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Castilla y León: pasado, presente y ¿futuro?

Estudia y vete

El pasado sábado, 23 de Abril, Castilla y León celebró su día de la comunidad conmemorando la derrota de los ejércitos comuneros encabezados por Bravo, Padilla y Maldonado frente a las tropas del Rey Carlos I, entre las que se encontraban buena parte de la alta nobleza del reino. Históricamente, la decapitación de la sublevación comunera es un acontecimiento vital en el desarrollo histórico de Castilla -entendiendo Castilla como se entendía en la época- de España y de Europa. Es el triunfo del centralismo imperial de la Corona frente a las ciudades castellanas, y es el triunfo de la Corte, del rey y de la alta nobleza, sobre la incipiente burguesía urbana. Hay quienes señalan al movimiento comunero como la primera revolución moderna, otros la tildan de nacionalista y los más aventurados de democrática. Es un acontecimiento de importancia capital en la Historia, pero lo que se conmemora es, también y sobre todo, una derrota. ¿Se pueden celebrar las derrotas?

El 23 de abril de cada año, miles de castellanos (entiéndase este término como abreviatura del gentilicio castellanoyleones) se acercan al municipio de Villalar de los Comuneros, a la campa y al monolito que recuerda el lugar donde se levantó el cadalso destinado a los generales comuneros. Curiosamente, ese mismo día es festivo en otras regiones (Cataluña y Aragón), en algunas ciudades (Cáceres) y, además, es el Día Internacional del Libro. Esta coincidencia nos permite llevar a cabo un curioso ejercicio: comprobar cuan importante es a nivel informativo la conmemoración de un día tan importante frente a otros acontecimientos menos decisivos en la historía de la humanidad. Si ustedes vieron algún informativo en radio o televisión o leyeron la prensa, seguramente tengan la misma impresión que yo: que Castilla y León, como Comunidad autónoma, y su festividad tienen la misma transcendencia a nivel nacional que la fiesta de mi barrio o las reuniones de mi comunidad de vecinos. La versión catalana del día de San Jorge, el libro y la rosa, copa todos y cada uno de los medios de comunicación dejando en un segundo plano la celebración del Día Internacional del libro, festividad que parece subsidiaria de la primera, como si el tal Jorge hubiese matado al dragón golpeándole hasta la muerte con una edición en rústica del libro gordo de Petete.

La celebración del Día de nuestra Comunidad Autónoma nos permite ver, en vivo y en directo, que su peso específico en clave política es mínimo, que su voz no es importante. En roman paladino, que importamos un pimiento. En el fondo, es algo que todos sospechabamos. España es Madrid, Cataluña, el Pais Vasco, las fiestas de Andalucía, los campos de golf y la corrupción. Entre todas esas zonas hay tierras estériles que sirven de firme para los medios de transporte y a las que nos empeñamos en poner nombres (Castilla y León, Aragón, Extremadura, etc) cuando bien podrían llamarse Tierra Yerma 1, Tierra Yerma 2, etc. ¿Por qué nos pasa esto? ¿Por qué a nadie le importa qué sucede en Castilla y León? ¿Somos algo más que un fin de semana de vacaciones? ¿Podemos hacer algo para cambiar esta situación? ¿Llamamos ya al Comando Chindasvinto?

