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Las novelas románticas en los tiempos del apocalipsis

“La primera frase tiene que ser espectacular, redonda, apabullante” pensaba para si sentado frente a su ordenador “Tiene que impactar, tiene que quedarse grabada en la memoria y tiene que enganchar. Que la gente lea el puto libro solo por lo cojonuda que es la primera frase” Solo la luz que emanaba desde la pantalla del ordenador iluminaba el pequeño despacho. Estanterías llenas de libros leídos cubriendo las paredes, una cafetera encendida entre los libros, las persianas bajadas, las cortinas echadas, una vieja minicadena en una esquina, un sillón de cuero junto a la pared bajo una lampara de pie con una tulipa amarillenta y, en el centro, una mesa de escritorio grande, de madera, llena de folios garabateados con notas e ideas. Se recostó en la silla y resopló. “Necesito otro café” Se levantó y fue a buscar una taza a la cocina. No había ninguna limpia así que sacó una del fregadero, la puso unos segundos bajo el grifo y la secó con papel de cocina. Volvió al despacho, se echó media taza de café y se lo bebió de un trago. El café estaba amargo y templado pero no podía hacer otra cosa: no tenía leche, ni azúcar, y el microondas estaba estropeado. “Debería ir al supermercado a coger algo para comer” pensó. Se sentó de nuevo frente al ordenador y posó las manos sobre el teclado, preparado para escribir la mejor novela romántica de la historia “Tan rematadamente buena que sea imposible mantener las bragas en su sitio” pensó mientras sonreía “Bueno, no seamos sexistas, las bragas y los calzoncillos. Tengo que intentar llegar a todo clase de públicos”

Una idea. “Ya está, tengo la frase” Emocionado, comenzó a desplazar el dedo corazón de su mano izquierda hacia la letra E, la que sería la primera letra de la gran obra romántica del S. XXI, cuando, de repente, empezaron a llamar a la puerta. El dedo se paró abruptamente entre la E y la D y la gran frase se escapó entre las sinapsis disfuncionales de su cerebro.

– Mierda puta – gritó – Se me ha ido.

La puerta seguía sonando rítmicamente. Tom, tom, cinco segundos, tom, tom, cinco segundos, tom, tom. No pensaba levantarse, era el cartero, como todos los días. Llamaría un rato y luego se marcharía. Como todos los días a esa misma hora durante los últimos tres meses. Tom, tom, cinco segundos, tom, tom. Tenía que recuperar aquella frase, a pesar del cartero. Tom, tom, cinco segundos, tom, tom. “Sería delicioso que solo llamara dos veces, como el de Neruda, y no una treintena, como el pánfilo de mi cartero” Tom, tom, cinco segundos, tom, tom. “Ojalá se le quedaran los nudillos pegados a la puerta y no volviese a llamar en su puta no-vida” Tom, tom, cinco segundos, tom, tom.

Para su desesperación, aquel día el cartero parecía especialmente persistente. Cinco minutos después, el cartero seguía llamando rítmicamente a la puerta mientras el se torturaba en su despacho intentanto recuperar la frase perdida. Diez minutos después, el cartero seguía golpeando la puerta y él estaba a punto de perder los nervios. En la pared, un reloj con la esfera ennegrecida marcaba las dos y cuarto de la madrugada.

– Su puta madre – dijo mientras cogía la taza con los restos del café y la estrellaba con rabia  contra la pared occidental del despacho – Este hijo de puta no vuelve a llamar a la puerta nunca más.

Se levantó, se quitó la bata roja que llevaba sobre el pijama, la tiró en una silla de la cocina y subió corriendo las escaleras hasta el dormitorio principal. Encendió la luz. En el suelo, junto a la cama deshecha, estaba la ropa que utilizaba para trabajar en el jardín: unos pantalones grises y una camisa blanca. Se desnudó, tiró el pijama sobre la almohada y se cambió de ropa. Buscó unos calcetines en la cómoda, se los puso y bajo corriendo a la cocina. El cartero seguía llamando a la puerta. En una esquina estaban las botas marrones del jardín, se las encajó sin desabrocharlas y fue al salón. El cartero seguía llamando a la puerta.

– Ya voy, cabrón – gritó al pasar delante de la puerta. El cartero no pareció escucharle y siguió llamando con rítmica paciencia.

