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Intentando vivir del cuento

Como todos ustedes saben, el que esto escribe tiene como afición juntar letras con intenciones pseudoliterarias. Lo que en un primer momento se mantiene en secreto por vergüenza, termina por ver la luz en forma de blog (de este, de otros y de otros anteriores). Por último, cuando el ego te supera, decides que esas letras que malamente juntas merecen admiración, reconocimiento, aplausos y, en ocasiones, premios y galardones. Por fortuna, esto último ya me ha sucedido un par de veces (aquí y aquí) lo que demuestra fehacientemente dos cosas: que vivimos en el país de las oportunidades y que mi capacidad para engatusar a un jurado es mayor de lo que esperaba.

Pues hete aquí, ha vuelto a suceder. Como Camps, he vuelto a engañar a un jurado, aunque he de reconocer que no lo suficiente. No he ganado, pero uno de mis relatos ha sido seleccionado en la cuarta edición del Concurso de Microrrelatos de la U. de Salamanca.

Gracias, gracias y gracias.

Les dejo aquí mi relato y les recomiendo encarecidamente que lean los demás, merecedores, humildemente lo reconozco, de más reconocimiento que el mio.

Caza menor

La primera bala pasó silbando a pocos centímetros de su cabeza. Avanzó un poco y volvió a retroceder. Es más difícil acertar sobre un blanco en movimiento, pensó. La segunda bala le pasó rozando por debajo. Intentó tragar, pero no podía. La tercera bala impactó de lleno sobre el cuerpo de uno de sus compañeros, 20 centímetros delante suyo. Se tambaleó y cayó. El sonido del impacto estuvo a punto de provocarle un infarto. Sabía que quedaba poco, que aquel suplicio estaba a punto de terminar, pero también sabía que luego volvería a empezar.

Oyó el disparó y desde el primer momento supo que había llegado su turno. Notaba la bala acercarse rápidamente hacia él. Si hubiese podido habría huido, habría abandonado aquel lugar levantando el vuelo. Pero no podía. La bala le dió en el costado, bajo el ala. Intentó resistir erguido pero no pudo. Terminó por precipitarse al vacío. Desde allí, bocabajo, moviéndose aún, pudo ver como otros compañeros caían y como el cazador, feliz, recogía un inmenso oso de peluche como trofeo por su matanza.

Con un click volvió a enderezarse listo para volver a morir. Así era la vida de un pato de feria.

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¡He venido a hablar de mi relato!

Como alguno de ustedes sabrá, de cuando en cuando dedico algún rato libre a juntar letras en forma de relatos. Por aquí he colgado, en ocasiones anteriores, alguno de ellos con desigual éxito de crítica y público. De un tiempo a esta parte, y gracias sobre todo a la insistencia de mi pareja, alguno de los relatos que escribía han ido a parar a distintos concursos, premios y certámenes. Hace no mucho les informaba de que uno de mis relatos había sido seleccionado dentro del certamen “El vuelo de la palabra” organizado por el Ayuntamiento de Badajoz y posteriormente publicado junto con otros en un volumen conmemorativo.

 La buena nueva (para mi, que no para la literatura) es que he vuelto a ganar un certamen literario: el 1er premio de prosa en el XIII Certamen Literario Letras de Baños, organizado en la localidad cacereña de Baños de Montemayor. Hasta allí me he desplazado este fin de semana a recoger el premio, disfrutar de la compañía, tomar una cerveza (o dos) y relajarme en el balneario de la localidad.

 Desde aquí dar las gracias a los organizadores, al jurado, a los demás galardonados y a todos los participantes.

 El relato se titula La Tormenta y puede leerse AQUÍ (pdf)

Actualización: Todos los relatos y poemas seleccionados están aquí.

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Maratón

Seguía corriendo por el sendero que serpenteaba entre los viejos árboles, jadeando, con la ropa pegada al cuerpo empapada de sudor. Estaba agotado, le dolía el pecho y notaba las piernas flaquear a cada paso, pero tenía que seguir corriendo. Su mensaje tenía que llegar, como fuese, a la ciudad.

 Esquivó un tronco caído, se agachó para sortear unas viejas ramas vencidas sobre la senda y giró a la izquierda dejando atrás, por fin, el bosque y penetrando en las llanuras de cereales desde las que ya se veían, imponentes sobre el cerro, las murallas doradas de la ciudad. La visión le confirió nuevas fuerzas, las últimas seguramente dentro de su menudo cuerpo, que le permitieron ganar velocidad. Estaba extenuado y delante de sus ojos empezaban a flotar pequeñas manchas oscuras. Mala señal, pensó, pero tengo que llegar como sea.