Es evidente que la configuración política actual del Estado no favorece a nuestra comunidad autónoma, pero antes de lanzarnos a buscar respuestas victimistas y culpables foráneos, deberíamos preguntarnos que estamos haciendo nosotros mal. A bote pronto, CyL tiene una economía anquilosada, extraordinariamente dependiente de 3 o 4 motores (industria automovilística, agroalimentaria y turismo), incapaz de generar empleo una vez muerto y enterrado el ladrillo y que tiene pinta de no ir a mejorar a corto plazo. Este cuadro bien podría aplicarse al resto de comunidades autónomas, en mayor o menor medida, pero en Castilla y León esta enfermedad económica tiene un síntoma grave, peculiar y autóctono: la despoblación. Castilla y León ha perdido más de 10.000 habitantes en los últimos dos años mientras la población del conjunto de España seguía aumentado. Despoblación que, además, no solo afecta a áreas rurales, o al abandonado oeste de la comunidad. Y no, no es que la gente se muera, es que la gente se va. La despoblación afecta a toda la comunidad y es especialmente grave si se observan de cerca los datos: la mayor parte de las personas que dejan la comunidad son jóvenes en edad de trabajar. Jóvenes, muchos de ellos formados, que abandonan la comunidad porque en ella no encuentran trabajo. Aunque algunos de nuestros dirigentes vean en esto un síntoma de la salud de nuestro sistema educativo, es una prueba evidente de la grave situación de nuestra comunidad, de su comatosa economía, de su complaciente sociedad y de su inoperante Junta. Las cifras de la “diáspora castellana” son preocupantes. Como denuncia IU, fuera de Castilla y León viven más de un millón de personas nacidas en Castilla y León, frente a los escasos dos millones que viven dentro de sus límites. Si la sangría continúa, dentro de unos años el día de Castilla y León será más celebrado fuera de sus fronteras que dentro, algo que ya sucede en algunas provincias. Si existiese un día de la provincia de Ávila, 250.000 personas lo celebrarían fuera de la provincia frente a los 165.000 habitantes que aún permanecen en ella.

Además de un síntoma, el éxodo económico de muchos jóvenes es un oscuro presagio para su futuro ¿Tiene futuro una comunidad autónoma que está cada día un pasito más cerca de convertirse en un enorme geriátrico? Quizá sea esa la única promesa que deberían hacernos nuestros políticos en esta campaña electoral: futuro. Ni carreteras, ni puentes, ni planes de choque, ni aeropuertos, ni terminales, ni museos, ni centros, ni nada. Que nos prometan que los castellanos vamos a tener futuro, que los jóvenes de CyL vamos a tener un futuro en nuestra comunidad si decidimos quedarnos, o si decidimos volver; que los trabajadores de la comunidad van a tener futuro, que las familias van a tener futuro, que existe un futuro para las zonas rurales, para las pequeñas ciudades y para los pueblos.

Que nos prometan, en definitiva, que Castilla y León aún tiene futuro. Creo que con eso nos conformaríamos muchos.

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… y sobre la muralla tremolaba el pendón carmesí de Castilla…

Notó la lluvia golpeando su cara y abrió los ojos. Sobre él, el cielo gris seguía descargando, aunque el viento del oeste comenzaba a abrir tímidos claros por donde penetraba a hurtadillas la última luz de la tarde. La lluvia le empapaba la ropa y comenzó a temblar. Decidió levantarse, pero al intentar mover las piernas un intenso dolor le recorrió desde la rodilla hasta la cintura. Una enorme mancha de sangre se  extendía por sus calzas desde la mitad del muslo derecho hasta el pie, manchando también las viejas botas de cuero que se comprara en Medina seis años atrás. Estaba herido. Maldijo al Rey y a Adriano y cogió aire. Pudo notar el olor a pólvora y a muerte que envenenaba el viento y sentado sobre el barro paseó la mirada por su alrededor: estaba rodeado por docenas de cuerpos, arrojados sin piedad sobre las eras embarradas. La mayoría eran cadáveres, aunque entre ellos debía de haber aún hombres vivos pues podía escuchar sordos lamentos y suplicas. También se oían disparos lejanos.

Tenía que levantarse. Registró de un vistazo la zona que le rodeaba y vio asomando bajo un cadáver los restos de una pica. Recorrió arrastrándose los diez o doce pies que le separaban y al llegar, exhausto, empujó con todas sus fuerzas el cuerpo para liberar el madero. Cuando lo consiguió, apretando los dientes por el dolor de la pierna, se puso en pie apoyándose en la estaca. Desde su nueva posición, observó de nuevo el escenario que le rodeaba. Las docenas de cuerpos que yacían a su alrededor se extendían sobre el barro entre una leve neblina que desdibujaba, a lo lejos, las primeras casas del pueblo de entre las que sobresalía la torre de la Iglesia. Se estaba haciendo de noche y decidió acercarse a la villa a buscar cobijo. No sabía que se iba a encontrar allí, pero dio por seguro que sería más fácil esconderse en algún caserón vacío que vagar a oscuras por el campo. Intuía, no era difícil hacerlo, que habían perdido. Y sabía, porque no hacía mucho él había estado en el bando vencedor, como solían emplearse los ganadores con los derrotados. Con pesar, se arrancó la cruz roja que llevaba en el pecho.