En el salón, se acercó a la televisión  y abrió el cajón bajo ella. Sacó un mantel de cuadrados rojos y blancos, lo tiró al suelo y dejó al descubierto una escopeta de cañones recortados y unas cuantas cajas de munición. Sacó el arma, cogió un par de cartuchos y fue hacia la puerta.

– Te vas a acordar, grandísimo hijo de perra.

Frente a la puerta, cargó el arma, resopló y descorrió el cerrojo. Tom, tom, cinco segundos, tom, tom. Memorizó la secuencia. Tom, tom, cinco segundos, tom, tom. “No es difícil” pensó “En cinco segundos tengo tiempo de sobra para meterle un par de tiros”

Tom… adelantó la mano hacia el picaporte… tom… giró el picaporté, abrió de par en par la puerta de un tirón, levantó el arma, apuntó a la cabeza y antes de que el cartero levantase otra vez el puño para llamar a la puerta, disparó y le alcanzó en la frente.

El cuerpo se desplomó un metro hacia atrás empujado por el disparó y quedó tendido entre los geranios rojos de la entrada de la casa, sobre el carrito amarillo que llevaban los carteros. Relajado, con el arma aún en la mano, se acercó hasta el cuerpo para observarlo. Era su cartero, el que le había llevado las cartas y los paquetes los últimos dos años. “Mi cartero, o lo que queda de él” Observó atentamente el cuerpo tirado en el suelo. La piel de los brazos, bajo la ajada camisa amarillenta y roída, era oscura, con heridas abiertas que supuraban un liquido viscoso. En la mano izquierda le faltaban varios dedos y de los muñones colgaban hilos de piel podrida por el tiempo y la enfermedad. Caminaba descalzo y tenía los pies llenos de llagas y ulceras. Las uñas que le quedaban estaban negras y rotas. Le miró a la cara. Los ojos amarillos miraban al infinito, los labios entreabierto eran negros, estaban rotos y le sangraban; apenas le quedaban dientes en la boca y no había rastro de la lengua. El disparo le había abierto el cráneo, pero antes ya le faltaba todo un lado de la cara.

Le estaban entrando arcadas, así que decidió entrar en casa. A la mañana siguiente retiraría el cadáver y lo enterraría en el patio de algún vecino. Cerró la puerta tras él y echó el cerrojo. Dejó la escopeta al lado de la puerta, fue al despacho, cogió un bolígrafo y se acercó a la pared. Encima de la mancha de café que había dejado al lanzar la taza, había una serie de marcas verticales. Sobre ellas, en mayúsculas, se leía “RETIRADOS”. Hizó una nueva marca, se dio la vuelta, tiró el bolígrafo a la mesa y empezó a desabrocharse la camisa mientras iba hacia la ducha.

– Y con este, ya me he cargado 54 zombies.

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Pandemonium cultureta 3: El final de la saga

1ª Parte : Pandemonium cultureta

2ª Parte: Pandemonium cultureta 2: El Parlamento contraataca.

El final de la saga

El crepitar de las llamas iluminaba desde hacía horas los ángulos de la Plaza Mayor. Desde la pira, situada en el centro de la plaza, se elevaba una columna de humo que había sido visible durante el día desde varios kilómetros de distancia. A esas horas, cerca de la media noche, el humo contaminaba toda la ciudad con su olor a carne quemada. En un ángulo de la plaza, el que daba a la Calle Toledo, se amontonaban cuerpos sin vida, desnudos, despojados de cualquier adorno. Hasta allí eran conducidos en camionetas blancas del servicio municipal de limpieza. Este detalle, las camionetas, era el único que permitía diferenciar la escena que se vivía a aquellas horas en el centro de Madrid de un auto de fe medieval. Pecadores ardiendo bajo la atenta mirada de sus verdugos. Quizá si un observador hubiera estado presente en ambos acontecimientos hubiese notado otra sutil diferencia. En esta ocasión, junto al olor a carne quemada se intuía un cierto aroma a ambientador olor pino.