 Siguió corriendo, atravesando raudo los campos de cultivo de la ciudad y, siguiendo el curso del río, fue acercándose a las murallas. Las rodearía por el este, junto al río y subiría hasta el templo por el norte del cerro amurallado, por la vieja ronda. Allí, frente al templo, estarían en aquel momento esperando su mensaje, estaba seguro. Allí le estarían esperando ¿dónde sino en una fecha como esa? Hacía horas que no tenían noticias suyas ni de sus compañeros y era capaz de imaginar la tensión reflejada en la cara de los congregados. En él, el más rápido y mejor atleta de entre sus compañeros, había recaído la responsabilidad de transportar veloz aquella noticia. Era su carga y su orgulló.

 Giró a la derecha y se preparó para subir, bordeando las murallas, hasta la parte más alta de la ciudad, donde se elevaba el templo. A medida que ascendía por las faldas del cerro amurallado, sus doloridas piernas aumentaban la intensidad de su sufrimiento. Un poco más, se decía, no queda nada.

 Volvió a girar a la derecha, dejó atrás una de las puertas de la muralla, y se dirigió a la que daba acceso directo al templo. Allí, la gente se agolpaba a ambos lados de la puerta intentando por igual entrar y salir de la ciudad fortificada. Se abrió paso y pronto encontró su camino franqueado. Sonaban trompetas y tambores. A uno y otro lado, la gente, que parecía abrirle paso hasta el templo, le miraba extrañada. A su izquierda, por fin, el templo se erguía majestuoso dominando la plaza y frente a él observó las caras conocidas a las que iba destinado el mensaje.

 Apunto de desfallecer, se acercó a ellos, cayó al suelo y con un último suspiro transmitió su mensaje:

–  Νενικήκαμεν (Nenikékamen)

– ¿Qué dice este niño? – dijo una figura enlutada que se abría paso entre el gentío – Y la bicicleta ¿dónde la has dejado?

 – Dejale que respire, madre. A ver, Felipe, hijo ¿qué te pasa? – dijo la mujer más joven acercándose al desfallecido muchacho.

 – Mamá… se nos pincharon las ruedas de las bicis en el Fresno… – tomó aliento – …y cómo no teníamos nada para arreglarlas… – volvió a respirar –…he venido corriendo desde allí… para ver si podía ir papá a buscar a estos.

 – ¿Pero has venido corriendo desde el Fresno? Madre de Dios –exclamó la abuela – ¿Cuántos kilómetros son esos?

– Por lo menos 42 – exageró Felipe

 – ¿Y el móvil? – preguntó su madre

 – Sin batería – dijo Felipe mientras se recuperaba sentado en la acera, frente a la catedral

–  Está bien. Tu padre se ha quedado en casa, no le apetecía subir a la procesión. Ahora mismo le llamo para que vaya a buscar a tus amigos. Tú vete a casa y date una ducha que estás empapado. – dijo compresiva su madre.

– Estos críos, mira que irse con la bicicleta en Viernes Santo.

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Ya soy escribidor… digo… escritor

El pasado sábado se presentaba en Badajoz, en un acto que servía de clausura de la Feria del libro de este año, los resultados de la edición de este año de “El Vuelo de la Palabra”. El Vuelo, lo llamaremos así por abreviar, es un pequeño concurso de poesía y relato corto abierto a todas las personas nacidas, residentes o relacionadas con Extremadura, convocado por el Ayto. De Badajoz desde hace once años. Este concurso da lugar a dos volúmenes, uno para la poesía y otro para el relato, en el que se dan cita las obras seleccionadas en el concurso con otras obras cedidas por autores reconocidos con obra publicada. Y no os lo vais a creer, el volumen dedicado al relato corto contiene una obra mía. Sí, habéis acertado, fui uno de los ganadores del concurso.

 Mi relato, titulado Orión, es una de mis tonterías habituales. Que nadie espere una profunda reflexión, una lacrimosa historia de amor o una historia coral que abra nuevos caminos al relato, a la novela y a la civilización occidental. En serio, es una de mis tonterías habituales. No han premiado mi genialidad ni mi calidad literaria, porque no tengo. Han premiado mi tenacidad, o más bien la tenacidad de mi pareja presionándome para que me presente a estas cosas, y mi capacidad para vivir en sociedad a pesar de mis visibles problemas mentales.

