucia, principalmente). En resumen: el café para todos está aguado y nosotros lo preferimos con leche, así que pedimos por nuestra cuenta.

En definitiva, el eterno debate entre quienes piensan que las autonomías son una barbaridad por excesivas y rompepatrias; y aquellos otros que piensan que las autonomías son una barbaridad por escasas y unificadoras. A la vista de estas posiciones, si fuese verdad que en el termino medio se encuentra la virtud, las autonomías estarían camino de los altares del virtuosismo.

Un servidor de ustedes ya escribió sobre este tema hace unos años, en otro de los momentos álgidos del debate autonómico, y como es difícil cambiar superados los 25 años, sigo pensando practicamente igual. “Las Comunidades Autónomas han sido uno de los motores del desarrollo de España. Han servido para recortar desigualdades económicas y sociales, proteger e impulsar las culturas regionales, defender los idiomas propios como patrimonio común del Estado, además de servir de respuesta a las ansias de autogobierno de parte de la ciudadanía. No han sido pocos los aciertos del sistema y es necesario un reconocimiento” decía por entonces y lo mantengo. Incluso ahora que la situación económica, política y social no es la mejor, el Estado Autonómico es uno de los principales activos con los que contamos a la hora de hacer frente a la crisis.

Pero también reconocía entonces y reconozco ahora que “el sistema ha presentado problemas de cimentación y de desarrollo desde el comienzo. Desde aquellas dos vías de acceso al autogobierno, hasta las últimas transferencias, pasando por un Senado, cámara de representación territorial, escasamente funcional. En la actualidad, y sobre todo en determinadas cuestiones, las Comunidades Autónomas parecen reinos de taifas dirigidos por reyezuelos locales envidiosos de las glorias y esplendores de los vecinos” Como pensaba entonces, el problema de las autonomías es que en muchas ocasiones son cobijo de personajes políticos de segunda o tercera clase. No es necesario querer romper España para ser un reyezuelo, basta con ser Camps, Aguirre, Valcarcel o el exiliado Matas.

La reforma que necesita el Estado Autonómico no es centralizadora, ni pasa por la eliminación de determinadas autonomías. La reforma pasa por avanzar, todos juntos y yo el primero, por la senda federalista, por perfeccionar el modelo esbozado en la Constitución. Dejemos de gritarnos y abramos un debate donde tratar todos los puntos que sean necesarios, desde las competencias a la reforma del Senado, pasando por la financiación, la descentralización municipal o la eliminación de las diputaciones; lo que haga falta. Creemos un modelo que no solo asegure el autogobierno de las Autonomías y fije el primordial papel del Estado central; un modelo que vaya más allá, que hable de participación directa de las CCAA en las decisiones del Estado, de responsabilidad conjunta en el Gobierno de todos. Como dijo una vez Suso del Toro, no solo faltan teóricos del federalismo, faltan teóricos, prácticos, ganas y fuerzas.

Abramos el debate para desarrollar un modelo que sirva para que todas las administraciones remen hacia la misma orilla. Como dice Jordi Sevilla en un artículo del año 2006 sobre el impacto económico del estado autonómico (pdf) “durante los últimos años se ha puesto en evidencia que los países con un Sector Público fuerte y eficiente pueden enfrentarse con más posibilidades de éxito a situaciones de crisis económica. Tal y como ha ocurrido en los países del Norte de Europa, en los que un potente Sector Público ha sido el factor coadyuvante para superar esas crisis de manera eficaz, con el apoyo de sociedades cohesionadas, bien estructuradas y avanzadas.”

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El expolio de Catalunya (y Madrid, Baleares y Valencia)

En el dia de hoy, el Gobierno de nuestra Nación (y no me refiero a Juanvi, que está de vacaciones) ha publicado, para mayor gloria de los medios de comunicación y de los políticos de guardia estival, las ultrafamosas balanzas fiscales, de las cuales ya he hablado aquí. Los resultados, los esperados. Madrid, Baleares, Valencia y Cataluña son contribuyentes netos al sistema, mientras que el resto de las comunidades, en mayor o menor medida, son beneficiarios netos. Es decir, las Comunidades Autónomas con mayor renta per cápita aportan más al sistema que aquellas que tienen una menor renta, que reciben más. ¿Y donde está el problema? ¿No se supone que una de las bases de nuestro sistema es la redistribución de la riqueza?

Hay gente que no parece estar muy feliz con que el sistema funcione. Como Eva Mintenig, del Diario Público. Dice:

“Es un escándalo, desde todos los puntos de vista. Y eso que no estoy citando las conclusiones del gobierno catalán, que cifraba la semana pasada este déficit en un punto por encima de las cifras del gobierno español. Concretamente, según el gobierno catalán, el déficit era, a 2005, del 9’8% del PIB. Y que conste que en múltiples sentencias de tribunales constitucionales de países europeos, en algunos de los cuales el federalismo es el modelo de estado, cualquier déficit por encima del 5% se considera expolio fiscal, es decir, robo.”

Y apunta, clarividente:

“Señores, que en Barcelona sólo tenemos AVE desde hace unos mesecitos. Que lo que pasó con cercanías de RENFE es de juzgado de guardia, que nos faltan 150 médicos de familia para cubrir la demanda de este verano, que hay pocos ordenadores en las escuelas.”

Evidentemente, aquí, en la Castilla y León expoliadora tenemos AVE (palomas a patadas, eso sí), el tren funciona de maravilla (en el TRD me han dicho que te hacen la manicura y te la chupan mientras viajas) y las escuelas están llenas de ordenadores (un MacBook Air por cada ojo de niño, los niños con gafas cuatro). De medicos no se como andamos, pero seguro que de lujo. Y aunque esta demagogia barata sirva para descalificar todo el artículo me esforzaré en recordarle a esta joven y a todos los que estén interesados que LAS CCAA NO PAGAN IMPUESTOS, SON LOS CIUDADANOS EN FUNCIÓN DE SUS RENTAS.

Cataluña (vale también para Baleares, Madrid y Valencia) no paga al Estado, son sus ciudadanos y sus empresas las que pagan impuestos que el estado redistribuye atendiendo a principios tales como la igualdad y la solidaridad, no en virtud de la bandera que ondee en sus parlamentos regionales.

Lo único que demuestran estas balanzas fiscales es que el sistema funciona, y que los ciudadanos que más tienen, vivan donde vivan, colaboran con sus impuestos para que el Estado pueda cubrir las necesidades de aquellos que menos tienen, vivan donde vivan.

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