La operación Exterminio comenzó a primera hora de la mañana. Después de algunos debates vacios y de un vino español preparatorio, servido con las reservas para emergencias del Congreso, los Diputados se habían dividido en escuadras de 10 unidades y sobre un mapa de la capital habían trazado 35 zonas de actuación. Cada grupo estaría encargado de la valoración, limpieza y control de una de las zonas del mapa y todos responderían ante la autoridad del grupo encargado del centro de la capital, liderado por Alfa, cerebro de la operación. Todos los diputados iban armados hasta los dientes, protegidos por trajes NBQ blancos y con una orden clara: matar a cualquier engendro que ofreciese resistencia. Los diputados habían pactado ser misericordiosos con aquellos infectados que se rindieran: les perdonarían la vida a cambio de la esclavitud perpetua. También se debatió la posibilidad de obligarles a encontrar una vacuna para su enfermedad, pero esa opción se descartó. Si iba a resultar complicado convencer a los organismos internacionales de la legalidad del genocidio, aún sería más difícil convencerles de la esclavitud de unos ciudadanos sanos. Siempre podrían afirmar que eran inmigrantes, que tenían becas de colaboración o contratos de formación, pero en cualquier caso era una burocracia innecesaria cuando se les podía matar y luego pedir perdón.

Los comandos apenas habían tenido oposición mientras se desplegaban por Madrid. Algunos grupos de infectados les habían reprochado su conducta tras los primeros asesinatos, pero desistieron al sentir el plomo en sus pulmones. En el Barrio de Salamanca, un grupo de genetistas teñidas de rubio intentó frenar a los comandos lanzándoles botes de laca, pero apenas causaron un par de moratones a un diputado de la oposición.  Cerca de la Casa de Campo, un grupo de astrofísicas con poca ropa había intentado frenar el avance de los diputados haciendo una sentada pacífica frente a ellos. Los diputados interpretaron aquello como resistencia y actuaron en consecuencia: ahora eran sus neuronas las que se extendían como la vía láctea por el asfalto. Otros grupos se habían rendido casi de inmediato, como los programadores informáticos que, acostumbrados por su actividad cotidiana a un régimen de semiesclavitud, habían aceptado gustosos servir al nuevo orden. Un grupo de especialistas en química macromolecular que habían ocupado una casa abandonada en San Blas prefirió suicidarse dentro de su laboratorio que esperar la llegada del escuadrón de diputados.

Frente a la pira, en un improvisado escenario, Alfa contemplaba placidamente las llamas que consumían los cuerpos. El habría preferido dejar los cuerpos pudriéndose por las calles, pero un estomatólogo pumkie que se había rendido a su unidad horas antes le había recomendado tomar medidas higiénicas para asegurarse de que no se propagaban enfermedades entre los esclavos y los diputados. Alfa había aceptado su propuesta. Quería tenerle cerca para una vez concluida la operación de limpieza pedirle consejo para aislar a los infectados. No quería que los esclavos contaminaran a sus dueños. También quería pedirle consejo sobre las medidas a tomar para favorecer la reproducción de los diputados y comenzar la repoblación, pero eso ya lo pensaría más adelante.

Uno de los diputados de su unidad, bajo, gordito y calvo, aunque esto último no se apreciaba dentro del traje NBQ, subió corriendo las escaleras del estrado y se acercó a Alfa casi sin aliento. “Tenemos un problema” le dijo “Un grupo de Historiadores se ha encerrado en la Biblioteca Nacional y se niega a salir. Han herido a una diputada vasca” A Alfa le cambió el rostro. “Esos mierdas improductivos quieran joderme la noche” pensó “Se van a tragar los putos legajos de ese edificio uno a uno antes de ver como les meto por el culo un kilo de plomo” A veces, Alfa se sorprendía de lo soez de su lenguaje, luego se daba cuenta de que se dedicaba a la política, asumía la realidad y volvía a ocuparse de otros asuntos.

Alfa y su escuadrón ocuparon un todoterreno recuperado de un cuartel de la Guardia Civil y se presentaron ante la mole de la Biblioteca Nacional. Dejaron el vehiculo junto a la Estación de Recoletos (Lineas C-2, C-7, C-8 y C-10) y se aproximaron a pie hasta la fachada de la Biblioteca. Allí, el grupo de historiadores subversivos había extendido varios pancartas (“Antes muerto que trabajar esclavo” “No al modo de producción esclavista” “Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? Quam diu etiam furor iste tuus nos eludet? Quem ad finem sese effrenata iactabit audacia?” y una última que ponía “Iros todos a tomar por culo”) y diversas banderas, principalmente de la URSS. Los historiadores habían montado una barricada con contenedores, bancos y ruedas a las puertas del edificio. Alfa tenía la orden clara, iban a morir todos, tanto daba que lo hiciesen dentro que fuera. Y tanto daba que sus cuerpos se quemasen antes o después de muertos.