 La verdad es que hace mucha ilusión ver algo tuyo publicado en papel. Sí, escribir un blog es estupendo, el 2.0 es una cosa loca, pero, amigos, el fetichismo de la celulosa aún es poderoso.

 Me encantaría compartir el libro, o al menos mi relato, con vosotros, pero ya sabéis como son las cosas. Los derechos son del Ayuntamiento, a mi me pagan una millonada, Sinde me persigue, las paredes hablan y todo eso. Resignación compañeros.

 Gracias a todos los que leéis este blog. Cada vez sois más, y eso en el fondo es lo que me hace seguir escribiendo. Un abrazo a todos.

 ACTUALIZACIÓN: ¡Cáspita! La piratería es una cosa loca. Un lector de este blog me ha pasado un enlace ¡a mi relato pirateado en pdf! Vais a matar la cultura, que lo sepáis. Ahora que mi relato ya corre libre por la red, es una tontería frenar su difusión. Es algo breve, 6 páginas, así que podeis leerlo en una pausa de la revolución 😉

Aquí —> Orión

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Pánico atómico

Hay gente que tiene miedo a las arañas; otra gente tiene pánico a los lugares abiertos y otros a los cerrados. Existe gente que es incapaz de vivir en un segundo piso; otra gente que vive aterrorizada por las grandes masas de agua, por los teléfonos, la sangre; incluso hay gente que siente un miedo irracional hacia las nutrias. Todos estos miedos tienen un nombre que les convierte en síndromes respetables y en interesantes temas de conversación en la barra de cualquier bar. No es lo mismo tener miedo a las nutrias que lutrafobia. Ser telefonofóbico es infinitamente más respetable que pegar un salto cada vez que alguien pone su móvil junto a ti.

Él se sentía despreciado por la comunidad científica porque nadie había puesto aún nombre a su fobia. Su mujer le decía que eso era porque su fobia era tan absolutamente irracional que nadie más en todo el planeta la tenía. El negaba con la cabeza. Se sabía portador de una verdad incómoda y se creía enfrentado a una conspiración mundial de inimaginables dimensiones, desde la CIA a los restos de la KGB, pasando por los laboratorios de las internacionales farmaceuticas, las principales Universidades y su mujer. No entendía muy bien la postura o los intereses ocultos de su esposa en aquel asunto, pero sabía que de una forma u otra estaba en el ajo.

¿Y a qué tenía miedo este entrañable hombre? Él se lo contaba encantado a cualquiera que le preguntara por sus extrañas costumbres.  El, un hombre normal, aburrido incluso, de clase media; tenía miedo a que el espacio vacío que había entre los átomos que componían su cuerpo se alineara involuntariamente con el espacio vacío de los átomos de cualquier otro sujeto de tal forma que al entrar en contacto lo atravesara. “Si la mayor parte de mi cuerpo es espacio vacío entre átomos y la mayor parte del tuyo también ¿Qué impide que nuestras estructuras atómicas se crucen y nos fusionemos sin remedio?” explicaba a su anonadada audiencia.

Este miedo le había llevado a adoptar una serie de ridículos rituales que le permitían desarrollar, a pesar de todo, una vida casi normal. Por ejemplo, nunca caminaba descalzo. Para evitar ser absorbido por el suelo llevaba siempre cuatro pares de calcetines “Ya sería mala suerte la alineación espontánea de los espacios vacíos de los cuatro calcetines, el suelo y mi cuerpo” decía siempre a su mujer. Cuando alguien le preguntaba si no tenía miedo a fusionarse con uno de aquellos calcetines, él respondía ufano que siempre compraba los calcetines con la estructura atómica más mullida que encontraba después de pertinaz búsqueda por todas las mercerías de la ciudad. También evitaba todo contacto físico: no quería pasarse el resto de sus días pegado a otra persona. Esto incluía dar la mano, hacer una caricia a su hija, sentarse junto a otra persona en el autobús, rozarse con un vecino en el ascensor y el sexo. Sobre esto último, al principio, en los primeros estadios de su fobia, pensaba que una postura adecuada que implicase poco roce y un preservativo eran suficientes para evitar la indeseada fusión entre su pene y las paredes vaginales de su esposa; pero en la actualidad también procuraba evitarlo. Igual que muchos católicos, aunque por razones distintas, no se fiaba demasiado de las finas paredes del preservativo.