Llegó al pueblo cuando el sol ya se había ocultado. El soldado herido, apoyado en el fragmento de pica, se movía con dificultad descansando en las paredes de las pequeñas viviendas de las afueras de la villa. Caminaba en silencio, aguzando el oído, esperando ser en cualquier momento descubierto y ajusticiado por pertenecer al bando equivocado. Delante de él, apenas unos pasos, una puerta de madera se abrió chirriando y a la luz de una vela emergió una mujer vestida de negro y blanco. Arrojó algo hacia la calle y regresando al interior de su vivienda se percató de la presencia del soldado, una sombra, apoyado en la pared de su casa. Ambos se miraron durante unos segundos. Él asustado, ella sorprendida.

– Más le vale esconderse – dijo ella después de intuir que estaba herido – a los suyos hace horas que los mataron.

– No tengo donde esconderme, ni fuerzas para huir. – contestó él. – ¿Qué ha pasado?

– Los realistas detuvieron a muchos de los suyos. Los tienen en la Iglesia. Otros huyeron. A los heridos los remataron en los campos.

El soldado y la mujer permanecieron en silencio durante unos segundos.

– Mi esposo simpatizaba con los suyos. Estaba en Ávila cuando lo de la Santa Junta. – dijo la mujer antes de cruzar de nuevo el umbral de su casa. Tras de si, dejó la puerta entreabierta.

El soldado lo interpretó como una invitación y entró cojeando. La mujer, cerca de los cincuenta años, morena, baja, ancha de caderas; lo esperaba en una pequeña estancia. Le ofreció vino, una hogaza de pan y una cama.

– Cuando amanezca espero no encontrarle – le dijo la mujer antes de dejarle solo.

Durmió profundamente hasta que el bullicio le despertó. Rebuscó en un arcón ropa limpia y encontró una camisa amarillenta, unas calzas roídas y un jubón viejo. Salió a la calle y se sumó a las docenas de personas que avanzaban ruidosas hacia la Iglesia, donde se concentraba una pequeña multitud. Un niño, que jugaba correteando entre las piernas de los presentes cayó a sus pies. Se agachó, intentando disimular el dolor que irradiaba la herida de su pierna, y ayudó al niño a levantarse.

– ¿Sabes que sucede? – preguntó al zagal.

– Van a matar a los comuneros. – dijo tranquilo el muchacho antes de retornar despreocupado a sus juegos.

Un escalofrío recorrió el cuerpo del soldado cuando vio aparecer, detrás de los pendones reales, a los que hasta el día anterior habían sido sus generales. Sobre dos mulas negras marchaban, silenciosos pero orgullosos, Juan Bravo, el hombre que levantara Segovia contra el Rey, y Juan de Padilla, el toledano, capitán general de las tropas comuneras desde que así lo decidiera la Santa Junta en Julio de 1520. Un pregonero les precedía y gritaba la sentencia: les condenaban, en nombre del rey y del consejo de regencia, a morir por traición y por infamia. Un cadalso instalado frente a la iglesia acogía a los verdugos. Tras él, el soldado pudo ver, entre las cabezas de la concurrencia, a algunos de los más altos nobles de Castilla, generales del ejército realista.

Se dio la vuelta y empujando al gentío que le rodeaba fue dejando atrás el cadalso. Salió de la Plaza Mayor de Villalar, casi sin aliento, y echó a correr por las calles desiertas de la villa hacia los campos arados.

A su espalda aún pudo oír a Juan Bravo encararse con el pregonero: Mientes pregonero, tú y quien te ordena. A mi nadie me llama traidor en esta tierra.

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¡Ordago a comuneros!

Un regalo para malandrines leonesistas:

LA BARAJA DE LOS COMUNEROS!!!!!

Según el artista, el invento pretende “reforzar la identidad de la Comunidad”

No se como no se nos había ocurrido antes ¡Es lo que necesitaba esta comunidad! ¡Lo que definitivamente nos va a unir bajo una misma bandera cuartelada1 ¿Empleo? ¿Futuro? ¡Pamplinas!

Se me humedece el prepucio de fervor comunero.

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