– Quemad el edificio – ordenó Alfa. – La única biblioteca que ilumina es la que arde.

El incendio de la biblioteca duró hasta bien entrada la mañana del día siguiente. Cuando las llamas se sofocaron, la calma reinaba ya en la ciudad. Aún quedaban algunos focos de resistencia, y era posible que algunos infectados estuviesen escondidos o hubiesen huido. Poco importaba, lo encontrarían cuando avanzase la operación por el resto del país. Una parte importante de la población se había rendido cuando comprendió que los diputados no iban a detenerse, aunque los matemáticos no creían que los escuadrones tuviesen balas para matarlos a todos. Los comandos de diputados, finalizada la limpieza de la ciudad y exhaustos por el esfuerzo, para alguno de ellos el primero realmente importante de su vida, se reunieron de nuevo en su refugio bajo el Congreso. Allí se retiraron los trajes de protección y entre gritos de alegría y desenfreno, calmaron su sed con cava catalán saqueado de unos grandes almacenes de la capital. Tras unos minutos de alocada celebración, Alfa les llamó al orden y les pidió que ocuparan sus escaños rosas y amarillos. Él ocupó el urinario que hacia las veces de tribuno y se dispuso a hablar. El silencio se hizo en el auditorio.

– Hermanos, camaradas. Hemos vencido – gritos de ánimo en las gradas – Ahora nos toca enfrentarnos a una dura tarea, aún más dura que la que acabamos de realizar. España, nuestra patria, nuestra patria de patrias, nación de naciones, nación de naciones de naciones, nos necesita. Necesita el fruto de nuestro vientre para que bajo su cielo azul y su sol amarillo vuelva a refulgir el sudor esforzado de sus hijos…

Una sonora ventosidad interrumpió su discurso. Las risas de sus señorías pronto llenaron el bunker, hasta que una segunda flatulencia, más potente y más larga que la primera, volvió a reverberar en las paredes de la sala. De nuevo más risas, hasta que las pituitarias de los diputados empezaron a reaccionar. Olía a pino, a limpiador de pino. Exactamente el mismo olor a pino de las ventosidades de los infectados, el mismo olor a pino que llenaba laboratorios, bibliotecas y museos. El mismo olor a pino que había sido el primer síntoma de la enfermedad. Todos se miraron asustados, intentando encontrar al culpable, hasta que una nueva ventosidad atrajo todas las miradas hacia la sexta fila a mano izquierda. Allí, uno de los diputados se debatía entre la consciencia y el coma. Una nueva flatulencia, la cuarta consecutiva, terminó por tumbarle e, inconsciente, se precipitó sobre su escaño. El olor a pino inundaba ya todo el bunker, cada esquina, cada rincón. Alfa se había sentando en el urinario y comprobaba como los diputados y diputadas corrían de un lado a otro llevados por el pánico al contagio.

Él no corría porque sabía que no había solución. Se preguntaba cómo había podido pasar, qué había fallado. Si ahora mismo se levantase y fuese hasta la sala donde se guardaban los trajes NBQ vería como uno de ellos tenía una pequeña rotura entre los omoplatos, justo en el lugar donde una astilla había impactado días atrás en la primera salida de un comando de diputados al exterior.

El no corría porque sabía que todo estaba perdido. Sabía que tarde o temprano todos se sentirían indispuestos, empezarían a evacuar gases con olor a pino y finalmente caerían inconscientes para despertar, al cabo de una semana, convertidos en intelectuales de pacotilla. Su plan había fracasado.

 

– Jodidos culturetas – masculló antes de echarse a llorar.

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Pandemonium cultureta 2: El Parlamento contraataca.

Primera parte: Pandemonium cultureta.

Tras la ensordecedora ráfaga del subfusil, una gran mancha de sangre, restos de cráneo y una papilla indescriptible que antes debió ser parte del cerebro de la victima, ocupó el centro de la pared blanca. El cuerpo de la víctima, con el rostro completamente desfigurado, se deslizó hacia la izquierda. El libro que había sujetado entre sus manos hasta el final, un ejemplar encuadernado en piel azul del Ulysses de James Joyce, cayó al suelo y se quedó abierto a los pies del cadáver por el epílogo. Algunas gotas de sangre mancharon sus páginas.