Siempre llevaba un par de guantes puestos para que los cubiertos no acabasen formando parte de su mano mientras devoraba un filete con patatas fritas y ponía un par de sábanas de franela y una esterilla de camping sobre el sofá para poder sentarse. Es irracional confiar en la estructura atómica de la franela y no en la del sofá, pero todas las fobias, como las religiones, son irracionales ¿o acaso es lógico vivir atemorizado por la oscuridad o por los payasos? ¿Es más racional creer en la resurrección de los muertos que desconfiar de los espacios vacíos que existen entre los átomos?

Con los años, su fobia había empeorado. El decía que simplemente se había dado cuenta de que sus iniciales precauciones eran pocas. Antes, al salir de casa, ponía con cuidado el pie sobre la acera y luego ya avanzaba confiado por toda la calle. Ahora, tenía que asegurarse de la consistencia de todos los materiales. Bajaba de la acera con precaución, desconfiando del asfalto, y volvía a la acera con el mismo miedo, desconfiando esta vez de la acera.  Después de años de miedo, llegó a la conclusión de que el siguiente paso era empezar a buscar una base científica a sus miedos. Si la ciencia oficial no era capaz de enfrentarse a semejante reto, sería él, un ciudadano medio, el que corriese con los múltiples riesgos que conllevaba convertirse en cobaya científica por el bien del resto de la humanidad.

Según ha confirmado este buen hombre, y mejor persona, a sus amigos, familiares y conocidos, a día de hoy ha intentado atravesar la pared que comunica el salón de su casa con la cocina en doscientas treinta y dos mil ocasiones. No ha conseguido nada, tal vez un par de chichones, moratones el día con más fortuna, pero no piensa cejar en su empeño.

“No he notado apenas cambios en la pared, pero creo que la estructura atómica de mi cara está empezando a ceder. La noto menos resistente a la presión” ha declarado.

Su mujer, a pesar de todo, le quiere.

 


Otros relatos en este blog:

Profesiones complejas

Niebla

Que parezca una historia de amor.

Pieza clave

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Profesiones complejas

Era difícil convencer a sus amigos y conocidos de que el suyo era un trabajo duro, pero él lo intentaba una y otra vez. Os pensais que es fácil, les decía, estar todo el día en pie, firme, mirando al frente, sin torcer el rostro. Sus amigos se reían de sus argumentos, pero el no cejaba en su empeño. Todo el día, continuaba, sometido a los gustos y apetecencias de otros. Que si ponte esto, que si ponte esto otro, que si quitatelo todo. Ahora aquí, ahora allí. No podía decidir ni como se vestía ni donde se ponía. Teníais que ver, les decía, las cosas tan extrañas que me han obligado a ponerme.

De todas formas, sabía que no podía quejarse en exceso. Conocidos suyos, con la misma formación y experiencia, tenían trabajos peores. Algunos tenían que estar durante meses expuestos a las inclemencias del tiempo. Hiciese frio o calor, allí estaban ellos, firmes, inamovibles. Otros tenían profesiones de riesgo que, en muchas ocasiones, les causaban graves daños y les impedía volver a trabajar. Los menos, por fortuna, caían cumpliendo con su deber y nadie lloraba por ellos.

Él había intentando, hacía ya tiempo, encontrar otro trabajo. En el fondo no le disgustaba el suyo, pero creía estar preparado para mayores retos. El problema era, pensaba él amargamente, que el mercado laboral era demasiado rígido. Es muy difícil para los trabajadores cambiar de sector, se quejaba insistentemente a quien quisiera escucharle. Si estas encasillado en algo, es difícil que alguien se arriesgue contigo y te contrate para otra cosa.

Ahora estaba resignado. Sabía que nunca sería atleta porque era lento, ni piloto de automóviles porque le faltaba flexibilidad en las piernas y reflejos. Nunca sería patrón de barco porque con la humedad se hinchaba y tampoco profesor de guardería porque si algún niño le pintaba le costaba horrores quitarse la pintura.

Sí, hay que reconocer que es difícil ser un maniquí.

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Microrrelato II

Cuando Solbes despertó…

 

la crisis todavía seguía allí.

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