–  Hay tienes tus putos signos de puntuación, pedante de mierda.

La voz había salido del interior de uno de los trajes de protección NBQ y a través del sistema de comunicación interno que portaban había llegado perfectamente nítida a los oidos de Sus 8 Señorías Justicieras, nombre cariñoso con que se conocía al Comando de Diputados dentro del bunker del Congreso. Tras dos meses de negociaciones y deliberaciones, presionados por la escasez de víveres, de ositos de gominola y de papel higiénico, los distintos grupos parlamentarios habían llegado a un acuerdo para pasar a la acción: un comando, seleccionado de entre ellos siguiendo principios netamente democráticos, saldría al exterior armado hasta los dientes para ponerse en contacto con el enemigo. Serían 4 hombres y 4 mujeres, ocho en total. De ellos, 6 heterosexuales y dos homosexuales. 3 del Partido en el gobierno, 2 del grupo mayoritario de la oposición, un vasco, un catalán y uno del grupo mixto. De los 8, 6 eran católicos, 1 se declaraba agnóstico y otro acudía en representación de las religiones minoritarias. 3 del Madrid, 3 del Barça, uno del Depor y otro del Leganés, este ultimo en representación de los no aficionados. Dos de ellos estarían al corriente en sus pagos a Hacienda y los otros seis no. El objetivo: ser la más fiel representación del Parlamento y de España. Como es lógico suponer, lograr semejante composición fue lo que más tiempo llevó a los parlamentarios. ¿Diseñar un plan? Llevaban montones de armas, ese era el plan.

– Continuemos – dijo uno de los diputados-comandos.

El grupo avanzaba en silencio por los pasillos de lo que había sido el Ministerio del Interior, ahora ocupado por una comuna hippy de físicos cuánticos. El Comando avanzaba pegado a la pared, imitando lo que habían visto en las películas de acción. A la cabeza, uno de los miembros del comando, que llevaba sobre su traje de protección blanco pintadas con rotulador la bandera de la UE, la de España y las de todas sus Comunidades Autónomas, hacia gestos con las manos intentando dirigir a sus compañeros a través de los pasillos. En teoría, el objetivo de la misión era encontrar a algún alto cargo del exterior, un alto cargo zombie hiperintelectual, para negociar, aunque realmente no tenían ni idea de a quien buscar ni que iban a negociar. ¿Que saltaran todos por un precipicio? ¿Qué simularan ser tan idiotas como antes? ¿Que encontrasen una vacuna a ese mal que les había convertido en cerebritos?

Llegaron a una sala de reuniones que tenía las puertas entreabiertas. Dentro se escuchaban voces airadas que parecían discutir. El líder del grupo intento escuchar detrás de la puerta “… por el amor de todos los físicos. Eso ya lo resolvió Hales con el problema del empaquetamiento de Kepler…” Desconcertado, no había entendido una palabra, ordenó a todos sus hombres y mujeres que se preparasen para el ataque. Dio una patada a la puerta y apuntó a los dos jóvenes que estaban sentados a la mesa. Uno tenía la cabeza rapada, un pendiente de oro y un tatuaje enorme en su brazo izquierdo. El otro, que parecía algo mayor, quizá rondaba la veintena, tenía el pelo recogido en una coleta sucia que le llegaba hasta el suelo.

–  Quietos – gritó el lider del grupo.

– Lo estamos – dijo el cabeza rapada.

– Bien – no esperaba esa respuesta – Eeeeeh…. – dudaba – Pónganse contra la pared.

Los dos jóvenes se levantaron tranquilamente y se pusieron junto a la pared. El líder, llamémoslo Alfa, ordenó a dos de los suyos cachear a los jóvenes. No les encontraron nada, a parte de anotaciones de ecuaciones en servilletas.

–  ¿Es necesario que lleven ese traje tan ridículo y esas armas tan ofensivas? – dijo uno de los jóvenes.

– Yo decido lo que es necesario o no – dijo Alfa.

– Vale, banderitas.

Una vez cacheados, los sentaron en un par de sillas y los ataron para interrogarlos. Querían encontrar al líder de todos ellos, les dijeron.

–  En primer lugar, no tenemos líder. En segundo lugar, creo que deberían dejar de ver películas de alienígenas en ese bunker donde se esconden.

Uno de los Diputados, como repuesta a su insolencia, le pegó un tiro en la rodilla. El joven gritó de dolor, insultó, y recordó cariñosamente a toda la familia del diputado agresor mientras se sujetaba la rodilla sanguinolenta. Como respuesta, el Diputado le pegó otro tiro en la cabeza.

– Nadie se mete con la madre de un Diputado. – dijo el parlamentario, apuntando con la pistola a la cabeza del otro joven – Venga, ahora tú, termina de arreglarme el día.

–  Perdone que le corrija, pero en realidad dice: “alégrame el día” y creo que… – otro disparó, entre los ojos del joven, acabó con la frase.

–  Así no vamos a conseguir que nos lleven ante nadie – dijo Alfa rascándose el casco, posiblemente en un infructuoso intento de rascarse la cabeza.

–  No tienen líder. Son una panda de anarquistas intelectuales que pretenden acabar con el orden y la convivencia de nuestra sociedad. – dijo uno de los diputados de la oposición, hombre, heterosexual, católico y del Madrid – Es más, son unos pecadores que sojuzgan el orden natural…

–  Para el carro, filisteo. – le interrumpió una de las diputadas del Gobierno, mujer, heterosexual, agnóstica y del Depor.

–  Callaos – les interrumpió a ambos Alfa. – Volvamos al bunker para recibir instrucciones.

Antes de salir de la sala, uno de los miembros del Comado disparó una ráfaga de subfusil sobre los cadáveres, haciendo saltar una lluvia de sangre y astillas desde las sillas.

El bunker era una construcción fastuosa, propia de un megalómano, levantada bajo la Carrera de San Jerónimo por un antiguo Presidente del Gobierno. Se rumoreaba entre los diputados que incluso llegó a pasar varias noches allí en la Nochevieja de 1999. El bunker, que tenía capacidad para mil personas, tenía una sala que imitaba con exactitud de programador informático el Salón de Plenos del Congreso de los Diputados. Si, tenía los asientos rosas y amarillos, y sí, no había asientos para todos, y sí, donde debía estar la tribuna había un urinario azul; pero nadie dijo que los programadores informático valiesen para interioristas.

Allí esperaban los Diputados y allí acudieron los miembros (y miembras) del Comando después de quitarse el traje de protección NBQ y pasar por una ducha de desinfección.

– Caballeros – dijo Alfa sentado en el Urinario que hacia las veces de tribuna – Señoras – continuó mientras blandía la escobilla que servía de bastón de mando – Hemos entablado contacto con 13 zombies. Matamos a todos ellos pero antes les sonsacamos información útil. Tengo una mala noticia: no tienen líder. Se rigen de manera asamblearia, usando Internet como herramienta de debate.

– Están locos – se oyó gritar desde los escaños amarillos.

– Anarquistas, intelectuales de mierda, eso nos pasa por darles educación, menos Universidades y más campos de concentración – decían en los escaños rosas.

– Un poco de silencio, por favor. – dijo el Presidente del Congreso, golpeando un patito de goma amarillo contra la mesa para hacer ruido y callar a los alborotadores.

– Gracias – dijo Alfa – La situación es tan desesperada que solo nos queda una salida. Eliminarlos a todos – aplausos generalizados en las gradas bicolores – Después, con gran esfuerzo y dedicación plena, tendremos que repoblar el planeta engendrando hijos. Una nueva super especie de español nacido de los más grandes de sus representantes políticos…

Mientras Alfa continuaba con su discurso entre la expectación del respetable, uno de los miembros del equipo empezó a sentirse indispuesto. Cambió varias veces de postura en la silla, pero no lograba encontrarse cómodo. Además notó como se le empezaba a revolver el estómago. Disimuladamente, desplazó el peso de su cuerpo sobre uno de sus glúteos y dejo escapar una pequeña flatulencia.

Segundos después, un intrigante pero agradable olor a pino llegó tímidamente hasta sus fosas nasales. Rezó para que fuese el perfume del limpiador del urinario-tribuna.

Pandemonium Cultureta 3: El final de la saga

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Pandemonium cultureta

Sucedió como los best-sellers y las películas de serie B anticipaban. Un laboratorio militar en la Sierra de Madrid, un experimento con un virus extremadamente peligroso, una resaca mal llevada, un resbalón inoportuno, una probeta que cae y una reacción inesperada con el limpiasuelos olor pino de marca blanca. El ayudante de laboratorio, dentro de su traje aislante, maldijo entre dientes el último chupito de téquila pero no se preocupó en exceso. Recogería los restos de la probeta y descontaminaría el laboratorio sin problemas. Lo que no sabía, entre otras muchas cosas, era la reacción que se estaba produciendo en las juntas ennegrecidas de los baldosines. Una reacción que permitió al nuevo virus sobrevivir al proceso de descontaminación y esperar agazapado durante horas la oportunidad propicia para encontrar un huesped donde reproducirse.

La oportunidad se presentó cuando a la mañana siguiente, Dolores, una de las mujeres de la limpieza, entró en el laboratorio con sus guantes de latex y su estropajo a quitar la suciedad incrustada en el suelo amarillento. El virus, una variante del de la gripe, con un ligero y fresco olor a bosque, penetró por sus fosas nasales y tras una breve estancia en sus pulmones inundó el flujo sanguineo. Esa misma tarde se sintió indispuesta y al despertar de la siesta acudió a un centro médico entre escalofrios. Tenía fiebre, mucha fiebre, debilidad extrema, mareos, dolor en las articulaciones y sonoras flatulencias, que incomodaban a médicos y enfermeras pero dejaban un olor fresco y duradero en urgencias.

La enfermedad no parecía responder a los tratamientos habituales, la fiebre no remitía y Dolores deliraba bañada en sudor. A los dos días de estar ingresada, perdió el conocimiento. Los médicos, desconcertados por la enfermedad y un poco hartos del olor a pino, la daban por perdida. Pronto comprendieron que no se trataba de un caso único, si no que se enfrentaban a algo peor, una auténtica epidemia de un virus desconocido y resistente a los tratamientos que podía ser letal. Mientras Dolores se debatía entre la vida y la muerte, dos compañeras de trabajo, la cajera del supermercado de su barrio, un policia, su marido y sus dos hijas, empezaron a sufrir los mismos síntomas y tuvieron que ingresar en el Hospital. Conscientes del peligro que suponía la extensión del virus, la dirección del Hospital decidió aislar una planta del complejo y recluir allí a los afectados y al equipo médico que había estado en contacto con ellos. Pronto, la Planta del Pino, como se la conocía por su característico olor, se convirtió en el foco de atención de la comunidad científica y de los medios de comunicación atraidos por los últimos estertores de Dolores y por el rápido contagio de la nueva enfermedad. Al sexto día del ingreso de Dolores, con casi dos centenares de personas contagiadas y la mitad de ellas inconscientes; a Dolores se le paró el corazón.

Pero, para sorpresa de todos, su corazón apenas estuvo sin vida unos segundos. Antes de que los médicos pudiesen anotar su defunción, Dolores volvió a respirar, abrió los ojos, se incorporó, se sentó en el borde de la cama y para sorpresa de todos preguntó donde estaba la biblioteca más cercana.

Los médicos estaban anonadados. La habían dado por muerta y ahora estaba allí, como si la última semana de su vida no hubiese existido, como si nunca hubiese estado enferma. Un médico, un experto en enfermedades infecciosas que había llegado desde Atlanta la mañana anterior, se acercó a Dolores y le tomó el pulso y la tensión. Todo era normal.

– ¿Se encuentra usted bien? – le preguntó el médico.

– En absoluto, Doctor. Noto cierta desazón. ¿Cómo puedo haber ignorado estos últimos cuarenta años En busca del tiempo perdido? ¿Acaso merezco vivir?

– ¿Perdone? – dijo el médico sorprendido.

– ¿Usted tampoco la ha leido? Me reconforta sobremanera que usted tampoco conozca a Proust, me noto menos sola en este vacuo universo.

Dolores accedió a que los médicos le sometieran a distintas pruebas a cambio de que una enfermera se acercara a una biblioteca y le consiguiera “En Busca del Tiempo Perdido” y un par de volumenes de los “Episodios Nacionales”. Los médicos comprobaron que Dolores estaba completamente recuperada: los analisis, radiografias, resonancias magnéticas, absolutamente todas las pruebas se movían dentro de los parametros considerados normales. Lo único que extrañaba a los médicos era su desaforada pasión por la lectura, desconocida incluso para sus más allegados.

Dolores salió del Hospital al octavo día de su ingreso, después de regalar a los médicos una colección completa de las obras de Marcel Proust y un soneto compuesto por ella misma en una servilleta. Cuando Dolores abandonó el Hospital, la enfermedad había contagiado ya a tres mil personas y había rebasado las fronteras de la ciudad. Por fortuna, los primeros afectados fueron evolucionado igual que Dolores. La fiebre y las flatulencias con olor a pino daban paso a un estado de inconsciencia que se prolongaba durante 4 días. Después, como si nada hubiese pasado, el sexto día se despertaban. Los médicos tan solo apreciaron una diferencia entre Dolores y el resto de los afectados: Marcel Proust no gustaba a todo el mundo. Algunos pacientes se despertaron preguntando por el horario de los museos, otros por el último número de Nature, otros por los avances del LHC. Incluso hubo un par de pacientes, un joven de 25 años sin oficio conocido y una nonagenaria, que al despertar solicitaron papel y bolígrafo para resolver unas ecuaciones que dijeron tener pendientes.

Para los médicos se hizo evidente que aunque no fuese letal, el virus provocaba algunos cambios en los pacientes. Todos sin excepción parecían volverse, de la noche a la mañana, expertos de las distintas ramas del saber: Literatura, matematicas, filologia, historia, biología, fisica, aeronautica… De alguna manera desconocida, el virus con olor a pino alteraba las capacidades intelectuales de los sujetos que lo padecían.

La Gripe Mensa, como se bautizó en la prensa anglosajona una vez conocidos sus efectos sobre las capacidades intelectuales de los infectados, se extendió rapidamente y empezó a afectar a la vida diaria del país a medida que los infectados despertaban y volvián a sus vidas. Las bibliotecas se colapsaron incapaces de hacer frente a las peticiones de las ordas de neo-intelectuales que recorrían sus estantes buscando saber. El jazzfusión y las reediciones de Von Karajan coparon rapidamente las radioformulas. Los restaurantes y bazares chinos fueron sustituidos por café–teatros donde se improvisaban con gran éxito tragedías de inspiración clásica. En los parques, mientras alimentaban a las palomas, los jubilados debatían animadamente sobre la volatilidad del indice Nikkei y la conveniencia de retornar al patrón oro. Gran Hermano, programa referente de la telebasura, vió como su audiencia caía en picado en un primer momento para volver a máximos históricos cuando sustituyeron a sus antiguos concursantes por los últimos Premios Nobel. Los promotores inmobiliarios reformaron los millones de pisos vacios del país y los convirtieron en pequeños laboratorios y viveros de empresas de biotecnología. Los ordenadores de todos los españoles pronto funcionaron con un sistema operativo de codigo abierto diseñado por un cabrero salmantino. El país entero bullía de creatividad cuando la enfermedad alcanzó hasta la última aldea y convirtió sus calles en mares de anarquica inteligencia. Dos meses después del primer estallido, todo el país había sido infectado y había multiplicado exponencialmente su inteligencia al despertar del coma.

¿Todos? No, no todos habían estado expuestos a la enfermedad. Un grupo de altos cargos, diputados, ministros y secretarios de estado, acompañados de sus secretarias, se habían refugiado en un bunker bajo el Congreso de los Diputados y seguían sanos y salvos. Por fortuna, tras largos e infructuosos debates, habían confeccionado un plan que les permitiría rescatar al país y devolverle a su estado orginal. Tenían recursos, tenían armas, sabían rezar y tenían ganas. No iban a permitir que el país sucumbiera a esos zombies neo-intelectuales y no iban a permitir que todo el presupuesto se gastase en bibliotecas y centros de investigación. ¿Acaso no era necesario arreglar las aceras de vez en cuando? ¿No era imprescindible replantar las macetas que se habían dejado secar? ¿No erán útiles y sabrosos los canapés? Y sus sueldos ¿qué sería de sus sueldos si las calles se llenaban de intelectuales?

El futuro del país estaba, más que nunca, en sus manos.

La saga continua en: Pandemonium cultureta 2 —- Pandemonium cultureta 3

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